Insaciables


El Hospital Militar Renacer era uno de los sanatorios más prestigiosos de Latinoamérica, una fortaleza médica levantada no solo para curar cuerpos, sino para sostener lo poco que quedaba intacto del espíritu humano tras la guerra. Su arquitectura combinaba funcionalidad y solemnidad: enormes estructuras de acero y cristal reforzado, pasillos interminables iluminados con luz blanca impecable, y alas especializadas que atendían desde heridas físicas hasta traumas que la ciencia apenas comenzaba a comprender. Todo en él transmitía orden, control… y una lucha constante contra el caos que se filtraba desde el exterior.

Antes, los soldados que llegaban a sus salas habían combatido entre sí por la supremacía de naciones hambrientas de los recursos inagotables de mundos inexplorados. Eran guerras humanas, brutales pero comprensibles. Ahora, en cambio, luchaban en un conflicto mucho más oscuro, uno que no respondía a banderas ni ideologías: combatían contra los Insaciables.

Seres invasivos, sanguinarios, imposibles de clasificar bajo los parámetros tradicionales. Antaño habían sido astronautas, exploradores enviados a las profundidades desconocidas del cosmos. Pero algo allá afuera —algo antiguo, ajeno— los había cambiado. Regresaban convertidos en criaturas voraces, deformadas por una necesidad insaciable. Como langostas cósmicas, sí… pero con un hambre mucho más terrible: no devoraban recursos, devoraban carne humana.

Su llegada, a lo largo de los años, había dejado una estela de muerte, desesperación y ciudades enteras marcadas por el horror. Y quienes sobrevivían a esos encuentros rara vez volvían a ser los mismos. Entre ellos estaba Maslor.

Un joven soldado, ahora reducido a paciente, vestido con la bata clara del hospital que contrastaba con su porte aún firme. Se encontraba en la azotea de uno de los muchos edificios del complejo, un lugar al que pocos subían, quizá porque allí el silencio era demasiado honesto. Desde ese punto, la ciudad se extendía a lo lejos, ajena en apariencia a la guerra que la protegía.

Maslor permanecía inmóvil, con la mirada perdida en el vacío, como si intentara encontrar algo entre las sombras del horizonte. Sostenía un cigarrillo entre los labios, un gesto simple, casi humano, en medio de todo lo que había dejado de serlo.

Apenas lo tocó, el pitillo se encendió por sí solo, una pequeña chispa que rompió la quietud. Aspiró profundamente, dejando que el humo llenara sus pulmones. Y entonces, con la primera bocanada, el pasado regresó. No como un recuerdo… sino como una herida abierta.

***

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Era un día como cualquier otro en una de las estaciones subterráneas más grandes y concurridas de Rodas, una colonia humana asentada en Europa, una de las cuatro lunas de Júpiter. El complejo, excavado en las profundidades heladas del satélite, era una obra de ingeniería imponente: bóvedas metálicas sostenidas por arcos reforzados, paneles luminosos que simulaban la calidez de un cielo inexistente y largas plataformas donde el eco de miles de pasos se mezclaba con anuncios automatizados.

Los peatones, todos vestidos con trajes donde destacaba el emblema de la colonia, esperaban con impaciencia la llegada del tren. Algunos revisaban sus dispositivos, otros conversaban en voz baja o simplemente observaban el vacío con la rutina grabada en el rostro. El personal, distribuido a lo largo del andén, hacía lo posible por mantener el orden y ofrecer una apariencia de normalidad: indicaciones, sonrisas mecánicas, movimientos precisos. Y entonces, el tren llegó.

El sonido de su arribo retumbó en toda la estación, un rugido metálico que anunció su presencia antes de que las luces de los túneles revelaran su silueta. Se detuvo con exactitud milimétrica frente al andén. Pero algo no estaba bien. Las puertas no se abrieron.

Los vagones permanecían sumidos en la más absoluta oscuridad, como si la luz hubiese sido arrancada de su interior. El murmullo de la multitud se desvaneció poco a poco, reemplazado por un silencio incómodo, denso, casi palpable. Los pasajeros se miraron entre sí, confundidos, inquietos.

Entonces, las luces del tren parpadearon. Una vez. Dos veces. Hasta tres veces más. Y en esos breves destellos, algo se reveló dentro. Sombras ensangrentadas. Siluetas humanoides, inmóviles… y otras más, muchas más, amontonadas en las profundidades del vagón, como si aguardaran. Y las mentes de los presentes quedaron paralizadas, incapaces de procesar lo que veían.

—Mamá… papá… ¿qué son esas cosas? —preguntó un niño pequeño, con la voz temblorosa y el miedo reflejado en cada rasgo de su rostro.

Su padre no respondió. No podía. Algo en su interior —un instinto antiguo, primitivo— le gritó que huyera. Sin pensarlo, cargó al niño en un brazo, tomó a su esposa de la mano y comenzó a retroceder, abriéndose paso entre la gente.

Pero el niño, aferrado a su hombro, señaló hacia el tren.

—¡Papá… mamá… miren! —susurró, casi sin aliento—. Las puertas… se están abriendo.

Ambos adultos se giraron. Y lo sintieron. El aire se volvió pesado, opresivo, como si la estación entera contuviera la respiración. Las puertas se deslizaron con un chirrido metálico que heló la sangre. Y entonces… salieron. Los Insaciables. Criaturas humanoides deformes, aberraciones de carne retorcida y ojos vacíos, como si algo hubiese consumido lo que alguna vez fueron. Al percibir la multitud, emitieron un grito desgarrador, un rugido que no era solo sonido, sino hambre pura, furia desatada. Y se lanzaron.

Sus cuerpos eran armas vivientes: garras afiladas, colmillos monstruosos, una fuerza descomunal que rompía huesos como si fueran polvo. En cuestión de segundos, el metro dejó de ser una estación y se convirtió en un matadero. Vísceras y extremidades fueron arrancadas sin piedad, la sangre salpicó paredes y suelo, tiñéndolo todo de rojo caliente.

Los guardias de seguridad intentaron reaccionar. Dispararon sus armas láser, activaron bastones eléctricos, gritaron órdenes… pero nada era suficiente. Las criaturas apenas se ralentizaban. Uno de los oficiales fue decapitado de un solo zarpazo. A otro lo partieron en dos con una violencia brutal. Un tercero cayó al suelo gritando, mientras sus brazos eran arrancados de su cuerpo. No hubo resistencia real. Solo muerte.

El niño y sus padres corrieron entre la multitud desesperada, empujados por el caos, perseguidos por el eco de gritos y disparos. Pero entonces, algo cambió. Los Insaciables alzaron armas de fuego. Y dispararon.

Los proyectiles de energía atravesaron cuerpos como cuchillas al rojo vivo. Algunos estallaron en llamas; otros cayeron retorciéndose, desangrándose, ahogados en su propio terror.

