Un Día Laborar
Insua es una pequeña aldea de
trazo circular, reconocible por sus cuatro caminos principales que se abren
desde la plaza central hacia el exterior. Se encuentra situada entre los
departamentos de Tumbes y Piura, en una zona donde el tiempo parece avanzar con
más calma. Contrario a lo que muchos creen, sus habitantes no viven en la
miseria. Su entorno, aunque carente de tecnología avanzada, es digno y
funcional. La vida allí es más sencilla, más cercana a la tierra, marcada por
costumbres rurales que han resistido el paso de los años. Sin embargo, ese
mismo aislamiento la ha dejado prácticamente desconectada del resto del país,
sin medios de comunicación eficientes ni protección inmediata ante amenazas
externas. Y fue precisamente esa desconexión la que convirtió a Insua en un
blanco fácil. Esa noche, el problema tenía nombre y forma: cuatro sujetos que
estaban causando un escándalo dentro de la taberna Camila del Blanco. El local
era modesto: una sala cuadrada de paredes gastadas, iluminada por lámparas
amarillentas que colgaban del techo. Apenas seis mesas de madera, desgastadas
por el uso, estaban distribuidas con orden simple. El aire olía a cerveza,
sudor y madera húmeda. Detrás de la barra, el dueño limpiaba vasos con un viejo
trapo de seda, mientras intentaba ignorar el creciente alboroto. Su hija,
Ysriel, una joven de notable belleza y mirada firme, observaba la escena con
evidente molestia. Los cuatro hombres, sentados junto a la pared izquierda del
salón, no habían dejado de gritar, reír y perturbar la tranquilidad desde que
llegaron.
—Papá… —dijo en voz baja,
inclinándose hacia él mientras señalaba discretamente a los sujetos—. Esos
hombres no han parado de hacer escándalo… y ya están molestando a los demás
clientes. Creo que debería pedirles que se retiren.
El tabernero levantó la
mirada, evaluando la situación con cautela antes de asentir.
—Está bien, hija… hazlo. Pero
ten cuidado.
—Sí, papá.
Ysriel caminó con paso firme
hacia la mesa. Las risas de los hombres continuaban hasta que notaron su
presencia.
—Disculpen, caballeros… —dijo
con cortesía contenida—. Lamento interrumpir, pero debo pedirles que bajen la
voz y que—
—No nos molestes, nena —la
interrumpió uno de ellos, sentado a su derecha. Terminó su cerveza de un trago
y le dedicó una sonrisa desagradable—. Mejor ve a traernos más tragos, ¿sí?
Antes de que pudiera
reaccionar, el hombre le dio una palmada en el trasero.
El sonido del golpe fue seco.
La respuesta de Ysriel,
inmediata.
—¡Ya fue suficiente! —exclamó,
tras propinarle una bofetada que resonó en toda la sala.
El ambiente se congeló.
—¡Lárguense de aquí ahora
mismo o llamaremos al comisario! —ordenó, señalando la salida con firmeza.
Uno de los otros hombres se
levantó lentamente, esbozando una sonrisa torcida.
—Oye, cariño… —dijo,
acercándose—. Mi amigo solo estaba siendo amable…
Extendió la mano y le acarició
el cabello con descaro.
No terminó la frase.
En un movimiento rápido y
preciso, Ysriel lo sujetó de la muñeca, giró su brazo con fuerza y lo obligó a
inclinarse sobre la mesa. Lo inmovilizó con firmeza, dejándolo completamente
sometido.
Sus tres compañeros se
levantaron de inmediato, tensos, listos para intervenir.
—¡Quietos! —tronó una voz.
El tabernero ya no estaba
detrás de la barra. Ahora sostenía una escopeta, apuntándolos con decisión
mientras avanzaba por el costado.
—Aléjate de ellos, Ysriel.
Ella obedeció sin discutir,
soltando al hombre y retrocediendo hasta colocarse junto a su padre. El
silencio era absoluto. Los otros veintitrés clientes observaban la escena sin
moverse, conteniendo la respiración. La tensión en el aire era tan densa que
parecía que cualquier chispa podría hacerlo estallar todo.
—No los quiero volver a ver en
mi taberna —sentenció el tabernero sin bajar la escopeta—. ¡Váyanse ahora mismo
o los saco a tiros!
Pero, para sorpresa de todos,
los cuatro hombres comenzaron a reír. No una risa nerviosa. Una risa burlona.
