Por amor
Era un día especialmente caluroso y Arrus probaba una cerveza de sabor muy amargo y desagradable para su gusto, en el bar de mala muerte, el ojo del tuerto. Un nombre más que apropiado según él, para un sitio en donde se solían reunir ladrones y asesinos de la peor calaña. A los que, de tener la misión de capturar, vivos o muertos, como el cruzado que era, ya les hubiera puesto el pie sobre el cuello a varios de ellos, pero no estaba ahí para eso. No, la presa que buscaba era mucho más grande e importante que un grupo de malhechores pertenecientes sin duda al gremio de forajidos, acorde a la información que le fue entregada por las susurrantes del gremio de templarios, siendo esa la razón por la que se encontraba en ese establecimiento de segunda, soportando la peste de aquella pocilga que olía a orines frescos, con hediondas paredes llenas de moho y una iluminación tan mala que, si uno no tenía cuidado, podía llegar a tropezar hacia una trampa mortal, por obra de roba tótems, antes de que siquiera llegara a sentarse en una de aquellas sillas, carcomidas por termitas, a esperar a que los hijos (entre hermanos y hermanas, todos igual de feos) del tabernero le atendieran, apoyando los brazos sobre las sucias, melosas y pegajosas mesas. Y, gracias a que le pidió mentalmente a su tótem, Hércules, que le amplificara el sentido del oído, se puso a escuchar los comentarios de algunos de los clientes de aquel sucio y deplorable lugar, sentados en sus respectivas mesas, hablando de diferentes temas, como de deportes, a la espera de su objetivo:
—Oye, ¿fuiste a ver la pelea en el coliseo? ¡Fue una total masacre!
Eso era cierto, había visto la batalla entre los gladiadores pertenecientes también al gremio de templarios contra las quimeras creadas por los alquimistas del gremio de sabios, gracias a que entró a Avalon, al querer ver con sus propios ojos el choque de fuerza y poder entre ambos grupos de gremios opuestos, observando como las pobres eran masacradas por los rudos guerreros, en muchos de los juegos de la arena de batalla, no sin que las mismas lograran también alguna que otra baja contra los agresivos guerreros llenos de tatuajes brillantes y simbólicos. En otra, unos hablaban de política:
—No entiendo porque estamos teniendo tantos problemas con la comida y el agua. Es decir, se supone que Última es autosuficiente, ¿no?
Eso era cierto, pero lo que aquel tonto personaje olvidaba o ignoraba era que, la energía mágica que la ciudad necesitaba para funcionar y crear los sustentos básicos, venía de las minas de cristales electros, y para obtener dichos cristales, eran necesario mucha mano de obra proveniente de autómatas mineros, que no eran ni baratos de obtener y menos de mantener en funcionamiento por más mantenimiento que se les hiciera a dichos seres metálicos, con conciencia de colmena, por parte de los ingenieros miembros del gremio de proveedores. Y en una muy apartada, algunos de religión:
—¡Al diablo con los altos y bajos dioses! Ni él forjador ni los viajeros me han ayudado nunca a salir adelante en la puta vida que llevo.
Arrus bufó pensando que ese hombre podía ser todo lo atrevido y blasfemo que quisiera, pero nunca se atrevería a serlo frente a uno de los templos dedicados a los dioses, ubicados en el centro de cada distrito de Última, y menos ante los sacerdotes del gremio de monjes. A no ser que quisiera pasar un buen tiempo entre los barrotes del mismo templo del distrito para luego ir a reeducación, una experiencia tan dolorosa que no se la desearía ni a su peor enemigo. Y hablando de enemigos, su blanco ya había llegado al bar, y no solo. Sino en compañía de alguien más, un aventurero miembro del gremio de arqueólogos, mientras que el otro era un ladrón del gremio de forajidos, por lo que podía deducir, acorde los aretes que llevaban cada uno en la oreja izquierda, con el del invitado teniendo la forma de un pequeño globo terráqueo, y el de su blanco la de una pequeña daga, sirviendo como símbolo de la profesión y del gremio al que pertenecían aquellos hombres, así que se puso a escucharlos con mucha atención.
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—¿De entre todos los bares, porque aquí? —preguntó Burnlee, un hombre al que claramente le desagradaba el ambiente, pese a pertenecer al gremio de forajidos.
—¿Por qué no? Es un lugar discreto y poco conocido. —respondió Paitli al que le era indiferente el ambiente y solo se fijada en lo práctico, miembro del gremio de arqueólogos— Además, fuiste tú el que me sugirió reunirnos en un sitio apartado.
—Pero nunca pensé en un sitio tan asqueroso como este, Paitli. Es decir, ¿no podría haber sido en un lugar en donde, en vez de ratas, fueran gatos los que se subieran a las mesas? Tú sabes lo mucho que detesto esta cloaca que huele a cloaca.
—Carajo, ya deja de quejarte como una puta de alta cuna, ¿quieres? Ahora, escucha: el alquimista del gremio de sabios vendrá dentro de poco y, si queremos que nos entregue la medicina, tenemos que cumplir con nuestra parte del trato y darle lo acordado. ¿Tienes el dinero?
—Aquí lo tengo. —materializo una pequeña, pero muy abultada bolsa de cuero— 300 doblones de oro.
—¿Has olvidado donde estamos? Guarda eso idiota y no lo vuelvas a sacar hasta que yo te lo diga. Ahora esperamos.
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Interesante, pensó Arrus. La misión que fue anunciada por las susurrantes del gremio de templarios consistía en capturar, vivo o muerto, a un ladrón fugitivo de nombre Burnlee, cuyo crimen había sido el de apropiarse de 300 doblones de oro destinados al mantenimiento de los autómatas de la guardia del distrito 8, cuyo jefe de técnicos, encargados de dicho manteamiento, personalmente, al ser todos parte del mismo gremio, soltó una jugosa recompensa para quien le trajera al responsable de ofender de forma tan grave a los encargados de mantener en funcionamiento a quienes sirven y protegen a todos los ciudadanos de uno de los 12 distritos de Última, lo que lo llevó a ese sitio tan asqueroso. Sin tener la necesidad de buscar, ni preguntar ni seguir multitud de pistas gracias al hombre que lo contrato para una misión que, por coincidencia o por aseres del destino, resulto ser precisamente la misma que había sido anunciada por las susurrantes del gremio, con su contratista e informante indicándole todo sobre la reunión que se llevaría a cabo en aquella cloaca llena de mierda, pero nada sobre una medicina para… ¿qué? ¿algún tipo de mal o enfermedad que requería de un elixir muy potente? Sea lo que sea, eso llamó su atención y por eso decidió esperar un poco antes de actuar.
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Tanto Burnlee como Paitli pidieron algo para comer y beber, pero apenas probaron bocado. No por falta de apetito, sino porque la carne se veía muy sanguinolenta y el arroz poco cocinado, en resumen, era poco apetecible así que conversaron de cosas sin importancia hasta que por fin llegó el hombre que tanto estaban esperando: Zurgru, un anciano ligeramente encorvado; y uno de los alquimistas más importantes del gremio de sabios, en cuya oreja izquierda resaltaba el arete con el símbolo del gremio: una pócima. Quien al verlos fue directamente a la mesa en donde estaban y se sentó sin más presentación.
—Llega tarde. —le reprendió Paitli.
—Lo lamento, pero soy viejo y este lugar es difícil de encontrar.
—¿Tiene lo acordado? —preguntó Burnlee expectante.
—¿Trajeron el pago? —Burnlee miró a Paitli y él le dio un gesto afirmativo, volvió a materializar la bolsa sobre la mesa—. ¿Les molesto si lo cuento primero?
—No, pero hágalo rápido. —respondió Paitli antes de que se vieran rodeados por 3 individuos que a todas luces eran o ladrones o asesinos del mismo gremio de forajidos—. ¿Y ustedes que quieren?