El padre y la madre del niño lo protegieron con sus propios cuerpos. Se interpusieron. Recibieron los disparos. La energía atravesó su carne, quemó su piel, desgarró sus órganos. Aun así, no se apartaron. La madre, con su último aliento, llevó un dedo a los labios. Silencio. Fue lo único que le pidió. Luego cayó, desplomándose junto a su esposo. Y el niño… Maslor… quedó allí. Rodeado de cadáveres. Cubierto de sangre que no era suya. Conteniendo el llanto. Esperando. Esperando lo inevitable.

***

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—No lo olviden. Sin testigos. Sin sobrevivientes… salvo uno.

Nadie en la estación lo sabía, pero horas antes, doce individuos encapuchados habían abordado aquel tren. Se movían con discreción, sin llamar la atención, como simples pasajeros más. Sin embargo, no estaban allí por casualidad. Seguían a un decimotercero. Él caminaba por los vagones con una calma antinatural, sin prisa, sin emitir palabra alguna. Su sola presencia bastaba. Uno a uno, sus seguidores tomaron asiento en distintos compartimentos, dispersándose estratégicamente entre la multitud. No necesitaban hablar. La orden llegaría… y todos la entenderían.

No tuvieron que esperar mucho. De pronto, las capuchas cayeron. Lo que había debajo no era humano. Eran Insaciables. Entonces ocurrió lo peor. Sus cuerpos comenzaron a convulsionar de forma violenta. Sus gargantas se distendieron más allá de lo posible, y con arcadas grotescas expulsaron gusanos blancos al suelo del tren. Aquellas criaturas viscosas se retorcieron durante apenas unos segundos… y luego comenzaron a cambiar. Sus cuerpos se inflaron, se desgarraron, se transformaron a una velocidad imposible, hasta adoptar formas adultas, idénticas a las de sus progenitores.

El vagón se convirtió en un infierno contenido. Los pasajeros no tuvieron tiempo de reaccionar. Los gritos surgieron, pero fueron rápidamente ahogados por la brutalidad de la masacre. Hombres, mujeres y niños fueron alcanzados, derribados, despedazados sin piedad. La sangre cubrió los asientos, el suelo, las paredes. Vísceras expuestas, huesos rotos, manos que intentaban aferrarse a la vida… todo fue inútil.

No hubo escapatoria. Todo ocurrió bajo la fría supervisión del líder: el decimotercer Insaciable. Permaneció sentado durante todo el proceso, inmóvil, observando la carnicería con absoluta indiferencia. Para él, no era más que un trámite. Un acto necesario.

Finalmente, el tren llegó a la estación. El líder se puso de pie. Sin apresurarse, avanzó por el vagón, ahora irreconocible, cubierto de sangre y restos humanos. Sus pasos eran firmes, deliberados, como si caminara sobre un terreno sin importancia. Se detuvo frente a las puertas, que aguardaban cerradas, sellando el horror en su interior. Antes de que se abrieran, dio su última orden:

—Coman.

Las puertas se deslizaron. Y los Insaciables respondieron con un rugido unísono, lanzándose hacia el andén como una marea de muerte. El líder, en cambio, permaneció atrás un instante más. Entonces se quitó la capucha. Su rostro era una aberración: un amasijo de carne palpitante, ojos dispersos sin orden ni simetría, y una boca grotesca que se abría en direcciones imposibles, como si su anatomía no obedeciera ninguna ley conocida. No había humanidad en él. No quedaba nada.

Sin mirar atrás, descendió del tren y se internó en las sombras del túnel. Su misión aún no había terminado. Debía dejar un sobreviviente. Alguien que llevara el mensaje. Alguien que propagara el miedo. Fue entonces cuando lo escuchó. Un sollozo. Un llanto ahogado, débil… proveniente de un corredor cubierto de cadáveres ensangrentados. Había encontrado al mensajero.

***

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No pudo evitarlo. Las lágrimas comenzaron a caer sin control, deslizándose por su rostro en silencio… hasta que ese silencio se quebró. Un sollozo, leve, ahogado, pero suficiente. Un error fatal.

El sonido atrajo la atención de uno de los Insaciables. La criatura se giró con lentitud antinatural y comenzó a avanzar entre los cadáveres. Sus pasos eran pesados, húmedos; su piel grotesca goteaba sangre aún caliente, dejando un rastro oscuro a su paso. Apartaba cuerpos sin esfuerzo, como si no fueran más que obstáculos sin valor. Se detuvo frente al niño.

Durante un instante, no hizo nada. Solo lo observó. Y entonces… sonrió. Fue una mueca torcida, imposible, inhumana. Una sonrisa que no expresaba alegría, sino burla, desprecio… y algo peor: entendimiento. Como si supiera exactamente lo que acababa de destruir. El mensaje estaba dado.

Sin pronunciar palabra, el Insaciable se dio la vuelta y se alejó, abandonándolo con vida. Un gesto deliberado. Calculado. Un testigo. 

Afuera, la masacre continuaba. El mundo se desmoronaba en tiempo real. Restos humanos yacían esparcidos en todas direcciones; el suelo estaba cubierto de sangre, vísceras y fragmentos de lo que alguna vez fueron personas. El aire ardía con el olor de la destrucción.

En el cielo, enormes astronaves comenzaron a emerger de la nada, desactivando sus sistemas de camuflaje como depredadores que finalmente se revelan. Sus formas oscuras eclipsaban la luz, y un segundo después, los primeros disparos cayeron. Rayos de energía descendieron como juicio divino. Los edificios estallaron. El metal se fundió. La piedra se quebró. Todo ardía.

El Insaciable alzó la vista y sonrió, esta vez con algo más cercano a la satisfacción. Para él, aquello no era caos… era propósito. 

Mientras tanto, en aquel corredor saturado de muerte, el niño permaneció inmóvil. Solo. Huérfano. Sin comprender del todo lo ocurrido, sin fuerzas para levantarse, sin voz para gritar. Durante horas permaneció allí, rodeado de cuerpos, con la mirada fija en los restos de sus padres, como si negarse a apartar la vista pudiera devolverlos. Pero no lo hizo. Nada lo haría. Hasta que, finalmente, las fuerzas de seguridad lo encontraron. Para entonces, el mensaje ya estaba claro.

Los Insaciables no solo venían a matar. Venían a anunciar algo. Y con ello, el destino de la humanidad quedó sellado. La respuesta fue inmediata, inevitable. Fuego con fuego. Bajo ningún contexto permitirían ser devorados por aquellas abominaciones. Así comenzaron las Guerras Insaciables.

Maslor sobrevivió. Las autoridades le ofrecieron un camino, una nueva vida: convertirse en un Soldado de Terra. Aceptó sin dudar. No por gloria. No por deber. Y mucho menos por honor. Sino por venganza. Por los monstruos que le arrebataron todo. Por el vacío que jamás podría llenar. Por los Insaciables.