—¿De qué se ríen? —preguntó
Ysriel, perdiendo la paciencia.
—Niña… —dijo el mismo al que
le había torcido el brazo, secándose una lágrima de la risa—. ¿De verdad crees
que ese juguete puede detenernos?
Señaló al padre con desprecio.
—Ustedes no tienen idea de con
quién se están metiendo.
—Ni lo sabemos, ni nos importa
—respondió el tabernero, cargando el arma con un chasquido seco—. Última
advertencia. Lárguense.
El silencio duró apenas un
segundo.
—¿En serio? —replicó el
hombre. Y entonces todo se rompió.
Sacó un revólver de su chaleco
en un movimiento limpio. Al mismo tiempo, sus compañeros desenfundaron armas
modernas: una subametralladora compacta, una Uzi y un MP5 de última generación.
El tabernero disparó primero. Las detonaciones retumbaron en el local. Las
balas impactaron con fuerza, destrozando carne, arrancando fragmentos, lanzando
a los cuatro hombres contra el suelo en medio de sangre y restos. Por un
instante… silencio. Luego, las risas volvieron. Ysriel sintió cómo el frío le
recorría la espalda. Los cuerpos… se estaban moviendo. Ante los ojos de todos,
las heridas comenzaron a cerrarse. La carne se regeneraba a una velocidad
antinatural. Los huesos parecían recomponerse bajo la piel como si nada hubiera
pasado. Los cuatro hombres se pusieron de pie. Como si jamás hubieran sido
heridos. Nadie reaccionó a tiempo. Aprovechando el shock, abrieron fuego. El
tabernero recibió una lluvia de proyectiles que lo atravesaron sin piedad. Su
cuerpo se sacudió con cada impacto antes de desplomarse, soltando la escopeta,
bañando el suelo con su sangre.
—¡Papá! —gritó Ysriel.
Corrió hacia él, cayendo de
rodillas a su lado. Lo sacudió, desesperada, intentando despertarlo, negándose
a aceptar lo evidente. Pero ya no había nada. Solo un cuerpo sin vida. Detrás
de ella, las risas continuaban.
—¡Vamos, muchachos! —dijo uno
de ellos con entusiasmo—. ¡Que empiece la fiesta!
Los disparos llenaron la sala.
Los clientes no tuvieron oportunidad. El ruido de las armas ahogó los gritos.
En cuestión de segundos, la taberna se convirtió en un matadero. Cuando el
silencio regresó, lo único que quedaba era muerte. Ysriel permaneció inmóvil
unos segundos más. Luego respiró. Temblando. Se limpió las lágrimas con el
dorso de la mano, dejó el cuerpo de su padre con cuidado… y tomó la escopeta. Se
puso de pie. Apuntó. Disparó. El impacto abrió un agujero profundo en el pecho
del hombre que se le acercaba. Pero, ante su horror, la herida comenzó a
cerrarse al instante. Él sonrió.
—Te lo dije… ese juguete no
puede hacerme daño.
De un manotazo le arrebató el
arma y la lanzó lejos. Luego la empujó contra una mesa, haciéndola caer con
violencia.
—Tranquila… —añadió con una
sonrisa torcida—. A ti no te vamos a matar. Al menos, no todavía.
Ysriel lo miró con odio puro.
—¿Quiénes son… y qué quieren?
El hombre suspiró, como si se aburriera.
—Hace unos días, uno de los nuestros
vino a este pueblo miserable… y su comisario decidió encerrarlo. Grave error.
Se inclinó ligeramente hacia
ella.
—Así que te vamos a dejar con
vida para que lleves un mensaje. Tienen dos horas para liberarlo… o volveremos
y reduciremos este lugar a cenizas.
Ysriel no dudó.
—Vete al infierno —escupió,
con la mirada ardiendo—. Nadie aquí va a obedecer a basura como tú.
La expresión del hombre
cambió. La sonrisa desapareció.
—Cállate.
La sujetó con brusquedad y la
empujó contra la mesa, inmovilizándola.
—Parece que alguien necesita
aprender modales…
Su tono ya no era burlón. Era
frío. Peligroso. De una mirada muy sugerente.
—Espera un momento —dijo uno
de los hombres, posando una mano sobre el hombro del líder—. No te la vas a
quedar solo para ti, ¿verdad?