—Que compartan su buena fortuna con nosotros. —respondió el que parecía ser el jefe de los tres— Verán los hemos estado escuchando, y no dejaban de hablar sobre una pócima mágica, y al ver la buena cantidad de oro que han dado por ella significa solo una cosa: que es muy valiosa, una de un valor tan grande que, comparándola con 300 doblones de oro, vale más que eso, incluso más que 600 doblones de diamante.
—Pues te equivocas, mi amigo. —respondió Paitli con toda la firmeza y fuerza que podía ejercer esperando que de esa manera pudiera alejar a esos forajidos— Vale mucho más que eso, pero el porqué y el cómo la obtuvimos aun precio tan bajo, no es una historia adecuada para gente como tú y los tuyos, ahora por favor, déjanos en paz.
—¿O que, pequeño pedazo de mierda? —respondió el líder agarrando a Paitli para luego alzarlo—. Voy a matarte si no…
—Inténtalo… —Paitli, con gran fuerza, le retorció la mano para que le soltara, doblándolo con todo y brazo, dándole un puntapié al líder que cayó sobre una mesa cercana donde unos clientes juagaban a las cartas cuyo impacto fue tan fuerte que volcó el mueble, terminando por caer al suelo sobre un charco de orines hediondos. Los otros dos trataron de intervenir, pero Burnlee le tiró a uno su cerveza en la cara cuyo liquido le daño los ojos y con la taza vacía le golpeó en los genitales al otro que se inclinó lo suficiente para que le propinara otro golpe, esta vez en la nuca, causando que perdiera el sentido— …ahora vámonos.
Iban a irse. Se dirigieron a la puerta, tras recoger lo que les pertenecía, cuando de repente se vieron rodeados prácticamente por todos los clientes de la taberna al pensar, como aquellos 3, que lo que tenían entre las manos era algo realmente valioso y por eso no los dejarían ir, no sin antes apropiarse de aquella pócima mágica y del dinero del viejo alquimista como bonus. En eso, de repente, un encapuchado salió de entre quienes les rodeaban, se les acercó y, para la sorpresa de los tres, les dio la espalda poniéndose contra los demás, lo cual significaba solo una cosa: estaba de parte de ellos. ¿Pero por qué? Se preguntó Paitli y la respuesta le llegó cuando aquella persona se quitó la capucha desmaterializándola y se reveló como un joven en cuya oreja izquierda tenía un arete con la imagen de una prominente espada. Lo que significaba que estaban ante un cruzado del gremio de templarios. ¿Qué hacía ahí y por qué los estaba ayudando? Paitli no lo sabía, pero tal vez ahora tuvieran una oportunidad de salir vivos de esa.
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Ahora era el momento, no podía quedarse sin hacer nada. Tenía que intervenir y así lo hizo, al verlos superados 3 a 100. Era eso o no solo fallaría en su misión como cruzado del gremio de templarios, sino que también permitiría que el alquimista, quien le busco y contrato desde Avalon, para pedirle su ayuda e intervención en aquel escabroso asunto, convirtiéndose así en el informante que le había revelado todo el plan maquinado por aquellos dos personajes, muriera a manos de aquellos forajidos, al arriesgar su vida en nombre de un muy apreciado miembro del gremio de sabios (según le había le explicado, sin entrar en detalles). Por eso fue a ayudarles esperando, al pedirle mentalmente a Hércules, su tótem, que le quitara la capucha revelando lo que era en verdad, que estos se asustaran y les permitieran marcharse en paz, pero logro todo lo opuesto. Los maleantes se envalentonaron aún más y fueron a por todos ellos con las armas listas y preparadas creadas por sus propios tótems. Arrus materializó su espada bastarda al darle otra orden mental a Hércules y, al igual que Burnlee y Paitli que materializaron sus propias armas haciendo lo propio con sus respectivos tótems, se enfrentaron a una feroz lucha por la supervivencia contra los forajidos del ojo del tuerto, sin tener que preocuparse por Zurgru pues, al ser uno de los alquimistas más importantes y experimentados del gremio de sabios, y pese a dar la impresión de ser un “simple” anciano, tenía a su disposición el control de quimeras que, sacándolas de un pequeño frasco de ensayo, se materializaron de forma imponente, como gorilas mutantes, para protegerle y atacar a quienes se atrevieran a ir a por él, triturando y partiendo en múltiples pedazos al tonto que lo intentará. Pronto el local se vio bañado con la sangre y las entrañas desparramadas, como agua, de los forajidos, ante la indiferencia del cantinero. El cual, desde la seguridad de la barra, lo veía todo con una ligera sonrisa, al tener, supuso Arrus, asegurada la taberna ante ese tipo de incidentes, y muchas más. Lo que significaba que, sin proponérselo, le estaban haciendo un gran favor a ese personaje, uno que le permitiría irse de esa pocilga con el dinero entregado por el seguro del banco del gremio de proveedores dentro del templo de ese distrito a un sitio mejor. Pues bien por él, pensó Arrus, mientras mataba a varios de los forajidos, junto con sus aliados provisionales, hasta que solo quedaron ellos 4, el tabernero y sus hijos e hijas, quienes durante la batalla también se habían ocultado detrás de la barra, viéndose ahora rodeados por cadáveres, y Arrus para estar seguro que no volverían a levantarse le ordenó a Hércules que amplificara sus ojos, lo hizo y gracias a eso, al poder ver lo oculto, pudo ver que ningún tótem estaba presente entre los caídos, salvo con dos tótems que estaban en rojo, lo que significa que el estado de sus dueños era crítico, pero pronto dejaron de sufrir al expirar, causando la desaparición de sus respectivos tótems. Miró un momento, con sus ojos amplificados, al tabernero y a sus hijos, para ver si estaban bien, y así era, salvo que sus tótems estaban de amarillo, posiblemente por consumir la horrible y desagradable comida y bebida que preparaba el terrible cocinero bajo sus servicios. Por último, y no menos importante, miró a Zurgru y a los dos responsables de la masacre, y se alegró al ver que estaban en perfectas condiciones, sus tótems estaban tan verdes como las hojas de un árbol campestre, lo cual era muy buena señal. Así podría someterlo y llevarlos consigo. Uno de ellos, Paitli, se le acercó.
—Gracias por su ayud… —Arrus, sin darle tiempo para terminar le apuntó con el trabuco de triple cañón que también materializó para la contienda y que usó para despedazar a varios de los forajidos.
—No me des las gracias, estoy aquí para cazar a su compañero Burnlee, que está ahí, por robar 300 doblones de oro y por lo que veo, usted es su cómplice.
—No, espere por favor. —levantó las manos— No es lo que usted piensa.
—¿En serio no lo es? —preguntó Zurgru que caminó hacia ellos sin ningún tipo de vergüenza—. Cuando vinieron a mí, en busca de ayuda, y me ofrecieron todo ese oro, a cambio de que les prepara una medicina para curar a una de las mejores hechiceras de mi gremio, desde el principio tuve mis sospechas, y por eso contraté a este joven del gremio de templarios.
—¡¿Nos traicionaste!? —le acusó Burnlee mirándole con ganas de atacarle—. Pese a todo lo que...
—¿Traccionarlos? Desde el principio nunca pensé en ayudarles.
—¡Pero se trata de nuestra hermana maldito infeliz, no podíamos…!
—Cálmense. —pidió Arrus tratando de entender la situación— Explíquenme que está pasando acá.
