Llamada Laboral

La llamada de Loand lo despertó, y eso no le gustó en absoluto. Eran las tres de la mañana, de un sucio día entre finales del séptimo y principios del octavo milenio, en la capital cusqueña de Cusco, y el sonido del teléfono sobre la mesa de noche, que era también lampara y reloj despertador, rompía la quietud de la habitación, un espacio que contrastaba con la crudeza de su vida cotidiana. Se hospedaban en un hotel elegante, de esos que mezclaban el encanto colonial cusqueño con comodidades modernas: paredes de piedra tallada que conservaban el frío de la madrugada andina, vigas de madera oscura en el techo y una iluminación cálida que durante el día volvía el ambiente acogedor. La cama, amplia y perfectamente tendida, aún conservaba el calor de sus cuerpos entre las sábanas blancas, suaves y ligeramente desordenadas. A un lado, una ventana alta dejaba entrever la ciudad dormida, con luces dispersas que parpadeaban en la distancia, mientras las montañas se alzaban como sombras silenciosas bajo el cielo nocturno. El aire era frío, limpio, y se filtraba apenas por los bordes del ventanal, recordándoles que estaban lejos de todo… o al menos, eso habían querido creer, hasta la llamada. Una que lo despertó en una hora indecente incluso para alguien acostumbrado a misiones imprevistas. Había programado el reloj del despertador para las cinco, como muy temprano a las seis, así que aquel aviso inoportuno solo podía significar una cosa: la Agencia había recibido un encargo especial de última hora y, como ellos eran los únicos Operativos disponibles por esa zona del cosmos, Loand no dudó en pasarles la responsabilidad. Típico. Y lo peor era que no podían negarse. Pertenecían a la Agencia: compromiso, deber y obligación eran el eslogan de la organización… sobre todo obligación.

Con un suspiro resignado, Dailos giró ligeramente la cabeza. A su lado, Valeris dormía plácidamente, acurrucada contra él como si nada en el universo pudiera alcanzarla allí. Dudó un instante; odiaba romper ese momento de calma. Pero no tenían elección. Había contestado y tenía que decírselo. 

—Valeris —la movió con suavidad, pronunciando su nombre casi en un susurro—, por favor, despierta.

—¿Dailos…? —bostezó, entreabriendo los ojos con confusión—. ¿Qué ocurre?

—Tenemos una nueva misión.

—¿Qué? ¿En serio? —lo miró, primero incrédula y luego claramente molesta—. Pero si recién acabamos de encargarnos de ese distribuidor de drogas tal y como no los pidieron, y vinimos aquí de vacaciones. ¿Acaso no hay otro equipo de Operativos a los que puedan molestar? ¿No podemos simplemente negarnos?

—Sabes bien que no.

—Oh, por el amor de Dios —se removió entre las sábanas, frustrada, y luego se levantó para mirar por la ventana, sin preocuparse por su desnudez—. Quería hacer algo de turismo contigo, aunque solo fuera por unas cuantas horas sabes… visitar el Machu Picchu … ser solo una pareja normal, recordar quienes éramos, antes de esta vida. Antes del juramento. Antes del punto sin retorno. 

—Lo sé —respondió él con una leve mueca, acercándose y abrazándola por detrás—, y lo siento. Pero es nuestro trabajo como Operativos: ser la mano ejecutora de la Agencia.

—Hay días en los que odio con toda mi alma este trabajo.

—Yo también.

Valeris dejó escapar otro suspiro, más largo esta vez, antes de girarse para mirarlo fijamente.

—¿De qué se trata?

—Un asalto bancario en la avenida el sol. La policía tiene el lugar rodeado, pero la situación se les complicó. Loand quiere que nos reunamos con él para discutir los detalles de nuestra… “discreta” intervención. Ya sabes, lo de siempre.

—No me sorprende —murmuró ella, con una media sonrisa cansada—. Debe de haber cómo más de mil razones ahí dentro para que necesiten de gente como nosotros.

—Opino igual —replicó Dailos, esbozando una sonrisa con cierta picardía—. Pero también creo que lo que te alegraría el día sería un buen baño… conmigo. Así que ven aquí.

—¡Oye! —protestó Valeris entre risas, intentando resistirse sin demasiada convicción.

Dailos la levantó entre sus brazos con facilidad, ignorando sus quejas fingidas, y la llevó hasta la ducha. Allí, el agua caliente comenzó a caer sobre sus cuerpos, envolviéndolos en una nube de vapor que poco a poco disipó el cansancio y el mal humor. Entre risas, miradas cómplices y caricias suaves, encontraron un breve refugio antes de regresar a la dureza de su realidad. No era solo una costumbre compartida: era su manera de recordarse que, pese a todo lo que la Agencia les exigía, aún les quedaba algo propio, algo profundamente humano.

