Un Regalo de Otro Mundo


—Y ahora nos encontramos ante el orgullo de Egipto: la imponente Gran Pirámide de Guiza —anunció el guía turístico con entusiasmo, alzando la voz para imponerse sobre el murmullo del grupo—. En estos momentos se están realizando excavaciones arqueológicas, ya que se han descubierto nuevas cámaras ocultas dentro de este legendario monumento.

Un murmullo de asombro recorrió a los visitantes.

—¿Y podemos entrar para verlas? —preguntó uno de los turistas, ajustándose la gorra, mientras permanecía cerca de una pareja y su pequeña hija de unos diez años.

—Sí, podrán ingresar a ciertas áreas habilitadas —respondió el guía con una sonrisa profesional—, aunque solo hasta un límite seguro. Aun así, podrán observar parte de los nuevos hallazgos… y, por supuesto, tomar todas las fotografías que deseen. Ahora, síganme.

—Vamos, Vima —dijo la madre con una sonrisa amable, tomando suavemente la mano de la niña—. Esto será divertido.

—Sí, hazle caso a tu madre —añadió el padre, acomodándose la mochila mientras avanzaba con el grupo hacia la entrada de la pirámide—. No todos los días se visita un lugar así.

Vima suspiró con leve desgano, pero caminó tras ellos.

No sabía que aquel recorrido cambiaría su vida; y cincuenta y siete minutos después… el aire dentro de la pirámide era denso, antiguo… cargado de siglos de historia. Las paredes de piedra, iluminadas por focos estratégicamente colocados, revelaban jeroglíficos desgastados y relieves que parecían observar a los visitantes en silencio. Vima, sin embargo, ya no estaba aburrida. Se encontraba fascinada. Cámara tras cámara, no había dejado de tomar fotos con su dispositivo ni de bombardear al guía con preguntas. Ahora se hallaban en una sala más amplia que las anteriores, una cámara recién descubierta, abierta al público hacía apenas unos días. Era hermosa. Columnas talladas con precisión milimétrica. Grabados que parecían narrar historias olvidadas. Un techo alto, decorado con patrones geométricos y símbolos que no todos lograban reconocer. Pero entonces… todo se detuvo. Literalmente. El tiempo se congeló. El murmullo del grupo desapareció de golpe. El guía quedó inmóvil en medio de una explicación. Los turistas se petrificaron en sus posiciones, como estatuas atrapadas en el instante. Incluso el polvo suspendido en el aire dejó de moverse. Vima fue la única que quedó libre. Su respiración se aceleró.

—Mamá… —susurró, girándose hacia ella.

No hubo respuesta.

—¿Papá?

Nada.

Ni un movimiento. Ni un sonido. El miedo comenzó a apretarle el pecho.

—No tengas miedo.

La voz surgió de la nada. Profunda. Clara. Pero completamente fuera de lugar. Lejos de tranquilizarla, hizo que su corazón latiera con más fuerza. Vima giró sobre sí misma, buscando desesperadamente el origen de aquella voz. Y entonces lo vio. Entre las figuras inmóviles del grupo… había alguien que no pertenecía allí. Un individuo enmascarado. Vestía un ropaje blanco que parecía fluir como si no obedeciera las leyes del mundo. Su presencia destacaba de inmediato, no solo por su inmovilidad consciente… sino por el aura extraña que lo rodeaba. Su máscara. Era de oro. Pulida. Perfecta. Reflejaba la tenue luz de la cámara con un brillo inquietante.

—Ven —dijo la figura, extendiendo ligeramente una mano—. Acércate.

Vima dudó. Cada instinto le gritaba que no lo hiciera. Pero su cuerpo… no respondió a ese miedo. Avanzó. Paso a paso. Hasta quedar frente a él. El individuo levantó ambas manos y, entre ellas, comenzó a formarse algo. Una esfera. Transparente. Cristalina. Como una burbuja hecha de energía. En cuestión de segundos, aquella esfera se expandió violentamente, envolviéndolos a ambos. Y el mundo… desapareció. La cámara se sumió en una oscuridad absoluta. Silencio total. Vacío.

—¿Quién es usted? —preguntó Vima, con la voz temblorosa, aunque incapaz de apartar la mirada de aquella figura imponente.

La máscara dorada brilló levemente en la penumbra.

—Mi nombre… no importa, pequeña —respondió la voz, firme, profunda, cargada de una autoridad difícil de ignorar—. Lo que importa… es lo que soy.

Hubo una breve pausa.

Como si midiera el peso de sus propias palabras.

—Y yo soy un Atlante.

Vima parpadeó, confundida.

—¿Un… Atlante? —repitió, sin comprender del todo lo que eso significaba… aunque, en el fondo, sintió que acababa de cruzar un umbral del que ya no podría regresar.