—Yo le diré lo que pasa. —dijo Zurgru sin pelos en la lengua— Todo se trata de una de las mejores hechiceras del gremio de sabios, Siala. —Arrus, al escuchar ese nombre, sintió como le volvían viejos recuerdos de una niñes ya casi olvidada, donde los juegos y risas de la niñes eran destrozadas por la crudeza del mundo adulto—. La pobre, por desgracia, se ha contagiado de peste gris ¿sabe lo que es y lo que significa? —no tenía ni que preguntarlo: sabía muy bien que esa enfermedad causaba manchas grises en la piel y una horrible toz con sangre provocando la muerte del afligido por hemorragia—. Muchos de los sanadores de mi gremio ya la dieron por desahuciada, y aun así hay muchos, como yo, que no pierden la fe en que lograremos salvarla. Ahora, ¿dónde entran estos dos? Ellos, comparten un vínculo muy especial con Siala, y sabiendo del estado en el que se encontraba, vinieron a mi para convencerme de usar todos mis conocimientos, a cambio de un buen pago, para que prepare una pócima mágica para así salvarle la vida. ¡Por el forjador! ¡Como si no lo hubiera intentado en más de una ocasión! Pero lo que me hizo sospechar es que Siala les hizo jurar a ambos, y ellos se lo prometieron: de mantenerse totalmente al margen de este asunto. Al tratarse de un problema suyo y del gremio de sabios que nos correspondía solucionar, y a ellos no, por eso se mantuvieron al margen, y este repentino cambio de aptitud, no era propio de gente así, lo que significaba uno sola cosa: estos dos, Paitli y Burnlee, no eran los verdaderos hermanos de juramento de Siala. Sino un par de ladrones y oportunistas, malintencionados.
—¡¿Oportunistas malintencionados?! ¡Maldito embustero! ¡Como te atreviste a engañarnos! —Burnlee ya había tenido suficiente. Cargó contra Zurgru, pero el alquimista fue defendido por sus quimeras que, con un simple movimiento de sus brazos, mandaron al ladrón a volar contra la pared más cercana, causándole tanto daño que no volvió a levantarse. Paitli por su parte miró al alquimista con todo el odio del mundo, aun así, no se atrevió a atacar a Zurgru, solo fue a ver como estaba su hermano falso de armas.
—Tenga. —Zurgru materializó, tras sacar otra botella de ensayo absorbiendo a las bestias, la pócima y se lo entregó, cosa que le extrañó y el alquimista se dio cuenta— Este es su pago, un poderoso elixir contra toda enfermedad. Úselo bien
El alquimista se fue y, al salir, entraron a trote un batallón de 40 autómatas que eran humanoides formados con resplandecientes cuerpos plateados, con una cara tipo mascara, de cuyos ojos, como de sus extremidades y de más partes corporales, se podía apreciar que sobresalía una especie se fuerza multicolor que mantenía junto a todo el cuerpo y que era manejada por los 4 guardias ahí presentes, quienes les dieron la orden de rodear tanto a Paitli como a Burnlee con sus alabardas bien afiladas y listas para atacarles de intentar cualquier cosa.
—En nombre del rey del distrito 8 y por la solemnidad del emperador de toda Última, están los dos arrestados. —dijo el que era el capitán de aquella escuadra de guardias, los únicos con un rostro real. Los apresaron y se los llevaron, ignorando todo intento de justificación de parte de ellos, asegurándoles que tendría un juicio imparcial en compañía de un defensor otorgado por el gremio de organizadores, no sin que antes el líder de aquel grupo de hombres y autómatas se le acercara, con una bolsa de cuero bien llena—. Aquí tiene el pago convenido, 300 doblones de oro, el gremio sabe recompensar a quienes le sirven bien.
El capitán, un hombre de cara tosca, se fue y Arrus también, tras hacer que Hércules absorbiera la bolsa y la almacenara dentro de su finito ser. No había sido un mal día, pero aquellos dos hombres, Paitli y Burnlee, de haber sido los auténticos, muy probablemente hubieran realizado dichas acciones motivados por el amor y la desesperación hacia un ser querido, lo que le hizo pensar, ¿él no hubiera hecho lo mismo de haber estado en la misma situación? ¿Más al tratarse de uno de los auténticos hermanos de juramento de Siala? De ser ese el caso, pensó que lo mejor sería seguir a Zurgru para aclarar sus dudas y que ese dinero le serviría para ayudar a un ser querido que sin duda lo necesitaba más que él.
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Última se dividía en 12 distritos, y los mismos se dividían en dos barrios claramente diferencias el uno con el otro, el alto, donde vivía la nobleza en un ambiente más que impecable, con arroyos y una hermosa vegetación, y el bajo, donde sobrevivía la plebe, en cuyas calles, algunas más sucias que otras, llenas de basura y desperdicios humanos, había dos casas, cada una al lado de una central, cuyas familias las abandonaron, debido a que la dueña de la central estaba enferma de peste gris, y como no querían contagiarse se fueron, mientras que los sanadores del gremio de sabios ponían en cuarentena aquella residencia de dos pisos, con ayuda de algunos guardias del gremio de templarios, e intentaban curar a la paciente pidiéndole que hiciera tangible su tótem para poder manipularlo y de esa manera tratar de sanarle el cuerpo, un proceso delicado y que solo ellos podían realizar. Pero que no evito que Siala siguiera ardiendo en fiebre dentro de su hogar, en un ambiente cargado y viciado, dentro de una de las habitaciones del segundo piso, encontrándose sin fuerzas por culpa de la temible peste gris. Sabiendo que al morir la quemarían junto a su hogar para eliminar cualquier rastro de contaminación posible. Pero nada de eso le importaba ahora, solo esperaba poder pasar sus últimos momentos en paz, recordando los buenos y malos momentos de su vida. Y eso era justo lo que le estaba ocurriendo:
Como la vez en que, junto con algunos sabios como ella y algunos templarios, llevaron a un monstruoso hipocampo salvaje por las calles de un distrito, hacia el templo de aquel distrito, para su posterior disección y estudio, con ella arrastrándolo sin ningún tipo de problema y sin la ayuda de nadie, al ser extremadamente fuerte, razón por la que un niño tal vez por tonto o por cobarde o por ambas le lanzó una piedra y ella, sin titubear, además de pararla con la mano, romperla y mirar al crio con enojo, fue a resondrarlo.
—Sabia, por favor, mi hijo no… —quiso detenerla la madre del chico, pero ella la apartó de un empujón, agarró al niño y lo alzó.
—¿Tienes un problema conmigo mocoso? —el niño estaba tan asustado que no podía responder—. ¡¿Te pregunte si tienes algún problema conmigo?! —lo zarandeó—. ¿No? Pues ven acá. —lo arrastró del cabello y le obligó a poner la cara muy cerca de las fauces del hipocampo muerto— ¿Qué es esta criatura? ¡¿Te pregunte que es esta criatura?! ¡¿Qué?! ¿No puedes responder? Pues yo te lo diré: es un monstruo mutante que entró por las alcantarillas de la ciudad matado a varios trabajadores de entre los cuales podrían estar tu padre o tío o tu abuelo o algún familiar o conocido que aprecies, así que la próxima vez que arrojes piedras, arrójalas a aquellos que te atacan y no a quienes te defienden, ¡¿entendiste, niño idiota?! ¡Hora lárgate de aquí, antes de que te detenga por interferir con mi deber y con el deber de mis compañeros!
Soltó al niño y sonrió al ver como el mocoso llorón fue hacia su madre y esta, lejos de consolarle, le dio una reverenda bofetada por lo que hizo, dándole la orden de entrar en casa, y ella, sintiéndose satisfecha, siguió su camino, al lado de sus compañeros, sabios y templarios, quienes no le dijeron nada, sin aprobar ni desaprobar, lo que hizo, salvo uno que, medio en serio, medio en broma le pregunto:
—¿Por qué además no le marcaste la cara para que siempre te tenga presente?
Ella solo sonrió.
