QUIMERAS VISIONARIAS — Segunda Parte — Capítulo 2 (Prototipo): Relato de Kein


—Muy bien caballeros, escúchenme con atención. —dijo el general Rayen dirigiéndose a todos los que estaban ahí reunidos— Ya tenemos devuelta con nosotros a Arica, pero eso es solo el principio. Ahora vamos a hacer un ataque a gran escala a la ciudad de Iquique y créanme que no nos lo van a poner fácil los chilenos, pero somos peruanos y no le tenemos miedo a nada ni a nadie. ¿Estoy en lo correcto?

—¡Si, señor! —le respondieron todos los soldados.

—¿Qué dijeron? No los escuche.

—¡¡¡Si, señor!!! —volvieron a decir esta vez con más fuerza y en compañía de Kein y Zoe.

—Bien, así me gusta. Ya saben lo que tienen que hacer y a donde ir, así que vayan y ganen una nueva ciudad para el Perú.

Todos afirmaron eufóricos y fueron a las naves que los llevaron hacia Iquique cuyas defensas antiaéreas actuaron para traérselos abajo. Mas los pilotos pudieron ingeniárselas (otros no y fueron destruidos) para soltar las cápsulas en cuyo interior estaban los soldados peruanos que al salir comenzaron a contraatacar a las fuerzas chilenas con todo lo que tenían. Convirtiendo la ciudad, en menos de una hora, en un campo de batalla en donde la muerte reinaba campante. Todo era un pandemónium. Y, naturalmente, tanto Kein como Zoe luchaban al lado de Rayen, que también estaba ahí, con todo lo que tenían. El AST del colibrí usó sus poderes eléctricos para freír a los enemigos y del aire para aplastarlos; en cuento al del mono le fue muy fácil congelar y desquebrajar a los que se le cruzaron en el camino o bien ahogarlos. Con todo eso la victoria parecía segura. Pero había un problema, las fuerzas chilenas no dejaban de llegar. Era como si fueran infinitas. Y los soldados peruanos no eran reemplazables. Su número se estaba reduciendo, mientras que el chileno aumentaba. Por ello Rayen no tuvo de otra.

—¡Retirada! —grito con fuerza y con odio—. ¡¡¡Retirada!!! Todos retírense.

—Pero, señor… —replicó un soldado cercano— …aún podemos pelear. 

—No lo discuto, pero nuestras fuerzas están siendo diezmadas, mientras que las chilenas no dejan de aumentar. Algo raro está pasando aquí. Por eso debemos de retirarnos, por ahora. Manden el siguiente mensaje: que todos se reagrupen y retrocedan a la Torre del Reloj.

—Señor, ¿Quién protegerá nuestra retaguardia?

—Eso déjenselo a los AST.

Nadie lo puso en duda y en efecto los Pishtacos les protegieron de los enemigos que iban tras ellos hasta que todos estuvieron a salvo en aquel monumento histórico ubicado en la plaza Arturo Prat en donde fabricaron barricadas por toda la zona amurallándola con el fin de protegerse de los chilenos que poco después comenzaron a atacarles nuevamente. Al tiempo que Rayen, reunido con Kein, Zoe y unos capitanes trataban de encontrar una explicación, más una solución, a la situación en la que se encontraban.

—Bien, vemos esto, ¿Alguien sabe cómo es posible que el número de chilenos en vez de disminuir aumentara?

—La única explicación que se me ocurre —comenzó a decir un capitán—, es que la información que nos dieron nuestros espías chilenos de la resistencia sea en efecto verídica y no una exageración como algunos pensaban.

—Sí, y yo era uno de esos algunos. —dijo molesto Rayen— Entonces, debemos de asumir que, de alguna manera, los chilenos pueden crear de forma casi instantánea robots de tipo A para usarlos como parte de su ejército.

—Siendo estos mecánicos el sesenta por ciento del mismo. —concluyó otro capitán.

—Pero esto es ridículo, ni siquiera nosotros, con todos nuestros recursos podríamos hacer un ejército así y menos reemplazar a los caídos así de rápido. Esto no debería de estar pasando.

—Pero está pasando, señor Rayen. —dijo Zoe muy serio— Y debemos de actuar acorde a eso.