***

***

***

El cigarrillo se consumía lentamente, al igual que aquellos recuerdos que se negaban a desaparecer. La brasa avanzaba centímetro a centímetro, devorando el papel con la misma paciencia con la que el pasado devoraba la calma de Maslor. Exhaló el humo con pesadez, dejando que la brisa mañanera lo arrastrara lejos, como si así pudiera llevarse también parte de lo que llevaba dentro. Iba por el número setecientos setenta y siete —una cifra que ya había dejado de ser casualidad para convertirse en costumbre— cuando una voz amable rompió el silencio a su espalda.

—¿Planeas saltar?

Giró la cabeza. Y entonces la vio. Era una joven de su misma edad, quizá un poco menor, vestida con la misma bata de paciente. Aun así, había algo en su porte que no dejaba lugar a dudas: era una soldado. No pudo identificar su batallón ni la nación a la que pertenecía, pero tampoco hacía falta. La gema que portaba lo confirmó al instante: estaba frente a una soldado de élite, una oficial de alto rango. Eso implicaba respeto. O tal vez, con suerte… algo más simple si dejaban las formalidades de lado.

—Disculpe, no la escuché bien —respondió, girándose apenas.

—Te pregunté si planeabas saltar.

Maslor frunció ligeramente el ceño.

—Parecía que lo estabas considerando —añadió ella con naturalidad—. Y si de verdad lo ibas a hacer, mejor no lo intentes. No aquí, al menos.

Señaló con la cabeza hacia el cielo. Varios drones flotaban en el aire, silenciosos, vigilantes. Eran máquinas del tamaño de un balón, suspendidas mediante sistemas antigravitatorios, patrullando cada ángulo del edificio.

—Esos autómatas te atraparán antes de que caigas un centímetro —continuó—. Y si, por alguna razón, logras burlarlos, este lugar está lleno de sistemas de seguridad. No tendrías oportunidad.

Maslor esbozó una leve sonrisa.

—No iba a hacerlo.

Ella lo observó con atención, como si analizara cada gesto, cada palabra, buscando una grieta. No encontró ninguna. Él, sin añadir más, sacó otro cigarrillo y se lo ofreció. La joven lo aceptó en silencio.

—Maslor de Rodas, código 10325.

—Dinfela de Esperanza, código 40748.

Le tendió la mano. Y Maslor no dudó en estrechársela, utilizando la única mano que conservaba. Su otro brazo terminaba en una prótesis biónica, un reemplazo frío y preciso que los médicos le habían implantado tras no poder salvar la extremidad original, destruida más allá de toda recuperación. El contacto fue firme y real.

—¿Qué hace un hombre tan atractivo como tú con una mirada tan triste? —preguntó ella, ladeando ligeramente la cabeza, con una mezcla de curiosidad y picardía.

Maslor arqueó una ceja y dejó escapar una breve risa, más aire que sonido.

—Por lo general, las damas empiezan primero… —dijo, llevándose el cigarrillo a los labios— pero esta vez haré una excepción.

Dinfela sonrió, esta vez sin reservas.

***

***

***

Días antes.

En un fuerte militar ubicado en uno de los anillos de defensa alrededor de Saturno, tres soldados se refugiaban en una sala elevada dentro del complejo. La estructura, construida con aleaciones reforzadas capaces de resistir impactos orbitales, vibraba levemente con el zumbido constante de los sistemas de energía que mantenían la estación en funcionamiento. Era un lugar diseñado para la guerra, sin adornos, sin concesiones… solo eficiencia.

A sus espaldas, una enorme ventana blindada dominaba la pared, gruesa como una muralla, más pensada para soportar explosiones que para ofrecer vistas. A través de ella se extendía el vacío del espacio, salpicado por el brillo distante de estrellas y la imponente presencia de Saturno, cuyos anillos parecían girar con una calma engañosa. Integradas en la estructura, sobresalían tres ametralladoras láser de gran calibre, montadas sobre soportes automatizados, pero con control manual prioritario, listas para repeler cualquier amenaza que se aproximara a la base.

Y amenazas no faltaban.

No estaban solos. Toda la estación era un bastión militar: pasillos repletos de soldados, hangares activos, sistemas defensivos en alerta constante. Sin embargo, saber que contaban con refuerzos no hacía desaparecer la tensión. La espera era, muchas veces, peor que el combate.

Cada uno lidiaba con ello a su manera.

El aire en la sala estaba cargado de humo de tabaco, mezclado con el tenue resplandor de las holo-cartas que flotaban sobre una mesa improvisada. También había risas ocasionales, comentarios sueltos, intentos torpes de normalidad. Esa noche, recurrieron a todo: fumar, jugar… y hablar de cualquier cosa que no fuera la batalla que sabían inevitable.

—¿Y ustedes de dónde creen que vienen? —preguntó Nosbak, sin apartar la vista de las holo-cartas que sostenía. Su tono era casual, pero la inquietud detrás de la pregunta era evidente. El tema de los Insaciables no dejaba de rondarle la cabeza.

Thiball alzó la mirada, sorprendida.

—¿No leíste los informes?

—Claro que sí —respondió él con un gesto vago—, pero hay como cinco versiones distintas sobre qué demonios son esas cosas. Algunos incluso dicen que son nuestros propios descendientes… venidos de un futuro lejano en el que ya no queda nada que comer, y que han regresado al pasado para devorarnos a nosotros… sus antepasados.

Maslor soltó una risa incrédula, negando con la cabeza.

—¿Qué? Vamos, eso es absurdo.

—Te lo juro —insistió Nosbak—. Y como nadie parece ponerse de acuerdo, prefiero escucharlo de ustedes.

Se recostó contra la pared, dejando caer las cartas, y dirigió la mirada hacia Maslor.

—¿Tú qué opinas?

Maslor inhaló profundamente, preparándose para responder. 

Pero no llegó a hacerlo. 

La alarma estalló en toda la base. Un sonido agudo, penetrante, que cortó el ambiente de golpe. Las luces cambiaron de inmediato, parpadeando en rojo, tiñendo la sala con un tono de emergencia. Un segundo después, la voz del comandante Neeth resonó en todos los altavoces, firme, autoritaria, imposible de ignorar.

—¡Atención! ¡El enemigo ha llegado! ¡Todos a sus puestos de combate!

No hubo más conversación.

Los tres soldados se pusieron de pie al unísono, dejando atrás cualquier intento de distracción. Sus cuerpos reaccionaron antes que sus mentes, movidos por entrenamiento puro. En cuestión de segundos, ocuparon sus posiciones frente a las ametralladoras láser, ajustando agarres, alineando miras. Frente a ellos, la gran ventana comenzó a abrirse. Un sistema de compuertas metálicas se elevó con un estruendo mecánico, liberando el campo de tiro hacia el vacío. Y allí afuera… algo los esperaba. Y entonces los vieron. Miles de naves Insaciables emergían desde las profundidades del espacio, como si el vacío mismo las estuviera expulsando. Formaban un enjambre colosal, una marea oscura que se extendía en todas direcciones, devorando la luz de las estrellas y envolviendo los anillos de Saturno en una sombra inquietante. No hubo tiempo para procesarlo. Dispararon. Las ametralladoras láser rugieron al unísono, escupiendo ráfagas de energía que surcaban el espacio con precisión letal. Cada impacto hacía estallar naves enemigas en violentas explosiones de fuego y materia orgánica. Fragmentos metálicos y restos de cuerpos deformes se dispersaban en el vacío, girando lentamente como desechos sin vida.