Y seguía sonriendo mientras más recuerdos le venían a la mente, sin poder olvidar la vez en que conoció a quienes se convertirían en sus hermanos de juramento, tras matar a ese alquimista renegado expulsado del gremio de sabios:
Ahí estaba ella, entre varios otros en una celda, sus padres, unos empobrecidos campesinos del gremio de proveedores, la vendieron por un miserable monto de 400 doblones de hierro a un alquimista que, aseguraba que buscaba un aprendiz, cuando en realidad lo que buscaba era a conejillos de indias para sus experimentos clandestinos, inyectándoles tanto a ellas como al resto de prisioneros, un elixir experimental que los hacían gritar de dolor, con sus venas hinchándose, bien sujetos a una plataforma donde les sujetaba las extremidades y la cabeza, sintiendo el cuerpo entre barras al rojo vivo.
Muchos morían por el dolor o perdían la razón, pero un día por fin dicha sustancia la volvió muy fuerte, resistente y ágil. ¿Cómo se dio cuenta? A los que sobrevivían a la inyección de la sustancia se les hacia una prueba de fuerza que consistía en romper una barra de hierro con las manos desnudas frente al alquimista, ¿y como ella lo consiguió sin que el alquimista lo hiciera? Solo se negó, se negó y se negó, hasta que el alquimista monto en colera y agarró la barra y comenzó a golpearla. Ella lo soportó, no sin que al final sujetara la barra de hierro y el alquimista la mandara ya hartó de ella a la celda, sin importarle que se llevará la barra de hierro con ella en donde, en privado y sin que nadie la viera, la deformó sin esfuerzo alguno, pensando en el cuello del alquimista mientras lo hacía. Aquello la llenó de alegría, pero fue lo suficientemente prudente para no mostrar dichas habilidades ante el alquimista, pues sabía que, si lo hacía, el alquimista la convertiría en su nueva mascota, justo lo que buscaba conseguir con aquellos horribles experimentos. Y no fue fácil, el alquimista los tenía bien vigilados usando piedras con formas de ojos que, por medio de la magia, además de flotar, le mandaban lo observados por los mismos a los espejos de su sala, según les explicó el alquimista como advertencia para desalentar cualquier intento de fuga, en donde estaba el alquimista trabajando sin descanso en sus experimentos prohibidos en compañía de un par de quimeras humanoides, que siempre le acompañaban a todos lados para servirle y protegerle, sin imaginar lo que ella le tenía preparado, tras perderle todo el miedo. Hasta que un día, cuando llegó el momento de volverla a inyectar una vez más con el elixir, al fingir que estaba débil y cansada, el alquimista bajo la guardia, lo suficiente como para, con las dos quimeras sujetándola y arrastrándola por todo el camino, ser incapaz de prever que ella, se libraría de dichas bestias para atacarlo por la espalda y sacarle el corazón con la mano desnuda, que entró desde los omoplatos y salió por el pecho del alquimista, con la única intención de aplastarle el órgano, logrando con eso no solo matarle, sino también liberar al laboratorio clandestino del control del alquimista, al igual que a sus criaturas que se mantuvieron quietas y sin hacer nada, desapareciendo en la oscuridad.
Busco sobrevivientes y los encontró: Arrus y Foel, quienes habían desarrollado y ocultado también sus propias habilidades al saber lo que les esperaría de demostrarlas. Uno con capacidades regenerativas asombrosas y el otro con grandes habilidades psíquicas; es más, había sido el mismo Foel el que desarrolló toda la estratagema al comunicarse telepáticamente con ambos; y así, mientras Arrus distraía al alquimista y a las quimeras, Siala logró sorprender y actuar contra sus captores. Logrando escapar, junto con ella, de esa prisión, hacia la libertad, en cuanto a los demás, no había nada que se pudiera hacer por ellos, o estaban moribundos o locos.
Caminaron y caminaron, por lo que parecían ser pasillos interminables de un laberinto sin fin, hasta que por fin salieron al exterior, y para su sorpresa se encontraban en el distrito 4 de Última, dentro del sótano de una casa abandonada del barrio bajo. Y sin pensarlo demasiado fueron al templo del distrito para avisar a la guardia de lo acontecido, ¿qué más podían hacer? Y aunque al principio no les creyeron, cuando Siala les monstro su super fuerza, al levantar por si sola un sofá para tres personas, además de estar convencidos, fueron con más de 100 autómatas armados hasta los dientes para estar preparados para todo.
Intervinieron el edifico abandonado, bajaron por el sótano al laboratorio secreto y al ver los horrores que hizo el alquimista clausuraron toda la zona durante varios meses en las que se hicieron varias investigaciones sobre el asunto tratando de responder dos grandes interrogantes: ¿quién era el alquimista y cuál era su objetivo? Cuyas respuestas no tardaron en llegar: nada más que un alquimista expulsado del gremio de sabios por practicar artes prohibidas, cuyo objetivo era crear armas vivientes para vender en los bajos fondos de Última. En cuanto a ellos, durante los meses en que duro la investigación, los trataron muy bien y se les ofreció la oportunidad de volver con sus familias, pero ni ella ni ellos, cuyas historias era muy similares a la suya, querían eso, pues volverían a ser vendidos, así que, al forjar un pacto de hermandad entre los tres, tanto Arrus y Foel, decidieron unirse a diferentes gremios acorde a sus habilidades, y ella sin dudarlo se unió al gremio de sabios, al querer comprender los límites de sus nuevas habilidades, cuyos líderes nobles, en especial Zurgru, la aceptaron con los brazos abiertos, sin pensárselo dos veces.
Aun recordaba lo orgullosa que se sintió cuando le entregaron su arete desde el mismísimo Avalon y con ello toda la indumentaria que le correspondía como hechicera del gremio de sabios, viéndose así misma aquel día, uno tan bello y glorioso para ella:
Se veía de pie como toda una guerrera mágica imponente poseyendo una figura atlética y bien proporcionada, con una postura que exudaba confianza y determinación. En todo un conjunto que resaltaba su belleza natural, como también lo practica que era en el combate.
Aquel recuerdo la hizo feliz, y no fue el único. De repente se vio de niña, junto con un grupo de niños que no le querían dejar con ella, ¿la razón? Ya lo había olvidado, pero lo que si recordaba era a otro niño que además de defenderla, peleo en su nombre con el líder del grupo hasta obligarle a permitirle jugar con ellos… tampoco podía recodarlo… solo recodaba su rostro… uno muy hermoso… de ahí ya no podía recordar más… ¿eso significaba que se estaba muriendo? De repente escucho un sonido, alguien había entrado a la casa… ¿Quién serie?... Tal vez Zurgru, junto a otro sanador que trajo consigo en un intento vano por salvarle del problema en el que ella misma se metió, al creer que podía… escuchaba voces abajo… al parecer abajo estaban discutiendo… ahora reinaba el silencio… sea lo que fuera el motivo del debate, este ya se había solucionado… tal vez habían decidido por fin dejarla en manos de los altos y bajos dioses… y sin embargo escuchaba unos pasos subir por la escalera… hasta detenerse en la puerta de su habitación… alguien le tocó la puerta… estaba tan cansada y dolida que no pudo responder… vio la puerta abrirse y, ante sus ojos, al niño que la defendió en el umbral de la puerta… no, eso era imposible… ¿Acaso, Vallhal, una de las 3 esposas del forjador, le estaban jugando una broma?… Parpadeó… en vez del niño, vio a la versión adulta del niño caminando hacia ella… él ahora hombre materializo una pócima y con delicadeza se la hizo tragar.
—Bébelo, bébelo todo. —le pidió con una voz amable y gentil, arrodillado a su lado y sujetándole la cabeza— De esta forma te curaras.
—¿Quién…? —trato de decir, al sentirse mucho mejor, tras beber todo el líquido del frasco—. ¿Quién eres?
—Un amigo. —dijo para luego desbloquear y abrir las ventanas de la habitación para que el aire y el sol llenaran y purificaran el ambiente viciado—. Ahora descansa, y no trates de hablar. Necesitas estar quieta para poder recobrar fuerzas.