—Tienes razón. —concordó Rayen tras estar un rato en silencio— Lo que necesitamos ahora es ver cómo evitar que lleguen más refuerzos. Es decir, éstos no salen de la nada.

—Entonces, señor. Creo que lo mejor sería destruir la estación de trenes Teru. —dijo otro capitán— Esta estación provee al ejército chileno de Iquique de medicina, comida y soldados. Pero el problema es que, como está en el punto más alejado de la ciudad, no podemos alcanzarla. Además, se halla muy bien resguardada, tienen incluso un campo de fuerza que rivaliza con el que hemos instalado aquí.

—Es cierto, pero si queremos ganar esta batalla debemos usar todo lo que esté a nuestro favor. Y ahora destruir esa estación es lo que más nos conviene. —se puso a pensar y dió con un plan— Escuchen, esto es una locura, pero puede que funcione. Uno de ustedes dos —señalo a los AST— tendrá que infiltrarse en Chile, ponerse en contacto con la resistencia y, usando la información que ellos les brinden, hacer estallar esa estación. ¿Qué les parece?

—Una muerte segura, cero oportunidades de éxito, ¿Qué estas esperando, Kein? —le pregunto Zoe dándole una sonrisa burlona.

—¿Yo?

—Sí, por que no. Es decir, ya eres un hombre en los últimos años de su vida.

—Soy un joven en la flor de su vida que tiene una vida sexual bastante plena, Zoe. —contestó Kein algo divertido como los demás ahí reunidos— Pero no importa, lo haré.

—¿En serio? Si quieres lo dejamos a la suerte.

—No, yo iré. Hice una promesa. Prometí que les daría el infierno a los chilenos que están del lado de Ferol. Y creo que si hago esto lo hare.

—Por mí está bien. —concordó Zoe para luego mirar a Rayen— En cuanto a estos espías, ¿son en verdad un grupo de chilenos que han formado una resitencia contra el gobierno de Ferol o qué?

—Claro que si —contesto Rayen algo divertido por la pregunta—, en toda dictadura se forma una resistencia, sin excepción. Eso ya debería de saberlo.

Zoe respondió con una mofa.

—Ahora, escucha, Kein. —dijo Rayen mirándole muy fijamente— Obviamente, como estamos en guerra, las fronteras están cerradas por eso no podrás ingresar como turista o hacerte pasar como un chileno que regresa del extranjero o algo así; por lo que, simplemente, tendrás que arremeter contra el ejército y hacer que te capturen. Pero no lo harás solo. Ya que nosotros, como los chilenos, también tenemos nuestros robots soldado tipo A, que usamos para operaciones como esta. Usarás cincuenta que cargarán contigo contra ellos. Y, una vez que te tengan y te lleven a la capital, escaparás y te pondrás en contacto con un tal Hian, él se encargará de llevarte a la base de la resistencia para que nos ayuden a destruir la estación de trenes Teru. Voy a hacer unas llamadas. —pasaron unas horas en las que no ocurrió nada relevante y él le volvió a llamar— Ya está hecho. Cuando quieras, Kein.

—Hagámoslo de una vez.

Kein se puso frente a un grupo de soldados vestidos de pies a cabeza con sus armaduras, él creó una motocicleta y ellos le imitaron. Y, sin decir nada más, salió acompañado por esos robots, conduciendo a toda máquina disparando a diestra y siniestra contra todo lo que se moviera. Yendo hacia Teru. Poco a poco los mecánicos fueron cayendo y solo quedo él contra el ejército chileno, pero pese ello no se amedrentó. Continuó, enfrentándose a toda bestia mecánica que se le enfrentara y, por un momento, creyó que podría llegar a la estación. Más fue detenido cuando le dispararon con bolas de goma que aumentaban de tamaño y se le quedaban pegadas al cuerpo, llegado un punto en el que ya no pudo continuar y se dejó vencer.

Unas horas después, se encontraba dentro de una tienda en el campamento chileno, sentando en una silla especial que restringía sus movimientos y (según le explicaron) evitaba que usara la gema. Ya no tenia el casco puesto (dejó que se lo removieran) y estaba bajo la vigilancia de dos soldados que lo miraban en silencio. Pasaron unos minutos y entró alguien que parecía ser el capitán de los mismos.