Pero los Insaciables no se detuvieron. Contraatacaron. Una lluvia de proyectiles de energía descendió sobre la base, iluminando la oscuridad con destellos cegadores. Uno de ellos impactó de lleno contra la ventana blindada. La explosión sacudió la habitación. El vidrio reforzado resistió… pero el impacto fue brutal. Nosbak salió despedido hacia atrás, golpeando el muro con una fuerza seca que resonó en toda la sala. Su cuerpo cayó inerte al suelo.

—¡Maslor, no vayas donde él! —gritó Thiball, sin apartar las manos del arma, anticipando su reacción—. ¡Sé que duele, pero tenemos que seguir disparando!

Maslor apretó los dientes con fuerza. Cada fibra de su cuerpo le exigía correr hacia su compañero. Pero sabía que Thiball tenía razón. Si dejaban de disparar, aunque fuera un segundo, todo habría terminado. Regresó a la ametralladora. Y desató el infierno. Sus disparos se volvieron más precisos, más rápidos, más letales. Las naves enemigas caían una tras otra, perforadas, destrozadas, reducidas a chatarra ardiente. El espacio frente a ellos se convirtió en un cementerio flotante de restos Insaciables.

Finalmente, las ametralladoras se silenciaron. No por decisión… sino por saturación térmica. La ventana comenzó a cerrarse, sellándose con un estruendo metálico mientras los sistemas automáticos protegían la sala de un nuevo impacto. El silencio regresó. Pesado. Irreal. Solo entonces, Maslor y Thiball corrieron hacia Nosbak. Maslor se arrodilló a su lado y buscó su pulso. Esperó un segundo… dos… nada. Su gema se activó, proyectando una holo-pantalla con los signos vitales de su compañero. Plano total.

—Se fue… —murmuró. Su voz intentó mantenerse firme, pero sus ojos traicionaban todo lo que no decía.

Thiball cerró los ojos por un instante, conteniendo lo inevitable.

—Al menos… ya no sufre.

Maslor tragó saliva.

—Sí… al menos eso.

No había tiempo para más. Nunca lo había. Sin que Thiball tuviera que pedírselo, Maslor actuó. Sacó su cuchillo y rasgó el uniforme de Nosbak, abriendo el tejido hasta dejar expuesto su pecho. Allí, entre la clavícula y el esternón, brillaba su gema. Inerte. Sin color. Sin vida. Era la confirmación definitiva. Maslor apoyó los dedos sobre ella, presionándola como si activara un mecanismo. Una nueva holo-pantalla emergió sobre el cuerpo, desplegando múltiples opciones. Sus ojos recorrieron los comandos hasta encontrar el que buscaba. “Desintegrar cuerpo”. Introdujo el código que Nosbak le había confiado tiempo atrás. Un acuerdo silencioso entre soldados. Una última voluntad. El proceso comenzó de inmediato. El cuerpo de Nosbak se descompuso en millones de partículas luminosas, elevándose lentamente como polvo de estrellas. En cuestión de segundos… no quedó nada. Nada… salvo su gema. Maslor la tomó con cuidado y la guardó en su bolsillo, sin decir una sola palabra. No hacía falta.

Justo cuando ambos iban a inclinar la cabeza para dedicarle una breve plegaria, la voz del comandante Neeth irrumpió nuevamente en los altavoces, más urgente que antes.

—¡Todos los sobrevivientes, reúnanse en la puerta principal!

El mensaje no dejaba lugar a dudas.

Los Insaciables habían logrado atravesar las defensas externas.

Ahora estaban dentro.

Y avanzaban.

Sin perder tiempo, Maslor y Thiball intercambiaron una mirada breve… y echaron a correr hacia la entrada, al saber que la batalla ya no estaba afuera sino dentro de la fortaleza. Hasta llegar al gran vestíbulo de la fortaleza, diseñado para resistir asedios prolongados, que se había transformado en el último bastión de resistencia. Filas de soldados se alineaban en formación defensiva, hombro con hombro, con escudos de energía desplegados al frente y armas láser en alto, apuntando directamente hacia la enorme puerta reforzada que protegía la entrada principal. Al otro lado… Los Insaciables golpeaban. Una y otra vez. Cada impacto hacía temblar el suelo, vibrar las paredes, estremecer el aire mismo. El metal crujía, los sistemas de contención gemían al límite de su resistencia. No era un asalto… era una presión constante, inhumana, como si una fuerza inevitable estuviera a punto de irrumpir.

Entonces, el comandante Neeth dio un paso al frente. Su figura se impuso sobre el caos, firme, inquebrantable. Su voz estalló como un trueno, atravesando el miedo de cada uno de los presentes.

—¡Firmes! ¡No retrocedan!

El eco de su orden se clavó en los soldados. Algunos ajustaron su postura, otros apretaron con más fuerza sus armas. Nadie se movió.

Neeth recorrió la línea con la mirada, deteniéndose en cada rostro, buscando algo más allá del miedo.

—Escuchen bien… —dijo, con una gravedad que pesaba más que cualquier arma—. Peleamos por el mundo que defendemos… por aquellos que esperan nuestro regreso… y por las vidas que aún tenemos por vivir.

Avanzó un paso más.

—No importa qué diablos salga por esas puertas… ¡se mantendrán firmes!

El silencio que siguió fue absoluto. Denso. Cargado.

—Recuérdenlo… —añadió, más bajo, pero igual de firme—…y vivirán para pelear otro día.

Respiró hondo.

Alzó el puño.

—¡Por la humanidad! ¡Por las colonias! ¡Por toda Terra!

El rugido de la tropa respondió como una sola voz, sacudiendo el recinto, empujando el miedo hacia atrás, aunque fuera por un instante.

Y entonces…

La puerta explotó.

Una detonación brutal la hizo estallar en mil fragmentos, lanzando escombros y chispas por todo el vestíbulo. La onda expansiva derribó a varios soldados en primera línea.

Y detrás del humo…

Llegaron ellos.

Entonces comenzó la masacre.

No hubo orden. No hubo estrategia que resistiera.

Solo caos.

Rayos láser cruzaban el aire en todas direcciones, impactando carne, metal y energía por igual. Las armas de los Insaciables —garras, cuchillas orgánicas, apéndices imposibles— se abrían paso entre las filas humanas con una violencia desmedida. Los gritos llenaron el espacio, desgarradores, desesperados.