Agarró la silla del escritorio que estaba contra la pared y se sentó junto a ella para luego cubrirle los ojos como lo haría un ser amado con otro.
—Descansa.
Y lo hizo, plácidamente, al sentirse a salvo junto a ese hombre, porque ahora recordaba por fin su nombre: Arrus, su hermano de juramento, que una vez más le salvaba la vida.
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Los dos forajidos, que se hacían pasar por Arrus y Foel, se encontraban encerrados dentro de las catacumbas que estaban debajo del templo del distrito 8. Un lugar tétrico, oscuro y frio donde los presos recorrían infinitos laberintos en busca de una salida, inexistente, a la espera de su sentencia. Una que, acorde al crimen cometido, podía ser de por vida, durar una cierta cantidad de años o, en el peor de los casos, terminar en el exilio al exterior, en donde el criminal, bajo la marca del andante, tras darle lo más básico para que sobreviviera, era dejado a su suerte a las afueras de los muros de Última, luchando por el resto de su vida contra las terribles criaturas del mundo exterior. Un destino tan horrible que muchos preferían la muerte antes que eso, y eso era lo que les esperaba a dichos forajidos, quienes, tras ser llevados al templo, bajo la custodia de los guardias, fueron arrojados sin medir palabra al laberinto, por medio de un portal abierto gracias a la activación de cuatro anclajes que, rodeando a ambos forajidos en medio de una plataforma circular, crearon, tras la activación del mecanismo mágico de los pilares rocosos, una esfera multiforme que engullo a ambos forajidos, dejándolos caer en el laberinto, sin posibilidad alguna de ingresar a Avalon por medio de sus tótems, por culpa de la magia ancestral de la mazmorra, viéndose en la necesidad de unirse a uno de los muchos clanes de reos de la prisión laberíntica para poder sobrevivir a manos de otros criminales como ellos, de su mismo y de diferentes gremios, que, sin pensarlo dos veces, les abrirían las gargantas para robarles lo poco que les quedaba y que les permitieron conservar, mientras se culpaban mutuamente por lo ocurrido en el ojo del tuerto.
—¡Todo esto es tu culpa!
—¡No, es la tuya! ¡Maldito imbécil de mierda!
Y así seguían, matando por necesidad o por encargo; bajo las órdenes del jefe de uno de los clanes de la mazmorra prisión, sabiendo que en ese ambiente los lobos solitarios no duraban ni un día. Dejándolos solo con una única pregunta en la mente de cada uno:
—¿Y ahora qué estúpido?
En aquel ambiente, lleno de bestias peligrosas y donde el tiempo trascurría de forma distinta, no había escape posible: esperar su juicio, como todos los reos del clan, era lo único que podían hacer. Y esperaron, por varios días, alimentándose de los animales menos peligrosos que pudieron cazar en sus incursiones a lo largo del laberinto por órdenes del jefe del clan, comiendo incluso la carne de otros reos, hasta saciarse. Los carceleros, encargados de la prisión laberíntica, del gremio de organizadores, no daban comida, el prisionero debía de encontrar la comida por su cuenta en ese ambiente desesperanzador. Así de dura era la vida en las mazmorras carceleras de los templos. Reservadas para aquellos que cometieron los delitos más serios, como: usar magia prohibida, alta traición al gremio, profanación de templos, asesinato de nobles, pacto con entidades demoniacas, creación de criaturas antinaturales, uso ilegal de tecnología ancestral, entre otros. Y el de ellos había sido: robo agravado contra el gremio de los templarios e intento de asesinato de uno de los líderes del gremio de sabios, ambas acusaciones series y ciertas, y cuya veracidad pudo ser demostrada gracias a los interrogadores de gremio de organizadores. Al solo tener que introducirse en sus mentes, romper sus defensas mentales y ver sus recuerdos, gracias a sus tótems que les otorgaban la capacidad de leer la mente de aquellos, a cuyos tótems, invadían con los suyos, pasando por varias capas, fusionándose, pero siendo los de los interrogadores, el que tomaba el control para saberlo todo de aquel al que interrogaba, como era el caso de eso dos que, al verse contra la espada y la pared, no pudieron hacer otra cosa más que aceptar ser arrojados ese endemoniado lugar, a la espera de su juicio. Paso el tiempo, y su único entretenimiento eran las pocas mujeres que lograban capturar de otros clanes, a las que ultrajaban por placer. Hasta que finalmente aparecido un portal frente a ellos, durante una de sus incursiones. Al verlo se llenaron de expectación, al saber que al ingresar saldrían de las mazmorras para compadecer ante un tribunal, cuyo juez del gremio de organizadores les dictaría la sentencia que les aguardaba según la falta que habían cometido, tras ser representados por el defensor designado a ellos; pero, en vez de eso, por medio del mismo, ingresó a la mazmorra una joven que le hizo sonreír al pensar que estaban ante una nueva reclusa que, para su desgracia y para su diversión, fue arrojada precisamente enfrente de ellos.
—Hola, preciosa. ¿Quieres divertirte? —quiso saber uno de ellos, sonriéndole con lujuria, a lo que la joven le respondió dándole un puñetazo en la nariz, rompiéndole la trompa y tirándolo al suelo. A lo que el otro trató de responder, pero la mujer de una sola patada lo tiró al suelo, dejándolo sin aliento—. ¿Quién… quién eres?
La joven se arrodilló a su lado y le dijo:
—Soy tu hermana maldito hijo de puta y tengo muchas preguntas para ti.
***
***
***
Sin prisas ni apuros o vergüenza, sonriendo con picardía y atrevimiento: Foel, un joven ladrón del gremio de forajidos, caminaba por las calles del distrito 3 en dirección hacia una gran torre, cuya cima era tan alta que era difícil de ver debido al sol y las nubes, no siendo otra más que el mismísimo templo del distrito. Una edificación usada como sede de reuniones para miembros de diferentes gremios, cárcel para criminales peligrosos, pero sobre todo como un lugar sagrado a donde la gente iba a esparcir las cenizas de sus familiares fallecidos, una vez cremados los cuerpos, tras la sagrada ceremonia de la Cremación del Recuerdo, tal y como estaba anunciado en las sagradas leyes del Códice del Forjador escrito por el primer profeta de Última. Teniendo cada distrito la suya propia, y sirviendo también como señal divisoria entre los barrios altos de la nobleza y los barrios bajos de la plebe.
Entró sin ningún problema, al ser un lugar de libre acceso, y paso por varios corredores hasta llegar a una amplia sala en donde había, alrededor de la misma, varios asientos amueblados, para que los afligidos pudieran sentarse y meditar, antes de que uno de ellos entrara en el gran portal mágico, que se le abriría en el centro de la sala, ante la vista de todos, el cual se encargaría de conducirle hasta lo alto de la torre para que pudiera esparcir las cenizas del familiar difunto, no sin antes rezarle a los dioses, tanto a los altos como a los bajos, por una nueva y mejor vida para el difunto en su próxima reencarnación. Allí los encontró, uno al lado del otro, con una urna funeraria entre ellos. Siala meditaba y Arrus la tomaba de la mano para animarla de alguna forma, al verla triste. Sabía que era mejor no interrumpir, pero también sabía que lo habían llamado por una razón, una muy importante, así que se les acerco, sin más rodeos.
—Hola, chicos. —dijo, excusándose con una de sus mejores sonrisas—. ¿Cómo han estado? Yo…
Siala sin más se levantó, claramente molesta, y le abofeteo.