—Así que por fin despiertas. —le dijo el chileno mirándole de forma respetuosa— Iré al grano: vas a ser ejecutado. Pero, Ferol, nuestro presidente, quiere que sea en un lugar público, frente a todos, por lo que seras llevado a la capital y, una vez que te humillen, serás decapitado, como se hacia en la antigüedad. —Kein solo se limitó a mirarlo— Si dependiera de mi, simplemente te daría un tiro en la cabeza para ahorrarte el suplicio, no obstante, tengo que cumplir con las ordenes de mi gobernante, que castiga muy duro a los que le desobedecen. Antes de que te lleven, ¿quieres que te de algo?

—No, gracias. Pero se lo agradezco.

El capitán se retiró y él quedó solo con los soldados.

Ya habían pasado varias horas y, ahora, se encontraba dentro de un camión acorazado, diseñado para llevar presos peligrosos. Lo habían llevado en avión, al principio y ahora lo trasportaban en ese coche, siendo vigilado en todo momento por soldados de élite que no dudarían en matarlo si intentaba algo. Empero, ninguno de ellos sabía que el gas paralizante con el que lo habían rociado (al sacarlo de la silla especial), en realidad no le hacía ningún efecto. Y, como ahora se encontraba en Santiago, la capital de Chile, ya no había razón para seguir conteniéndose. Rompió los grilletes que lo mantenían sujeto al asiento metálico del vehículo y, solo con la fuerza bruta, mató a todos los chilenos que lo vigilaban. Empapándose en sangre. Tras lo cual creó una pistola que usó para disparar a las nucas del piloto y copilo del trasporte. Lo que causó que éste perdiera el control. Momento que aprovechó para ponerse la armadura y crear una moto que usó para salir embalado. Perdiendo de vista a los coches patrullas y a los helicópteros que le seguían luego de que entrara en un túnel. Ocultaron la verdad al público y los responsables se enfrentaron a la ira de Ferol que no fue nada piadoso. En cuanto a Kein, tal y como estaba acordado, haciéndose pasar por un chileno, llegó al punto de contacto: la estatua de la Virgen María en el cerro San Cristóbal. Era de noche y pronto apareció el contacto, mientras que él ofrecía una pequeña plegaria. Sin poder evitar pensar en la hipocresía de los maristas… afirmaban seguir sus pasos, pero solo era una fachada.

—¿Kein? —le preguntó el hombre de cabello y ojos color mostaza.

—¿Hian?

Al terminar con las presentaciones y confirmar sus identidades, Hian lo condujo a un edificio en apariencia abandonado, en donde, al entrar en una habitación, fue recibido a punta de pistola por todos los presentes.

***

La misión era simple:

Rescatar a Elicio, de la prisión de máxima seguridad Vespa. Un miembro fundamental del grupo de la resistencia que por desgracia había sido capturado y cuya información podría ser muy útil. Por lo que tenían que sacarle de ahí, al no poder él escapar por sus propios medios. Y como no podían permitir que revelara lo que ellos sabían, debían de salvarle. Por ello mandaron un gran camión acorazado, acompañado de otros cinco, que irrumpiron en la cárcel, destruyendo la puerta principal, y procedían, al formar un circulo, a abrir sus ventanas para que de ellas salieran balas en todas direcciones, matando a quien no se pusiera a cubierto. Al tiempo que un grupo armado y peligroso, conformado por más de 100 hombres, se infiltraban por las alcantarillas dentro del edificio. Una unidad que a diestra y siniestra disparaban a todo el mundo, incluyendo a los presos que trataban de escapar, al abrirse las puertas de sus celdas, gracias al AST que, al conectarse con sistema de la prisión y con los visores del equipo de infiltración, pudo ser testigo de todo y ver como la penitenciaria se convertia en un campo de batalla en donde nadie estaba a salvo. Con los guardias tratando de hacer lo posible por mantener el orden, contener a los presos y suprimir a los invasores, sin éxito. Porque los atacaban por todos lados. Sin que ninguno de ellos sospechara que la intención de aquellos agentes no era el de rescatar a alguien, sino el de entretenerlos para que el Pishtaco que se infiltró junto con ellos se pusiera en marcha.