Hombres y mujeres eran derribados, despedazados, arrastrados.

La sangre cubrió el suelo.

Las paredes se tiñeron de rojo.

Los cuerpos comenzaron a amontonarse, mutilados, irreconocibles, formando montículos de carne y metal.

Algunos soldados luchaban hasta el último aliento. Otros caían sin siquiera comprender qué los había alcanzado.

Fue rápido.

Demasiado rápido.

Y cuando todo terminó…

Solo dos personas seguían con vida.

Maslor yacía en el suelo, inconsciente. Un golpe brutal en la nuca lo había dejado fuera de combate. Su gema, que antes brillaba en verde, ahora emitía un tenue resplandor amarillo, señal de estado crítico… pero aún con vida.

Thiball seguía en pie.

Apenas.

Su cuerpo estaba destrozado, cubierto de heridas profundas. Apenas podía sostenerse, respirando con dificultad. Su gema, incrustada en su pecho, brillaba con un rojo intenso, pulsante… al borde de apagarse.

La batalla había terminado.

Pero la guerra…

La guerra apenas comenzaba.

Y Maslor abrió los ojos de golpe. Un latido sordo retumbaba en su cabeza, profundo, irregular, como si cada pulsación arrastrara consigo un eco de dolor. Durante unos segundos no supo dónde estaba. Todo era silencio. Pero no un silencio cualquiera. Era denso. Pesado. Opresivo. Parpadeó varias veces hasta que su visión dejó de temblar… y entonces lo vio.

Cadáveres esparcidos por el suelo, en posiciones imposibles. Paredes ennegrecidas, desgarradas por el fuego y las explosiones. Charcos de sangre que reflejaban la pálida luz de las estrellas, como espejos rotos.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo.

No… aquello no era una victoria.

Era lo que quedaba después de perder.

Con un esfuerzo doloroso intentó incorporarse, pero apenas se movió, una punzada ardiente le atravesó la nuca, obligándolo a apretar los dientes. Había estado inconsciente. Respiró hondo, tratando de orientarse, y comenzó a buscar desesperadamente alguna señal de vida entre los restos. Entonces la vio.

Thiball.

Tendida en el suelo, inmóvil, con el uniforme empapado de sangre. El estómago se le revolvió.

—No…

Se levantó como pudo y corrió hacia ella, tambaleándose, con el corazón golpeándole el pecho con violencia. Se dejó caer a su lado, ignorando el dolor que le atravesaba el cuerpo. Su brazo herido colgaba inútil desde el hombro, sin responder, como si ya no le perteneciera.

—¡Thiball! —su voz se quebró—. ¿Estás bien? ¿Cómo te sientes?

Ella levantó una mano con esfuerzo… y apoyó un dedo en sus labios.

Silencio.

—Estoy bien, Maslor… —susurró, esbozando una sonrisa débil—. No te preocupes por mí… mejor preocúpate por ti.

Maslor miró su brazo ensangrentado y se encogió de hombros, restándole importancia.

—Esto no es nada… llamaré a la base con mi gema.

—Ya lo hice… —respondió ella. Su sonrisa tembló apenas, y un hilo de sangre descendió por la comisura de sus labios—. Deben estar por llegar.

—Bien… —murmuró él—. Entonces esperaremos.

Pero Thiball lo miró de una forma distinta.

Más profunda.

Más final.

—Maslor… —dijo en voz baja—, ¿puedes sacarme afuera?

Él frunció el ceño.

—¿Afuera?

—Quiero ver las estrellas.

El nudo en su garganta apareció de inmediato.

—Podrías empeorar si te muevo…

—Por favor.

Dudó.

Sabía que era peligroso. Sabía que podía matarla. Pero también supo… que tal vez ya no había nada que salvar. Y no era quién para negarle eso.

—De acuerdo…

La levantó con el único brazo que aún podía usar, con un cuidado extremo, como si sostuviera algo frágil, irremplazable. Aun así, al moverla, Thiball tosió sangre.

—Lo siento… —susurró él, sintiéndose inútil.

—No te preocupes, Maslor… —respondió ella con suavidad—. Nada de esto es culpa tuya.

Salieron al exterior.

Las máscaras integradas en sus uniformes se activaron automáticamente, filtrando el aire y estabilizando la presión.

El panorama… era devastador.

Cuerpos esparcidos por todas partes. Estructuras dañadas, perforadas, humeantes. Columnas de humo elevándose lentamente, como fantasmas silenciosos. Pero más allá de todo eso… más allá del horror… estaban ellas: las estrellas.

Brillaban con una calma absoluta, indiferentes a la guerra, al dolor, a la muerte. Eternas. Intocables.

Thiball suspiró.

—Maslor… —murmuró—, ¿recuerdas cuando los tres hablamos sobre lo que haríamos cuando todo esto terminara?

Maslor esbozó una leve sonrisa.

—¿Te refieres a cuando dijiste que preferías ir conmigo a París antes que con Nosbak por sus piojos? —hizo una pausa—. Sí… lo recuerdo. ¿Por qué?

Ella sonrió.

Más débil. Pero sincera.

—Lo decía en serio.

Maslor tragó saliva. No supo qué decir.

En ese momento, un resplandor cruzó el cielo. Una nave. La astronave de rescate descendía a gran velocidad, atravesando la atmósfera artificial del anillo.

—¡Mira, Thiball! —exclamó, con un alivio que no terminaba de sentirse real—. ¡Ya están aquí! Van a ayudarte…

Ella cerró los ojos. Y con la voz más suave que jamás le había escuchado, susurró:

—Lo decía en serio, Maslor… de verdad…

Silencio. Algo en su interior se rompió. La miró. Ya no respiraba. Se había ido. Maslor la rodeó con su único brazo, apretándola contra su pecho, aferrándose a un cuerpo que ya no respondía, como si negarse a soltarla pudiera cambiar algo. La nave de rescate seguía descendiendo. Las luces iluminaban el campo de batalla. Pero para él… ya no había esperanza. Solo quedaba el vacío. Solo quedaba la soledad. Y algo más. Algo que ardía. Los Insaciables se la habían arrebatado. Como lo habían hecho tantas veces antes. Y en ese instante, con el cuerpo sin vida de Thiball entre sus brazos, Maslor hizo una promesa silenciosa. No se detendría. No descansaría. Hasta hacerlos pagar.

***

***

***

—¿Y solo tú sobreviviste? —preguntó Dinfela tras escuchar atentamente el relato. Ambos estaban sentados en una de las frías bancas metálicas de la azotea, con la ciudad extendiéndose en silencio bajo ellos.

—En efecto —respondió Maslor, sin rodeos, como si repetirlo lo hiciera más fácil. No lo hacía.

—Lo lamento.

—No hay problema.

La respuesta fue automática. Vacía.