—¡En que estabas pensando! —le gritó toda furiosa—. ¿Cómo se te ocurrió decirles a tus compañeros de mi estado? ¿Qué no te das cuenta de lo que causaste? —señaló la urna funeraria—. Un miembro inocente del gremio de arqueólogos fue asesinado, todo para que esos dos forajidos aparentaras ser ustedes dos, y…
—Y tuvimos que buscar su cuerpo por horas en las alcantarillas. —terminó Arrus al ver que Siala no podía terminar la frase por pena y vergüenza— Con mierda hasta el cuello, todo para darle un final di…
—¿Y qué quieren? —Foel adoptó de pronto un tono muy serio—. ¿O, mejor dicho, que esperan ambos? ¿Una especia de compensación? En ese caso la esperaran por siempre. Déjenme decirles algo: siempre ha habido y siempre habrá roses, enfrentamientos y asesinatos entre miembros de diferentes gremios. Eso jamás se acabará, y lo único que evita que haya una guerra entre nosotros, no son ni el emperador y menos los reyes que gobiernan a nuestros gremios, sino el de aceptar que cada bando actúa acorde a sus propios intereses, sin buscar ningún tipo de ajuste de cuentas. Y eso se aplica a todos los ciudadanos de Última que están obligados a unirse a un gremio a menos que quieran ser unos malditos indigentes. Además, tú, Arrus, mataste a varios de mis compañeros durante la pelea dentro de esa taberna, algunos de ellos eran amigos míos, ¿me vez a mi pidiéndote alguna compensación? Por último, déjenme decirles algo sobre el inocente arqueólogo que están honrando: este era un cliente habitual de burdeles clandestinos, aquellos donde los clientes pueden pedir placeres ilegales, ¿y saben lo que siempre pedía? Niñas menores de 5 años, así es, tal y como han escuchado, todas drogadas y llevadas a la fuerza para satisfacer las asquerosas perversiones de ese enfermo que ahora están entregando a la buena voluntad de los dioses. Y si se hubieran tomado la molestia de investigar, o haberme pedido que investigará a esta supuesta víctima de mi descuido, tal y como es la especialidad de los míos, no hubieran tenido que pasar horas empapándose en la mierda por alguien que no se lo merecía, ¿o acaso aun así lo hubieran hecho? —tanto Siala como Arrus se mostraron avergonzados y Foel sonrió—. Eso pensé.
—Lo sentimos, Foel.
—Yo, sobre todo, no debí abofetearte.
—Disculpa aceptada. Ahora díganme para que me llamaron, pero antes quiero saber, ¿cómo es que estas de pie, Siala? ¿Los sanadores del gremio de sabios dieron por fin con una cura y fuiste la primera en recibirla?
—¿Puede esperar? —pidió Siala—. Puede que haiga sido un maldito que no lo mereciera, pero como ya hice los rituales, ahora debo de esparcir sus cenizas por todo lo alto, de lo contrario estaría faltando el respeto a los dioses.
—Adelante, no tengo prisas. —contestó Foel con respeto y educación, sabiendo que aquel no era momento ni para bromas ni para ponerse prepotente— Tómate tu tiempo. Te estaré esperando aquí, junto con nuestro hermano de juramento.
—Él no es mi hermano de juramento. —explico Siala yendo a recoger la urna funeraria— Sino mi príncipe azul.
Ambos la vieron irse hacia el portal que se formó ante ella, gracias a los anclajes que estaban en medio de la sala, uno en el piso y otros en cielo raso de la amplia habitación, para luego desaparecer dentro, sin duda siendo llevada hasta arriba de la torre, en donde dejaría que las cenizas del inmerecido fueran tomadas por el viento, como símbolo ritual de despedida y bienvenida en la nueva vida que le esperaba al renacer, aunque ambos, Arrus y Foel, estaban bien seguros que Siala rezaba por todo lo contrario.
—Ella debe de tenerte en gran estima para decir eso. —comento Foel sonriente mientras la esperaban— ¿Puedo preguntarle algo? ¿Exactamente cuál fue el error que cometieron los forajidos que se hicieron pasar por nosotros? ¿Cómo fueron descubiertos?
—Por no hacer su tarea, a diferencia tuya.
—¿No nos investigaron?
—Apenas. Para empezar Siala no es una sanadora, pero es un miembro respetable del gremio de sabios, y no olvides que ella se dejó infectar por la peste gris, esperando que la fuerza y resistencia aumentada de su organismo, le dieran batalla a la enfermedad, mientras los sanadores hacían de todo para curarla, todo porque quería ayudar a combatirla.
—Todo para nada, sino me falla la memoria.
—Y como recordaras, antes de eso, nos llamó a nosotros, sus verdaderos hermanos de juramento, informándonos de sus deseos, pidiéndonos que, pasara lo que pasara, no interfiriéramos, al ser esa su decisión y que debíamos de respetarla. Y así lo hicimos, tanto tu como yo, aunque la amaba y no quería eso para ella.
—Y por eso me llamaste, pidiéndome consejo y te lo di.
—Sí, e hice lo que me sugeriste.
—¿Vaya en serio? —preguntó Foel sonriendo de oreja a oreja, al imaginar a Arrus tomando a Siala por la fuerza una y otra vez, con la intención de someterla a sus deseos, tal y como funcionaba en las novelas de romance, tan populares en la época actual—. ¿De verdad?
—Si, Foel, de verdad. Fui a su casa y al no poder conversarla con palabras, trata de usar mi sexo para hacerle cambiar de parecer.
—¿Y ella se dejó? ¿Pese a que es más fuerte?
—No tenía razones para rechazarme y, siendo sinceros, fue una experiencia grata para ambos; pero aun así ella estaba decidida. Por lo que no tuve de otra que dejarla en paz y desearle lo mejor.
—Y, no me digas, fue ahí cuando esos que están en prisión, entraron en juego, ¿no es así?
—Corrector. Este par de forajidos que, al enterase de la situación de Siala, porque alguien hablo de más —Foel no pudo evitar sonreír y alzar los hombros junto con los brazos—, buscaron como sacarle partido al matar a ese desgraciado del gremio de arqueólogos para luego engatusar al alquimista Zurgru con la intención de apropiarse de una poderosa posición que reproducirían y venderían en el mercado negro, no sin antes matar al alquimista. Pero no contaban con que Zurgru sabia ya de antemano toda nuestra historia, como el acuerdo que Siala había hecho con nosotros, gracias a que ella se lo había contado todo, por lo que sospecho desde un principio. Por eso, fue al gremio de los templarios a contratar a alguien como yo.
—Eso lo entiendo, pero lo que no entiendo es como se ha recuperado. ¿Cómo es que ahora se ve tan sana?
—Es porque yo la cure con mi sangre.
—¿Tú? ¿Con tu sangre? ¿A qué te refieres con eso?
Arrus le iba a responder, pero en eso salió Siala del portal mágico ya más calmada y de mejor animo que antes, Arrus fue el primero en recibirla.
—¿Cómo te sientes? ¿Ya estas mejor?
—Sí, mucho mejor. Gracias. —le sonrió y luego miró a su otro hermano de juramento— Foel, otra vez te pido disculpas por lo que paso yo…
—Está bien, Siala. Ya no importa. —le interrumpió Foel, al ya no querer escarbar malos recuerdos del pasado— Ahora, dime, como es que estas ya recuperada, Arrus me dijo que es por su sangre.
—Es cierto, veras él, tras lidiar con esos impostores, fue con Zurgru, uno de los lideres de mi gremio, a mi casa y, tras una rápida discusión, me hizo beber un potente elixir sanador, mesclado con su sangre regenerativa, que me sano todo el cuerpo. Ya no tengo ni rastro de la enfermedad, y estoy totalmente sana. Pero según Zurgru nos explicó, eso tenía un 50 por ciento de fallar o tener éxito, y de fallar hubiera muerto por algo que llamo degradación biológica, una que hubiera sido tan acelerada que me hubiera convertido en un esqueleto en menos de 5 minutos.
—¿Por eso fue la discusión?
—Sí. Zurgru, al principio, no quería que Arrus lo hiciera, pero se me acababan las opciones y, aunque no me lo peguntaron, la verdad es que igual les hubiera dado mi aprobación, y como vez estoy bien.