—Un ciudadano de Atlantis —respondió la figura con solemnidad.

De pronto, la oscuridad se desvaneció. El vacío dio paso a una visión imposible. Una megaciudad se alzó ante los ojos de Vima. No era solo futurista… era inconcebible. Torres que parecían crecer como organismos vivos, conectadas por puentes de luz. Vehículos flotantes que se desplazaban en todas direcciones sin colisionar jamás. Estructuras que desafiaban la gravedad, suspendidas en el aire como si obedecieran a leyes distintas. El cielo estaba cubierto por anillos de energía y constelaciones artificiales que brillaban incluso a plena luz.

—Un mundo más antiguo que el tiempo mismo —continuó el Atlante—. Y no una ciudad como ustedes la entienden… sino un planeta entero.

La imagen cambió de forma abrupta. El esplendor se convirtió en catástrofe. La ciudad colapsó. El planeta entero comenzó a fracturarse. Explosiones en cadena recorrieron su superficie como grietas ardientes, consumiéndolo todo. Océanos evaporándose. Continentes desgarrándose. El cielo incendiándose.

—Que pereció por nuestra propia arrogancia.

Vima observó, paralizada, cómo aquel mundo se destruía a sí mismo.

—Aun así… algunos logramos sobrevivir —añadió la voz—. Y comenzamos de nuevo.

El escenario volvió a transformarse. Ahora flotaban en la inmensidad del espacio-tiempo. Estrellas nacían y morían a su alrededor. Galaxias enteras giraban como remolinos de luz. Planetas danzaban en trayectorias perfectas, como si formaran parte de una coreografía eterna. Vima sintió vértigo… pero también asombro.

—Siéntete honrada —dijo el Atlante—. Porque vas a presenciar… la creación.

Un portal se abrió frente a ellos. De él emergió algo colosal. Un monolito. Negro. Perfecto. Silencioso. Avanzó lentamente hacia una estrella brillante. El sol. Cuando lo tocó… se fusionó con él. Y entonces ocurrió. La estrella se deformó. Se expandió. Se volvió inestable. Una masa incandescente surgió de su núcleo, creciendo hasta envolver los planetas cercanos. Uno a uno, fueron absorbidos, comprimidos… y destruidos. Luego, la explosión. Fragmentos incandescentes salieron despedidos en todas direcciones. Pero no fue el final. Fue un nuevo comienzo. Esos restos comenzaron a agruparse. A girar. A formar nuevas esferas. Nuevos mundos. Vima contempló, sin parpadear, el nacimiento de un sistema solar. El tiempo avanzaba a una velocidad imposible. Décadas… siglos… millones de años en segundos. De todos los planetas formados, dos llamaron su atención. El tercero. Y el cuarto. Los demás eran estériles, cubiertos solo de polvo y roca. Pero esos dos… tenían vida. El cuarto planeta estaba habitado por criaturas amorfas, retorcidas, inestables. Sus formas cambiaban constantemente, como si nunca terminaran de definirse. Bastaba verlas para sentir rechazo… hostilidad… peligro. El tercero, en cambio… era distinto. Vida abundante. Vegetación. Criaturas diversas. Un equilibrio salvaje, pero armonioso.

—No temas por las criaturas del cuarto planeta —explicó el Atlante—. Con el tiempo… desaparecieron. No fueron capaces de evolucionar.

Vima apenas escuchaba. Estaba siendo atraída. Absorbida por el tercer mundo. Descendió. Atravesó nubes. Sintió el viento. Y aterrizó. Ante ella se extendía un paisaje exuberante. Selvas inmensas. Ríos caudalosos. Y criaturas colosales… dinosaurios. Majestuosos. Poderosos. Vivos. Pero la paz no duró. El cielo se iluminó. Un cometa cruzó la atmósfera. Y cayó. El impacto fue devastador. Fuego. Tierra. Oscuridad. El mundo tembló. Cuando el polvo se disipó… todo estaba muerto. Vima retrocedió, horrorizada. Y entonces comprendió. Ese fragmento… era uno de los restos de la explosión primigenia. El tiempo volvió a acelerarse. La vida regresó. Nuevas especies. Nuevas formas. Nuevas oportunidades. Civilizaciones emergieron. Construyeron. Aprendieron. Y entonces… descendieron. Enormes naves aparecieron en los cielos. Seres provenientes de ellas interactuaron con las culturas nacientes, guiándolas, enseñándoles.

—Así comenzó… y terminó todo —dijo el Atlante.

Las imágenes continuaron. Mostraban cómo, con el paso del tiempo, aquella tecnología avanzada era olvidada deliberadamente. Sellada. Enterrada. Ocultada.

—Para no repetir nuestros errores.