Un silencio incómodo se instaló entre ellos, denso, cargado de todo lo que ninguno se atrevía a decir en voz alta. El viento nocturno pasó entre las estructuras del hospital, arrastrando consigo ecos lejanos de actividad, pero allí arriba… todo parecía suspendido.

Entonces, Maslor rompió ese vacío. Metió la mano entre sus ropas y sacó una armónica. No era una proyección de su gema. No era una réplica creada por nanomáquinas. Era real. Auténtica. El metal reflejaba débilmente la luz ambiente mientras sus dedos la recorrían con una familiaridad casi reverente. Durante un segundo, dudó… y luego la llevó a sus labios.

Las primeras notas de *Clair de Lune* emergieron suaves, casi tímidas, como si temieran romper el silencio. Pero poco a poco, la melodía tomó forma, flotando en el aire con una melancolía serena, envolviendo el espacio como un susurro que lo decía todo sin necesidad de palabras.

La tensión comenzó a disiparse. El ruido del mundo… quedó lejos.

Dinfela cerró los ojos por un instante, dejándose llevar por la música, permitiéndose, quizás por primera vez en mucho tiempo, simplemente sentir. Cuando la melodía terminó, el silencio regresó. Pero ya no era el mismo.

—Tocas muy bien —dijo ella en voz baja.

—Gracias.

—¿Quién te la dio?

Maslor giró la armónica entre sus dedos antes de responder.

—Mi padre… —hizo una pequeña pausa—. Aunque fue mi madre quien me enseñó a tocar. Siempre decían que, en un mundo donde todo es digital… algo analógico todavía puede tener alma.

Dinfela sonrió, esta vez sin reservas.

—Tus padres eran unos románticos, ¿no?

Maslor soltó una leve risa, breve, casi olvidada.

—O unos tercos. Aún no lo decido.

—Sea como sea, tienes algo muy valioso —añadió ella—. Hoy en día, prácticamente todo… incluso nuestra ropa… está creado por las nanomáquinas de nuestras gemas. Eso hace que los objetos anteriores a esa tecnología no solo sean raros… sino muy codiciados. Hay coleccionistas que pagarían fortunas por algo así… incluida esa armónica.

Maslor la miró un instante… y luego negó con suavidad.

—Lo sé. Pero nunca la vendería.

La guardó con cuidado, casi con cariño, como si devolviera un recuerdo a su lugar. Luego la miró de nuevo.

—Y ahora es tu turno… —dijo, inclinando ligeramente la cabeza—. ¿Qué hace una mujer tan hermosa como tú en un lugar tan lúgubre como este?

Dinfela bajó la mirada. Su sonrisa cambió. Ya no era ligera. Ya no era cálida. Era amarga.

—Pagando por mi inocencia.

***

***

***

En las heladas capas atmosféricas de Neptuno, donde el viento aullaba como una bestia eterna y las tormentas eléctricas teñían el cielo de un azul violento, una batalla feroz se libraba sin tregua. El ejército de las Colonias combatía con todo lo que tenía contra las fuerzas de los Insaciables. No era una guerra ordenada. No había líneas limpias ni avances elegantes. Era un choque brutal, caótico, donde cada metro de terreno se ganaba con sangre. El campo de batalla era un infierno vivo. Ráfagas de armas láser surcaban el aire en todas direcciones, iluminando la tormenta con destellos intermitentes. Pero no todo era tecnología: el combate cuerpo a cuerpo era igual de brutal. Espadas de energía chocaban contra escudos reforzados, lanzas atravesaban armaduras, hachas descendían con furia sobre carne y metal. Cada impacto era un grito, cada caída… un silencio que no duraba. Los soldados, envueltos en sus Nano-Armaduras, llevaban el emblema terrestre grabado en el pecho como un juramento visible. Luchaban sabiendo que, si caían, no habría rescate. Solo el olvido… o algo peor. A su alrededor, el suelo —o lo que quedaba de él entre plataformas de combate y estructuras improvisadas— estaba cubierto de cuerpos mutilados. Restos humanos y alienígenas se mezclaban sin distinción, formando montículos grotescos. La sangre empapaba todo, oscureciendo el terreno, mientras el aire vibraba con los alaridos de los heridos y los moribundos.

Y aun así…

No sabían lo peor.

A miles de metros sobre sus cabezas, oculto entre nubes densas y descargas eléctricas, algo aún más peligroso avanzaba. Una astronave militar de transporte surcaba la atmósfera turbulenta, abriéndose paso entre corrientes violentas. Su casco vibraba bajo la presión, pero seguía firme, impulsado por motores que rugían contra el caos del entorno. En su interior, un pelotón de soldados aguardaba en silencio. Su misión era clara. Interceptar una nave bombardera enemiga antes de que desplegara su carga. Porque el enemigo no se retiraba. El ejército Insaciable, incapaz de aceptar la derrota, había decidido escalar el conflicto. Su plan era simple… y devastador: lanzar múltiples Bombas Químicas sobre el campo de batalla. Si lo lograban, no solo aniquilarían a las fuerzas coloniales. Convertirían el lugar en un festín. Dentro de la nave, el ambiente era tenso, casi eléctrico. El zumbido constante de los sistemas, el parpadeo de las luces tácticas, el leve traqueteo del fuselaje… todo contribuía a una sensación de inminencia. El capitán del pelotón, Rigund, un hombre endurecido por incontables combates, avanzó hacia la cabina con paso firme. Su armadura mostraba cicatrices de antiguas batallas, marcas que no se borraban ni con las mejores reparaciones.

Se detuvo junto al piloto.

—¿Cuánto falta? —preguntó, con una voz grave que no admitía evasivas.

El piloto, concentrado en los instrumentos de navegación, no apartó la vista de los monitores que mostraban lecturas cambiantes y trayectorias inestables.

—Aún no, señor. Pero según mis cálculos… en treinta minutos estaremos sobrevolando la aeronave enemiga.

Rigund asintió lentamente, cruzándose de brazos.

Treinta minutos.

En una guerra como esa… era una eternidad.

—Bien —respondió—. Iré a informar a los hombres. Avísame en cuanto estemos sobre el objetivo.

—Sí, señor.

Rigund giró sobre sus talones y abandonó la cabina, avanzando por el pasillo estrecho hacia la zona de carga. Allí lo esperaban. Su pelotón. Soldados listos para saltar directo al infierno. Algunos revisaban sus armas por enésima vez. Otros permanecían en silencio, perdidos en sus propios pensamientos. Unos pocos intercambiaban miradas, palabras cortas… suficientes. La tensión era palpable. Densa. Pero también lo era la determinación. Sabían lo que estaba en juego. Y estaban listos.

—¿Ya vamos a llegar, señor? —preguntó uno de los soldados, incapaz de ocultar la impaciencia.

Rigund le lanzó una mirada severa, de esas que bastaban para poner a cualquiera en su sitio.

—No seas ansioso, Ulfanash. El momento llegará.