—Claro —añadió otro, con una
sonrisa torcida mientras recorría a Ysriel con la mirada, fiándose sobre todo
en el gran busto de la joven—. Nosotros también queremos divertirnos.
—¡Silencio! —gruñó el líder,
visiblemente irritado, apartándose de un manotazo—. Yo soy el jefe… y yo decido
quién hace qué aquí.
El ambiente se tensó aún más. Pero
entonces… la puerta de la taberna se abrió. El sonido seco del mecanismo resonó
en el silencio cargado de muerte. Todos giraron. Un joven acababa de entrar. Caminó
unos pasos hacia el interior, tranquilo, como si no le afectara el horror que
lo rodeaba. Llevaba gafas oscuras, y su expresión era imposible de leer. Ysriel
lo vio. Y por un instante, algo en su interior cambió.
—¿Y este quién es? —preguntó
el líder con burla, observándolo de arriba abajo—. ¿Te perdiste, niño?
Ninguna respuesta. El joven
simplemente los miró.
—Bah… —escupió el hombre con
desdén—. ¡Mátenlo!
Los tres sujetos reaccionaron
al instante, levantando sus armas. Pero no fueron lo suficientemente rápidos. El
joven ya se había movido. De entre su ropa sacó un imponente revólver .500
S&W Magnum, pesado, brutal. Disparó. Tres veces. Tres detonaciones
ensordecedoras. Los disparos fueron precisos. Letales. Las cabezas de los tres
hombres estallaron casi al mismo tiempo, lanzando restos contra paredes, mesas
y suelo en una escena tan rápida como violenta. El eco de los disparos quedó
suspendido en el aire. Ysriel se quedó paralizada. El último de los hombres… ya
no sonreía. Por primera vez desde que todo había comenzado… sintió miedo.
—¡Aléjate de ella! —ordenó el
joven, apuntándole sin titubear.
El hombre obedeció de
inmediato, levantando las manos, ahora sí visiblemente aterrado.
—S-sí… tranquilo… me rindo…
El miedo le empapaba la voz. Pero
el joven no bajó el arma. Disparó. Cuatro veces. Los tiros fueron directos a
las extremidades. Precisión quirúrgica. Las balas destrozaron manos y piernas,
dejándolo inmóvil, retorciéndose en el suelo, atrapado en su propio dolor. El
silencio volvió a imponerse. Ysriel apenas podía procesarlo. El joven guardó el
arma con calma y se acercó a ella.
—Ya pasó —dijo con voz firme,
pero tranquila.
Fue entonces cuando ella lo
reconoció. El nuevo comisario. El hombre enviado desde Lima. El mismo que,
según los rumores, no solo había capturado al compañero de esos criminales…
sino que lo había ejecutado tras confirmar sus crímenes: intento de hurto y
violación. Pero lo que nadie sabía… era que todo había sido un plan. Los
“clientes” de la taberna. El propio tabernero. No eran personas reales. Eran
autómatas. Una trampa cuidadosamente diseñada para atraerlos. Ysriel había sido
la única pieza humana del escenario. La única verdad dentro de la mentira. Y
ahora todo había terminado. Horas después, los cuerpos de los atacantes fueron
expuestos como advertencia. Nadie volvería a poner a prueba a Insua. Esa noche,
el pueblo celebró. Pero el comisario no asistió. Se mantuvo apartado, como si
nada de aquello mereciera festejo. Era ese tipo de hombre. Más tarde, Ysriel
fue a verlo. Para darle las gracias, unas de verdad. No como testigo. Ni como
sobreviviente. Sino como alguien que necesitaba decir algo más. Cuando entró,
no hubo palabras al inicio. Solo silencio. Miradas. Todo lo vivido aún estaba
demasiado reciente. Demasiado intenso. Se acercó. Y esta vez no hubo distancia
entre ellos. El beso llegó sin aviso. Fuerte. Directo. Cargado de todo lo que
no habían dicho. De la tensión. Del peligro. De haber sobrevivido. Él la
sostuvo con firmeza, pero sin violencia. Ella respondió sin reservas, dejando
atrás el miedo, el dolor… todo. No fue solo deseo. Fue una necesidad
compartida. Un instante robado en medio del caos. Y cuando finalmente el mundo
volvió a existir alrededor de ellos, el silencio regresó. El comisario la
observó unos segundos. Sereno. Como si nada pudiera alterarlo.
—Un día más de trabajo.

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