Pero no todos estuvieron de acuerdo. Las visiones se tornaron más oscuras. Guerras. Ambición. Deseo de poder.

—Algunos… quisieron recuperar ese conocimiento —continuó la voz—. Para dominar el mundo que sobrevivió.

Entonces, todo desapareció. Solo quedaron ellos dos. El vacío. El silencio.

—Por eso… antes de renunciar a lo que fuimos —dijo el Atlante, acercándose ligeramente—, almacenamos todo nuestro conocimiento.

Se llevó una mano al pecho.

—En mí.

Una leve luz emergió desde su interior.

—Soy una máquina pensante. En tu lenguaje… una Inteligencia Artificial.

Vima lo miró, sin comprender del todo… pero sintiendo el peso de sus palabras.

—Y tú… —añadió él— has sido elegida.

Ella dio un pequeño paso atrás.

—¿Yo…?

—Los sensores de la nave que ustedes llaman Guiza —continuó— han evaluado a cada ser humano que ha cruzado este lugar durante siglos.

La máscara dorada reflejó una luz tenue.

—Y tú posees la mente más fuerte… y más pura.

El silencio se volvió abrumador.

—Este conocimiento ahora te pertenece.

La luz se intensificó.

—Úsalo bien.

Una pausa.

—Y jamás… permitas que caiga en manos equivocadas.

Tras decir eso, la entidad no dudó, extendió su mano y, en un contacto mínimo de efecto absoluto, tocó la frente de Vima con un solo dedo, cambiando el destino de la pequeña, quien nunca volvería a ser la misma.  Causando que todo su ser se desvaneciera en un solo instante. No hubo dolor al inicio. Solo luz. Luego, información. Demasiada. La mente de Vima se abrió como una puerta forzada desde dentro. Imágenes, fórmulas, lenguajes desconocidos, mapas estelares, estructuras imposibles, conceptos que desafiaban toda lógica humana… todo irrumpió al mismo tiempo. Sintió que su cerebro se expandía. Que se rompía. Que se desbordaba. Gritó… o creyó hacerlo. Porque no había sonido. Solo una avalancha interminable de conocimiento. Sintió estrellas nacer. Civilizaciones caer. Tecnologías surgir y extinguirse. Sintió la historia de una especie que no era la suya… pero que ahora vivía dentro de ella. Por un momento, estuvo convencida de que su cabeza iba a estallar. Y entonces… se detuvo. Todo desapareció. El silencio regresó. La luz se apagó. Y el mundo… volvió. Vima parpadeó. Estaba de nuevo en la cámara de la pirámide. El murmullo de los turistas había regresado. El guía seguía hablando como si nada hubiera pasado. El tiempo… continuaba su curso. Pero ella ya no estaba donde había estado. Se encontraba a unos pasos de sus padres, sentada en el suelo, llevándose una mano a la cabeza. Un dolor punzante la atravesaba.

—¡Vima! —exclamó su madre, corriendo hacia ella—. ¿Qué pasó?

 

—¿Te sientes bien? —añadió su padre, claramente preocupado.

Vima apenas pudo asentir, apretando los dientes. El guía turístico se acercó rápidamente, evaluando la situación con experiencia práctica.

—Debe de ser el calor —dijo—. Estas cámaras aún no están completamente aclimatadas. Es normal que algunos visitantes se mareen.

Hizo una señal a un guardia de seguridad cercano.

—Llévenla a la enfermería, por favor.

Minutos después, Vima ya estaba siendo atendida. Agua. Aire fresco. Reposo. El dolor disminuyó poco a poco… hasta desaparecer por completo. Cuando finalmente se incorporó, parecía una niña normal. Sin síntomas. Sin señales. Sin rastro alguno de lo que había ocurrido. Y el recorrido continuó. Como si nada hubiera pasado. Vima nunca le contó a nadie lo que vivió dentro de aquella pirámide. ¿Para qué? ¿Quién podría creer una historia así? Ni siquiera ella misma estaba segura de comprenderla por completo. Pero había algo que no podía negar. Sabía. Sabía cosas que nunca había aprendido. Cosas que ningún ser humano debía conocer. Y con el paso de los años… ese conocimiento creció con ella. Lo entendió. Lo dominó. Lo perfeccionó. Hasta que, ya siendo adulta, hizo lo imposible. Creó el primer hiperimpulsor funcional de la historia humana. Un avance que permitió a la humanidad abandonar las limitaciones de su propio mundo y expandirse más allá de lo imaginable. Primero por su sistema solar. Luego… más allá. Siguiendo, sin saberlo muchos, el mismo camino que una civilización anterior ya había recorrido. La historia… repitiéndose. Pero esta vez… con Vima como su guardiana. Y con un secreto que jamás debía caer en las manos equivocadas.

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