Se vistió al igual que un guardia de Vespa, caminó por los pasillos y bajó a los pisos más profundos de la penitenciaria en donde sabía que tenían custodiado a Elicio bajo interrogación por medio de una CAR. Los antiguos métodos habían quedado en el pasado y ahora, si se le quería sacar información a alguien, bastaba con meterlo en una de esas capsulas que se encargarían de absorberle toda la información deseada. Aunque claro, si el interrogado era fuerte, podía crear barreras mentales que duraran días e incluso meses. Solo podía esperar que Elicio fuera una de esas personas. Entró a la sala de interrogatorios, tras asesinar a los dos guardias que custodiaban la entrada, y lo encontró en la capsula número 13. Y, por lo que pudo ver, no le habían podido saca nada. Eso lo alivió y acto seguido lo liberó.

—¿Qué? —pregunto volviendo en si para verlo con esos ojos rojos a juego con ese cabello morado—. ¿Quién…?

—Mi nombre es Kein, soy un AST. —explicó tratando de ser lo más breve posible— Me han enviado Sira y los demás a rescatarle.

—¡¿Sira?! —exclamó totalmente asombrado—. ¿Cómo es posible? Me dijeron que había muerto en esa redada que nos hicieron. Incluso yo me lo creí.

—Pues le mintieron para que bajara sus defensas. Pero al final no lo hizo.

—No, claro que no. No les iba a dar esa satisfacción.

—Es bueno oír eso. Ahora este es el plan… —de frente le conto todo lo que estaba ocurriendo y lo que harían a continuación— …y luego nos iremos por la carretera.

—¿Ese es el plan?

—Sí, debemos aprovechar que aún no han destruído a todos los robots de tipo A que robamos de los almacenes del ejército, y que siguen peleando con los presidiarios. Es nuestra única oportunidad. Ahora, usted también se hará pasar por un guardia y saldremos de aquí. 

—No funcionará, es demasiado…

—Lo hará, vamos. —inmediatamente Kein, al poner una mano en el hombro de Elicio, le formo alrededor del cuerpo otra armadura idéntica a la suya— Haga lo mismo que yo y de ser necesario prepárese para abrirse a tiros.

No fue necesario que lo dijera. Los prisioneros al verlos les atacaron y los guardias al percatarse que no eran de los suyos hicieron lo mismo. Y entre cuchilladas, disparos, golpes y mucho derramamiento de sangre llegaron al tejado en donde estaba el helicóptero de la penitenciaría que era de uso exclusivo en casos de emergencias como la actual.

—¿Sabes pilotear esto? —le pregunto Elicio al entrar luego de que forzaran las puertas.

—Puedo pilotear lo que sea. —contesto Kein que manipuló el sistema para hacerle creer que él era el dueño y así poder usarlo. Lo elevó y dejó detrás una carcelaria en ruinas llameantes, más aún cuando los seis vehículos que habían irrumpido explotaron junto con todos los androides que seguían peleando. Matando a muchos. Pero eso a él poco le importaba. Manejó hasta la azotea de un edifico abandonado y ahí se detuvo. Usó cuerdas para que los dos descendieran en ese techo. Ambos usaron una escalera para bajar a un callejón abandonado y como había programado al helicóptero en modo automático, este siguió andando minutos después. Rápidamente fueron abordados por Sira e Hian que llegaron dentro de una furgoneta negra lista para marcharse, junto con otros miembros armados por seguridad.

—Chicos, me alegra verlos sanos y salvos. —les dijo ella no sin antes abrazar a Elicio—. ¿Estás bien? No te torturaron, ¿verdad?

—Lo hicieron, pero no les dije nada.

—Oigan —les interrumpió Kein, notando la relación que había entre los dos—, dejen eso para después, hay que irnos.

—Tienes razón. —repuso Sira algo sonrojada— Vámonos.

Ya era muy tarde, cuando se dieron cuanta quienes fueron los que escaparon durante la conmoción. En cuanto al helicóptero siguió hasta caer en el océano. Todo lo ocurrido estuvo en las noticias durante días y fue recordado, más adelante, como la masacre de Vespa. Un hecho que marcaría la historia de Chile para siempre.