Otro soldado, más sereno, intervino sin levantar demasiado la voz:

—Señor… ¿de verdad no podemos destruir ese bombardero desde la distancia?

Rigund esbozó una sonrisa cargada de ironía.

—Si fuera tan fácil, Hatrarg, nos quedaríamos sin trabajo. Esa cosa ahí fuera no es un blanco cualquiera. Tiene múltiples capas de campos de fuerza y un sistema de defensa automatizado diseñado específicamente para repeler ataques aéreos.

—Lo que significa… —añadió Dinfela, con tono analítico— que necesitamos igualar esas defensas desde dentro. Nuestras Nano-Armaduras pueden generar un contracampo que nos permita atravesar su escudo sin ser desintegrados en el intento. —Hizo una breve pausa—. Solo así podremos infiltrarnos y evitar que desplieguen las bombas.

Sus ojos recorrieron el compartimento antes de volver a Rigund.

 

—Porque ese gas… será completamente inofensivo para los Insaciables. Pero para nosotros… —dejó la frase en el aire— será una sentencia de muerte.

Rigund asintió, satisfecho, y alzó la voz para que todos lo escucharan.

—¡Correcto! —su tono resonó con fuerza—. Pero no olviden quiénes somos. Somos el escuadrón 1313… y no le tememos a la muerte.

Dio un paso al frente.

—Nuestro lema es claro: mejor morir por algo… que vivir por nada. ¡¿No es así?!

Un rugido unísono sacudió el interior de la nave.

—¡SÍ, SEÑOR!

—Entonces prepárense… —añadió, con una media sonrisa cargada de determinación—. Porque vamos a cazar Insaciables.

En ese preciso instante, la voz del piloto irrumpió por los altavoces:

—Soldados, estamos sobrevolando el bombardero Insaciable. Procedo a abrir la compuerta trasera.

Un instante después, el mecanismo se activó. La compuerta se abrió con un estruendo metálico, y una violenta ráfaga de viento irrumpió en la nave, arrastrando consigo luz, frío… y el vacío inmenso de Neptuno.

—Buena suerte a todos.

Rigund negó con una sonrisa firme.

—No necesitamos suerte… nosotros la creamos.

El escuadrón avanzó al unísono. Sus Nano-Armaduras se ajustaron automáticamente, sellando sistemas, activando propulsores, calibrando trayectorias. Uno a uno, se posicionaron frente a la abertura, con el abismo extendiéndose bajo sus pies.

—¡Síganme! —ordenó Rigund—. ¡Tal y como lo planeamos!

Y sin dudarlo… saltó. Su cuerpo se lanzó al vacío, cayendo en picada. En cuestión de segundos, activó los propulsores de su armadura, estabilizando la caída y transformándola en un descenso controlado directo hacia el bombardero enemigo. Detrás de él, el escuadrón lo siguió. Una línea de ataque descendiendo desde el cielo. Pero el enemigo no tardó en reaccionar. El bombardero detectó su presencia. Y respondió. Una lluvia de disparos láser emergió desde la nave enemiga, saturando el aire con proyectiles incandescentes de tonos rojos y azules. El espacio se convirtió en un campo de muerte en movimiento. Los soldados zigzagueaban en plena caída, ejecutando maniobras imposibles, esquivando por centímetros cada disparo, confiando en reflejos, entrenamiento… y suerte. Algunos rayos pasaron peligrosamente cerca de las armaduras y otros cayeron víctimas de los mismos. Pero finalmente, impactaron contra el casco del bombardero. Aterrizaron con fuerza sobre la superficie metálica, adheriéndose gracias a los sistemas magnéticos de sus trajes. Sin perder tiempo, avanzaron. El contracampo de sus Nano-Armaduras se activó. Las defensas del bombardero chisporrotearon al contacto… y cedieron. Uno a uno, atravesaron el campo de fuerza enemigo. Ya estaban dentro. Con movimientos rápidos y perfectamente coordinados, colocaron cargas de demolición en puntos estratégicos. Las explosiones controladas abrieron brechas en el casco, revelando el interior oscuro de la nave.

—¡Entramos! —ordenó Rigund.

Y se lanzaron. El combate fue inmediato. Y brutal. Los Insaciables se abalanzaron sobre ellos con furia desatada, emergiendo de pasillos y compartimentos como una marea de carne y hambre. El choque fue violento, directo, sin espacio para errores. Espadas contra garras. Disparos contra colmillos. Acero y energía contra carne mutada. El interior del bombardero se convirtió en un matadero. Los soldados luchaban con precisión letal, cubriéndose entre sí, avanzando centímetro a centímetro. Cada movimiento estaba calculado, cada golpe tenía un propósito. Los Insaciables caían. Acribillados. Mutilados. Despedazados. Sin embargo, no pudieron impedir que el enemigo activara sus últimos recursos defensivos durante el avance.

Atravesaron pasillos estrechos, cubiertos de carne adherida a las paredes y venas palpitantes que latían como si la nave estuviera viva. El aire era denso, húmedo, irrespirable. Cada paso los acercaba más al núcleo del bombardero… al puente de mando. Y cuando finalmente llegaron, lo que encontraron superaba cualquier informe. Tres Insaciables permanecían suspendidos en el centro de la sala, inmóviles, conectados mediante gruesos tentáculos a una gigantesca masa cerebral que colgaba del techo como un órgano divino y grotesco. Aquella cosa latía con fuerza, iluminada por pulsos bioluminiscentes que recorrían su superficie, como si estuviera pensando… como si estuviera viva en un sentido mucho más profundo y aterrador. Era una aberración. Un centro de control orgánico. Un cerebro que dirigía la nave.

—…Dispárenle a todo —ordenó Rigund, sin rastro de duda.

No hizo falta repetirlo. El escuadrón abrió fuego. Las balas y descargas láser impactaron contra la masa con furia implacable. Los Insaciables conectados se retorcieron al instante, emitiendo chillidos inhumanos mientras los tentáculos se contraían violentamente. La estructura comenzó a colapsar. Carne, fluidos y fragmentos orgánicos estallaron en todas direcciones. No dejaron de disparar hasta que no quedó nada reconocible. Solo restos. Silencio.

—¡Cargas listas! —gritó uno de los soldados de nombre Intacoh.

—¡Nos largamos! —ordenó Rigund.

Colocaron explosivos en puntos críticos y se retiraron a toda prisa, recorriendo el mismo camino por el que habían llegado, ahora con la nave temblando a su alrededor. Alarmas biológicas resonaban en las paredes, como gritos de agonía. Pero en medio de la retirada… ocurrió. Dinfela se detuvo.

—¡Muévete! —le gritó Hatrarg.

Pero ella no respondió. Sus ojos estaban fijos en los restos de aquella masa cerebral. Algo… se movía. Antes de que alguien pudiera reaccionar, un tentáculo, delgado y viscoso, emergió de entre los despojos y se lanzó hacia ella. La atrapó por el brazo.