—Pero no es una cura para todos, de lo contrario la sangre de Arrus tendría que ser procesada para generar una vacuna.
—Correcto.
—Y contar con mi permiso. —aclaró Arrus.
—Por supuesto, y ahora, ¿desean algo de mí? No lo tomen a mal, me alegro de volver a verlos, sanos y salvos, pero no creo que me hayan llamado aquí solo para hablar.
—No, tenemos una propuesta para ti.
—¿Propuesta? —eso le despertó el interés—. ¿Qué tipo de propuesta?
—Queremos que trabajes para nosotros y nos ayude con nuestra investigación.
—Antes quiero saber en qué consiste el trabajo.
—Curar la peste gris y evitar su propagación.
—Bien, pero no trabajo gratis. —dijo tras un momento en silenció.
—Nunca te pedí que lo hicieras. —Arrus materializó una gran bolsa de cuero y se la lanzó a Foel que la atrapó sin problemas— Ahí tienes, 300 doblones de oro. Creo que es un pago más que justo.
—De acuerdo, acepto. Pero, que quede claro, no pienso tocar a ningún enfermo.
—No quiero que los toques, quiero que los mates antes que nos toquen a nosotros.
***
***
***
—Vienen conmigo. —les dijo Arrus a los centinelas de las puertas— Déjenlos pasar.
Además de los templos, que servían como punto de división y encuentro entre los plebeyos y los nobles, pues el Forjador y sus tres esposas, los altos dioses, y los viajeros, los bajos dioses, consistiendo en las infinitas estrellas del firmamento, no hacían distinción alguna entre ricos y pobres, existían grandes murallas que, además servir como túneles y pasillos para viajar entre distrito a distrito por medio de grandes esferas de metal y concreto que contenían a sus ocupantes hasta llegar a sus destino de nombre orbes, llegando todos al mismo punto de unión que era el mismísimo templo del emperador, impedían el pase entre personas de diferentes estatus sociales, al lado contrario, sobre todo en lo que respecta a los plebeyos, al tener siempre las puertas de la nobleza custodiadas por centinelas del gremio de templarios con órdenes de detener, apresar y mandar de regreso a todo plebeyo que intentara ir al lugar que no le correspondía por nacimiento, salvo con algunas excepciones: un plebeyo, sin importar a que gremio perteneciera, no podía ingresar a los barrios altos de la nobleza a menos que se presentara una situación de extrema necesidad o por tener el permiso de alguien muy influyente o por estar acompañado de algún noble. Justo la situación en la que se encontraban Siala y Foel, por esas mismas razones. Motivo por la que los centinelas les dejaron pasar sin problemas al tener ambos el permiso de Zurgru, uno de los alquimistas más influyentes del gremio de sabios, para ir a investigar la peste gris que se había extendido y propagado como el fuego por la gran mayoría de los barrios altos de la nobleza, estando en compañía de Arrus, residente de aquella lujosa y prestigiosa zona distrital.
—Dioses, hasta el aire que se respira aquí es fino como la seda. —mencionó Foel, al pasar, junto con Siala y Arrus, por las puertas del templo, a los barrios altos de los nobles, respirando el aire agradable y no cargado de toxinas como en los barrios bajos más marginales de los plebeyos— Creo que me va a gustar estar aquí.
—Oye, no te acostumbres. —le recomendó Siala mirándolo con reproche, tras mirar fascinada las lujosas calles y viviendas de algunos nobles, al igual que Foel— Solo estamos aquí por trabajo, nada más.
—Soñar no cuesta nada, ¿no? Y Arrus, no tendrá problemas en darles un pase y permiso de por vida a unos buenos amigos suyos, ¿verdad? Sobre todo, a uno que vive en una de las peores zonas de los barrios bajos de la plebe, ¿no es así, Arrus?
—Déjame ver… —Arrus lo pensó un momento—. Dependerá de cómo te comportes. Ahora andando, la reunión será en mi casa.
Caminaron, con Siala y Foel ignorando a los nobles que los señalaban al saber que no pertenecían a su estatus social con solo verlos, y llegaron a la residencia de Arrus, un castillo en toda regla, que dejo mudos a sus compañeros, conseguido, según les explicó, gracias a hacer sabias inversiones en el gremio de proveedores, cuyas ganancias le permitieron comprarse títulos nobiliarios, para, además de darle entrada a los barrios altos de la nobleza, permitirse comprar semejante fortaleza colosal de piedra blanca con vetas de plata negra, que se alzaba y resplandecía con la luz de las lunas, llena de torres, murallas altas y puertas inmensas de acero que eran custodiadas por autómatas que, al verlos, les dejaron pasar, al estar acompañados por su amo y señor, quien los puso al cuidado de sus múltiples criados, pidiéndoles que, una vez acomodados en sus respectivas habitaciones, le acompañaran a almorzar en el balcón, al que no se negaron y no iban a negarse por nada del mundo.
Tantos a Siala como a Foel, aunque era una función que sus tótems podían realizar sin problema alguno, los asearon y bañaron hasta estar totalmente limpios para luego brindarles ropa más que adecuada para la ocasión: a Siala la vistieron con un hermoso vestido azul de dama y a Foel con toda la indumentaria propia de un caballero, para luego ser conducidos a los balcones del castillo en donde Arrus, vestido de forma cómoda y sencilla, los estaba esperando en compañía de Zurgru, con la comida ya servida por los criados.
—Espero que los hayan tratado bien. —miró fijamente a la sabia, quien se sonrojo— Te vez muy hermosa, Siala.
—¿Y yo? —preguntó Foel medio en serio, medio en broma.
—Tu estas aceptable, Foel. —el forajido bufo mientras se sentaba en la mesa, al igual que Siala— Y ahora, como estamos ya todos reunidos a aquí, podemos comenzar. Usted primero señor Zurgru, dígales sus averiguaciones.
—Muy bien como sabrán…
***
***
***
…Zurgru caminaba por las calles más “marginales” de los barrios altos de los nobles mirando escenas de horror, todo por culpa de la peste gris: cuerpos cubiertos de manchas grises, zonas en cuarentena improvisadas y familias enteras en charcos de sangre muriendo por culpa de esa infernal toz que les obligaba a vomitar sangre a chorros.
Algo tenía que hacer y eso haría… comenzando por encontrar al paciente cero para dar con los orígenes de la enfermedad… interrogó a muchos sanadores y alquimistas y pronto se percató que muchos fueron sobornados o amenazados para guardar silencio… por medio de pequeñas quimeras voladoras siguió a los carroñeros del gremio de organizadores encargados de transportan los cuerpos de los infectados, quienes, en vez de llevarlos a una pira para incinerarlos, ellos los tiraban a las alcantarillas en donde las corrientes los llevaban a través de los túneles subterráneos de la ciudad, hacia los muelles de una laboratorio oculto en las alcantarillas… sus quimeras vieron a otras más grandes trasportar los cadáveres hacia los almacenes del recinto clandestino y ahí lo vieron antes de ser descubiertos…
***
***
***
… Xorin está detrás de esto, el mismo alquimista que los torturo y los convirtió en lo que son ahora.
—Pero yo lo mate, le arranque y le aplaste el corazón —aseguró Siala tan sorprendida como sus hermanos de juramento—. ¿Cómo puede estar aún con vida?
—Nosotros los alquimistas, sobre aquellos que son renegados, tenemos formas muy antinaturales de mantenernos con vida, aun cuando recibimos heridas mortales. Imagino, sin miedo a equivocarme, que, aunque le destruiste el corazón, su cerebro seguía funcionando, y eso lo mantuvo con vida, el tiempo suficiente como para recomponerse y tener una coartada perfecta antes de que los guardias llegaran.
—Pero nos dijeron…
—La verdad es que les mintieron para calmarlos, al ser solo unos niños. Él no murió, el laboratorio desaparecido, junto a todo rastro de cualquier experimento prohibido, mucho antes de que los guardias llegaran y, aunque disponían de sus recuerdos, al carecer de pruebas materiales, y pese a que hubo un juicio, salió en libertad.