***

La estación Teru no podía caer gracias a que estaba protegía por un potente campo de fuerza que lo protegía de cualquier daño. No obstante, los CF eran creados por generadores que tenían que recibir energía de alguna parte. Y éstos lo recibían de la planta hidroeléctrica de la capital de Chile, Santiago. Por lo que para desactivarlos era necesario cortar con ese suministro energético y para eso solo tenían que destruir las cajas de voltaje que unían a los cables de conexión ubicados en ciertas zonas estratégicas del alcantarillado de la ciudad. Un trabajo, relativamente fácil al descubrir la ubicación de las mismas gracias a sobornos bien pagados. Tras lo que, al deshacerse de ellas, el campo, tal y como se pensó, desapareció. Lo que lo convertía en un blanco perfecto para los cazas peruanos que bombardearon a Teru hasta dejarla en escombros que ni siquiera el ACN más fuerte podría reconstruir y permitiendo al ejército del Perú (ya con refuerzos) avanzar hasta ganar la ciudad de Iquique, sobre todo cuando la milicia de Ferol ya no disponía de robots tipo A o de suministros con los que abastecerse. Todo un espectáculo que fue presenciado por Kein, Hian, Sira y Elicio que subieron a la azotea de un edificio bien posicionado que les permitió gozar de la acción cómodamente sentados; mientras comían, bebían y conversaban, observando lo que acontecía usando binoculares. Los cuatro a salvo a kilómetros de distancia.

—Mmm… esta es la auténtica. —dijo Kein tras tomar un buen trago de Chicha Morada.

—Claro que lo es. —afirmo Sira tomando también un trago— Y la hemos conseguido solo para usted.

—Al igual que el Pisco. —menciono Hian comiendo una botana— En lo personal, creo que es nuestro, pero respeto vuestra opinión con respecto a esa cuestion.

—Cambiando de tema. —empezó Elicio que prefirió beber la bebida alcohólica del Perú por excelencia— Es muy importante que les informe a los suyos que la razón por la que Ferol a podido armarse con un pequeño ejercito de robots tipo A, de la noche a la mañana, es por las tabillas que robo de vuestro país.

—Y por eso es fundamental que las recuperemos. —asevero Hian sin dejar de comer— Antes de que logren traducirlas al completo.

—Sí, pero, por lo que ustedes me han dicho, están resguardadas en una ubicación en la que me sería imposible acceder. A menos sin la ayuda de otro AST. Por no decir de intentar asesinar a Ferol.

—Eso es aún más difícil. —aseguro Sira tomando de nuevo Chicha— Nunca sale, siempre va a todos lados protegido y, cuando se deja ver en público, es un doble quien lo sustituye. Y, pese a todos estos años, aun no conocemos su agenda. Pero por fin hemos hecho avances y descubrimos que cada fin de mes sale a una reunión secreta. Solo tenemos que descubrir a donde va y ver si es posible atacarle ahí.

—Estoy seguro que lo lograrán y, si no, igual lo atraparemos cuando ustedes y nosotros ganemos la guerra. —Kein se puso de pie— Ha sido un gusto, pero ya es hora de irme. He recibido órdenes de volver con Zoe. El general Rayen me necesita en el campo de batalla. 

—Igualmente ha sido un gusto, Kein. —le dijo Sira levantándose y estrechándole la mamo como los demás.

—Lo mismo digo.

—Pienso igual.

—¿Y cómo te vas ir, Kein? —le pregunto Sira que como Elicio e Hian sentían mucha curiosidad por ello.

—Volando.

—¿Volando?

—Nosotros los AST tenemos habilidades parecidas, pero también poseemos destrezas que nos hacen únicos los unos de los otros, ahora les voy a ensañar una de ellas —caminó hasta el borde de la azotea e hizo que de la espalda le salieran alas metálicas, al contraer y expandir los brazos, que dejaron atónitos a los tres. Él los miró y sonrió un poco—. Adiós y buena suerte.

Dio un paso al vacío e inmediatamente los tres se acercaron para ver como él ascendía a los cielos como una magnífica ave a lo que Sira dijo:

—Adiós, AST del colibrí. Cuando nos volvamos a ver, habremos ganado la guerra.

Tiempo después, se reunió con Zoe y con el general Rayen que lo felicitaron por todo lo que hizo. Lo mandaron a descansar y luego volvió a entrar en acción para más tarde recibir órdenes de volver al Perú.

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