—¡DINFELA!

Fue instantáneo. Su cuerpo se tensó. Sus pupilas se dilataron. Y entonces… lo vio todo. Imágenes. Miles. Millones. Ella misma muriendo. Sus compañeros siendo despedazados. Planetas cayendo. Humanos gritando. Carne desgarrada. Fuego. Vacío. Un futuro de horror absoluto proyectado directamente en su mente. No era un ataque físico. Era algo peor. Un mensaje. Un conocimiento imposible. Dinfela soltó un grito ahogado… y perdió el conocimiento.

—¡Maldita sea!

Rigund reaccionó de inmediato.

—¡Dispárenle!

El escuadrón descargó fuego concentrado sobre el tentáculo, desintegrándolo junto con cualquier resto que aún se moviera. La conexión se rompió. Rigund se lanzó hacia ella, la levantó sin dudarlo.

—¡Nos vamos, ya!

Salieron de la nave segundos antes de que las cargas detonaran. El bombardero Insaciable explotó en una violenta reacción en cadena, consumido por fuego y fragmentos que se dispersaron en la atmósfera de Neptuno. La misión… había sido un éxito. Pero el precio no tardó en mostrarse. Dinfela despertó horas después, en un hospital de campaña. El techo blanco. El olor a desinfectante. El sonido constante de monitores. Estaba viva. Pero algo… no estaba bien. Los médicos no tardaron en tomar una decisión. Fue dada de baja por razones médicas. Oficialmente: trauma neural severo. Extraoficialmente: incertidumbre. Rigund no quedó conforme. La observó en silencio, de pie junto a su camilla. Sus ojos se entrecerraron levemente mientras activaba su gema. Las raíces nanotecnológicas se extendieron desde su sistema hasta su retina, escaneándola a un nivel que ningún equipo médico podía igualar. Buscaba anomalías. Cambios. Algo que no encajara. Porque los altos mandos no confiaban. Y él tampoco. El escaneo terminó. No dijo nada. Pero su silencio… lo decía todo. Y Dinfela… tampoco estaba segura de seguir siendo la misma.

***

***

***

—Pero yo te veo bien —dijo Maslor, cruzándose de brazos mientras la observaba con atención, como si intentara leer más allá de lo evidente.

—Y lo estoy —respondió Dinfela con calma—. O al menos eso parece. Pero me trajeron aquí para hacerme más exámenes… quieren asegurarse de que no haya ningún tipo de… contaminación en mi cerebro.

Hubo una ligera pausa al pronunciar esa última palabra, como si incluso a ella le incomodara.

Maslor asintió lentamente. Luego arrojó el cigarro ya consumido al suelo y lo aplastó con la bota, girando el pie con cierta fuerza.

—Me alegra oír eso —dijo al fin—. Sería una verdadera tragedia que los Insaciables te envenenaran la mente… —la miró de reojo, con una sinceridad que no intentó ocultar—. Yo, en lo personal, lo lamentaría mucho.

Dinfela esbozó una sonrisa breve, casi tímida, antes de dejar caer su propio cigarro junto al de él.

—Gracias.

El silencio que siguió no fue incómodo, pero sí denso, cargado de todo lo que ninguno de los dos decía. Maslor iba a romperlo cuando Dinfela, de pronto, cambió la expresión de su rostro. Su mirada se volvió más seria… más directa.

—Por cierto… —dijo—, ¿yo te agrado?

La pregunta lo tomó por sorpresa.

Maslor arqueó ligeramente una ceja, estudiándola.

—Sí… claro que me agradas.

Dinfela inclinó apenas la cabeza, como si no le bastara.

—No. Me refiero a… si de verdad te agrado.

Maslor frunció el ceño, confundido.

—¿En qué sentido?

Ella no respondió de inmediato. En lugar de eso, dio un pequeño paso hacia él y tomó su mano con suavidad, entrelazando sus dedos con los suyos.

—En este sentido.

El gesto fue simple. Pero directo. Maslor sintió cómo el calor le subía al rostro casi al instante. No apartó la mano, pero tampoco supo qué decir durante un segundo que se sintió más largo de lo que debía.

—Eres… bastante directa —admitió, con una leve risa nerviosa.

Dinfela sostuvo su mirada, firme.

—En tiempos como estos, con una guerra que lo devora todo… no podemos darnos el lujo de perder el tiempo con rodeos.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambos. Maslor apartó la mirada un instante, pensativo, como si sopesara algo más grande que aquella simple confesión. Luego suspiró y volvió a mirarla.

—Tienes razón… —dijo finalmente—. Pero ¿estás segura? Las relaciones entre soldados de distintos rangos no están bien vistas. Y menos en situaciones como esta.

Dinfela sonrió, pero esta vez con un brillo distinto, más atrevido.

—Precisamente por eso lo hace más interesante… ¿no crees?

No hubo más argumentos. No hacían falta. El silencio se transformó en una decisión compartida. Y entonces se acercaron. Sus labios se encontraron en un beso que no buscaba perfección, sino verdad. Un beso cargado de urgencia, de necesidad, de dos personas que sabían que el mañana no estaba garantizado. Un beso contra la guerra. Contra la muerte. Contra el olvido. Y fue en ese instante, en ese punto de contacto absoluto… cuando ocurrió. Las gemas. Ambas reaccionaron. Un leve pulso de luz recorrió sus cuerpos, casi imperceptible al inicio, pero suficiente para desencadenar algo más profundo. La conexión se estableció sin permiso, como si sus sistemas reconocieran algo más allá de lo físico. Y el mundo… cambió. De repente, ya no estaban en la azotea. Ni en el hospital. Ni en guerra. Se encontraban en otro lugar. Una playa extensa, luminosa, bañada por un sol cálido que parecía no pertenecer a ningún sistema estelar conocido. La arena dorada se extendía bajo sus pies, suave y tibia, mientras el mar, de un azul profundo y sereno, se movía al ritmo de una brisa tranquila. El sonido de las olas reemplazó al de los disparos. El aire olía a sal… no a sangre. El cielo era claro. Infinito.

—…¿Lo ves? —susurró Dinfela, sin soltar su mano.

Maslor miró a su alrededor, incrédulo… pero no asustado. Por primera vez en mucho tiempo… estaba en paz. Y entonces sonrió. No una sonrisa contenida. Una real. Rieron. Corrieron por la orilla. Se empujaron como niños. Se persiguieron entre las olas, dejando que el agua los alcanzara, salpicándolos, mojándolos sin importar nada más. Durante esos instantes, no eran soldados, ni supervivientes, ni piezas de una guerra interminable. Eran solo dos personas. Vivas. Juntas. Y libres. El tiempo dejó de importar. El universo dejó de pesar. Porque en un mundo condenado por la guerra… un solo instante de felicidad podía convertirse en la victoria más grande de todas.

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