—¡No puede ser! ¿Qué tipo de sistema de justicia tenemos?
—Uno bueno, pero que por desgracia está lleno de defectos. En fin, durante un tiempo, se le estuvo vigilando, pero al no hacer ningún acto delictivo, los altos mandos del gremio de organizadores decidieron dar por concluido el caso, y fue ahí donde concluyo que comenzó a maquinar la forma en cómo hacer esta epidemia, y que mejor forma que abajo, en las alcantarillas de nuestra ciudad, donde la vigilancia es ínfima.
—¿Pero por qué? ¿Qué gana?
—No sabría decirlo a ciencia cierta, pero creo que es por el rencor que tienen hacia los nobles del gremio de sabios, por haberlo expulsado al no aprobar sus métodos poco ortodoxos sobre la creación de quimeras experimentales, verán el intentaba crear lo que ha sido siempre el sueño húmedo de todo alquimista: dar vida a un homúnculo, la quimera perfecta. Un crimen de tipo antinatural y por ello prohibido en toda Última, por atentar contra la vida misma del ser humano dada solo por los altos y bajos dioses. Y esa es la razón por la que fue expulsado del gremio de sabios.
—¿Ósea que todo esto es solo por un simple capricho? Pero que hombre más infantil.
—Ya lo creo, Siala. Porque además ha logrado sobornar y amenazar a varios miembros de otros gremios para que le ayuden o hagan la vista gorda, con tal de lograr la muerte de aquellos que, según él, le dieron la espalda, sin impórtale que cientos o miles de inocentes mueran en el camino.
—Entonces, debemos de detenerlo.
—Así es, y lo harán.
—Espere un momento. —interrumpió Foel que veía por donde iba el asunto—. ¿Por qué nosotros entre todos? ¿Acaso no bastaría con enviar a una unidad fuertemente armada de guardias y hechiceros?
—Eso ya se hizo, y me temo que todos murieron a asfixiados en su propia sangre por culpa de la peste gris. Y eso es porque del mismo laboratorio emana una fuerza que enferma a quienes se le acercan. Pero, como ustedes son inmundes a la enfermedad, estarán a salvo.
—¿Inmunes? Yo me enferme de la peste.
—Eso fue porque pediste que te la inyectáramos, y no olvides que gracias a la sangre de Arrus te salvaste.
—Porque contenía propiedades regenerativas que contrarrestaban a esa enfermedad, según me explico. —comento Arrus al que ya se le había dado toda la información.
—Correcto, por eso y también porque estoy totalmente seguro que Xorin os teme, no hay peor miedo para un alquimista que una creación suya que se le escapa de control y vuelve para matarlo. Matarlo sin dudarlo ni un instante y, para eso, os doy esto —materializó una pócima que colocó en la mesa con mucho cuidado—. Una poderosa bomba, cuyo fuego azul eliminara y purificará todo lo que toque. Eso sí, deben de tener mucho cuidado al momento de usarla y salir corriendo, pues el líquido que contiene se expandirá por todo y a lo largo del laboratorio de Xorin.
—Un momento, aún no hemos dicho que aceptamos. —comenzó a decir Foel que no quería entrar a una trampa mortal, sin salida alguna.
—¿Vas a poner trabas, Foel? —le reprocho Siala decidida como siempre—. La vida de todos está en peligro, no solo la tuya. Yo lo haré. —agarró la poción y le pidió a su tótem Perséfone que se la guardara—. ¿Quién viene conmigo?
Tanto Arrus como Foel se miraron significativamente, Arrus suspiró y Foel se rasco la cabeza.
—Yo también iré, no te dejare sola en esto.
—Ah, por los dioses. De acuerdo, lo hare. Pero más le vale a usted, señor Zurgru, que nos recompense apropiadamente después de esto.
Zurgru
se limitó a sonreír… pero horas después, aquella sonrisa se había desvanecido
por completo. Ahora, de pie en lo alto de una de las torres, el viento nocturno
agitaba sus ropajes mientras sostenía una urna entre las manos. Su expresión
era grave, atravesada por una tristeza silenciosa que parecía pesar más que el propio
aire. Con sumo cuidado, esparció las cenizas de Xorin, dejando que el viento
las arrastrara más allá de los muros, hacia un destino que solo los dioses
conocían. Permaneció inmóvil unos instantes, observando cómo los últimos restos
se desvanecían en la oscuridad, y luego inclinó la cabeza. Sus labios
comenzaron a moverse en una plegaria baja, dirigida tanto a los altos como a
los bajos dioses, suplicando que, algún día, aquella alma encontrara el camino
de regreso a la vida… una mejor. Una en la que comprendiera, sin dolor ni
culpa, el verdadero peso de sus decisiones.
Porque
ahora lo entendía todo.
Había
visto a los tres descender a ese laberinto de muerte, dispuestos a enfrentarse
a horrores inimaginables, sin sospechar lo que realmente les aguardaba en lo
más profundo. Allí, en presencia de Xorin, la realidad se había quebrado. De
entre aquella masa amorfa y grotesca de carne corrompida emergió una figura
inesperada: un ser humano con forma de mujer, delicado en apariencia, imposible
en esencia. El alquimista renegado la llamó el primer homúnculo creado con
éxito en la historia… pero también algo más: la resurrección de su amada
fallecida. La mujer a la que había amado con locura. Un amor tan profundo que
lo empujó a desafiar los límites de la vida y la muerte, a buscar aquello que
le fue negado por los hipócritas líderes de los gremios, quienes se escudaban
en leyes y dogmas para ocultar su miedo. Rechazado y consumido por la
desesperación, el renegado eligió un camino oscuro, cometiendo actos terribles
en nombre de un solo objetivo: traerla de vuelta. Y lo logró… aunque el precio
fuera convertirse en algo irreconocible. Por eso les permitió llegar hasta él.
No para vencerlos, sino para que fueran ellos quienes pusieran fin a todo.
Antes, sin embargo, les pidió algo simple y humano: tiempo. Tiempo para tener
esa última conversación que la muerte le había arrebatado, para decir lo que
nunca pudo cuando la vio morir entre sus brazos. Al final, les confesó la
verdad con una serenidad desgarradora: todo lo que había hecho, cada atrocidad,
cada error… lo había hecho por amor. Y nada más.
Estaba
listo para morir.
Junto
a ella.
Y
así fue.
El
propio Xorin rompió la pócima que contenía la bomba de fuego azul, liberando
una fuerza devastadora que lo consumió todo: carne, corrupción y alma. Las
llamas, intensas y purificadoras, no solo destruyeron a Xorin y a su amada,
sino que también limpiaron aquel lugar maldito, disipando el veneno que
impregnaba el ambiente desde hacía tanto tiempo. Mientras tanto, Siala se
mantuvo firme, protegiendo a Arrus, a Foel y a sí misma mediante un escudo
mágico que resistió el embate de las llamas azuladas. Permanecieron allí,
rodeados de luz y destrucción, hasta que todo terminó… hasta que solo quedaron
cenizas.
Y
silencio.
¿Y
cómo sabía todo aquello Zurgru?
Porque
lo había visto todo… a través de sus ojos, y lo había escuchado todo… a través
de sus oídos. Los vínculos que mantenía con sus respectivos tótems le
permitieron presenciar cada instante, cada palabra, cada decisión final.
Las cenizas se dispersaron por completo. Entonces, en medio del silencio de la noche, Zurgru escuchó algo a lo lejos… un sonido suave, casi imperceptible al principio. El llanto de un bebé recién nacido. Sus labios se curvaron en una leve sonrisa.
Sin decir una palabra más, se giró y cruzó el portal.































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