Cuando finalmente salieron, ya despejados y más serenos, cada uno escogió un atuendo del closet para cambiarse con lo necesario y verse como si fueran simples civiles, con ropajes discretos pero elegantes, lo bastante sobrios para no llamar la atención y lo bastante cuidados para encajar en cualquier entorno urbano. Propios de la época y, sobre todo, del lugar en el que se encontraban. Minutos después, abandonaron el hotel en el que se habían hospedado. Las luces de Cusco comenzaban a intensificarse con el inicio de la jornada para los más madrugadores; la ciudad despertaba poco a poco, y no era extraño ver ya autobuses entrando y saliendo por las autopistas aéreas, recogiendo y dejando a los primeros transeúntes del día. Sin dudarlo, se hubieran subido a uno, de no ser porque Dailos poseía, en el estacionamiento del hotel, una muy moderna aéreo-moto todo terreno de última generación a la que se subieron, con Dailos manejándola y Valeris sentándose atrás con todas la comodidades que le ofrecía aquel vehículo futurista, no teniendo ambos la intención de dirigirse al banco que estaba bajo asedio, sino hacia un pequeño y discreto café, sin nombre visible, cuyo dueño, incentivado con una generosa suma de dinero, había abierto exclusivamente para recibirlos. El lugar estaba lejos de ser acogedor: era estrecho, con mesas mal alineadas y superficies desgastadas por el uso y el descuido. La iluminación era deficiente, apenas sostenida por un par de focos amarillentos que parpadeaban de vez en cuando, proyectando sombras irregulares sobre las paredes manchadas. El aire olía a café recalentado, grasa vieja y humedad acumulada, como si la limpieza no fuera una prioridad desde hacía mucho tiempo. El suelo, pegajoso en algunos puntos, crujía bajo cada paso, y una capa fina de polvo parecía haberse asentado sobre todo lo que no se tocaba con frecuencia. Era el tipo de lugar que la mayoría evitaría… precisamente por eso resultaba perfecto.

Allí los esperaba Loand, con quien iniciaron una conversación breve, directa y cargada de información crucial… por medio de una Micro-PC esférica muy de carcasa circular, colocada en medio de una de las mesas, por el mismo dueño del establecimiento, que luego se retiró, tras colocar dos pequeños y livianos cascos de realidad virtual conectados inalámbricamente con la diminuta esfera. Uno para queda uno. Los avances tecnológicos están a la orden del día, y el Perú, como todos los países del mundo de Terra, estaba a la vanguardia pese a pasar por uno de sus periodos más oscuros: los ataques esporádicos perpetuados por los miembros de la secta “Iluminación” y sus fanáticos sectarios que, siguiendo las enseñanzas de Gonzalo, se proponían iluminar el camino de todos los peruanos, mediante sangre y fuego, tal y como lo hizo el profeta Abimael en la los remotos años de los 80 y 90. 



Algunas horas después, vestidos y armados apropiadamente para la labor que iban a realizar, con equipamiento especial, otorgado solo y tan solo por la misma Agencia, por medio de Nano-cápsulas, contenedores de nanomáquinas comprimidas muy avanzadas, que al abrirse se expandían hasta formar lo que debían, al tratarse de pequeñísimos autómatas microscópicos, el plan ya estaba en marcha.

Dailos, tras haber ingresado masacrando a tiros prácticamente a todos los sectarios, había dejado escapar al último loco fanático, y la razón era simple: cuando aquel hombre descubrió a sus compañeros muertos de la peor manera en el apartamento, decidió huir… pero Dailos eligió seguirlo. Era una apuesta arriesgada, sí, pero lógica: el fugitivo los conduciría directamente hasta el cabecilla dentro de la ciudad. Mientras tanto, Valeris lo apoyaba desde la distancia, guiándolo mediante drones aéreos que sobrevolaban la zona con precisión silenciosa. Desde su posición, no dudaba en mantener la mira lista con su rifle de francotirador, preparada para eliminar a cualquiera que intentara interponerse o dañar a Dailos.

La persecución los arrastró a través de calles laberínticas, estrechas y desordenadas, donde cada giro parecía conducir a otro pasaje aún más descuidado. El pavimento estaba roto en múltiples tramos, con grietas abiertas y desniveles que obligaban a moverse con cuidado, mientras charcos oscuros se acumulaban en los huecos, mezclando agua estancada con suciedad. Montones de basura se amontonaban en las esquinas: bolsas rotas, restos de comida, cartones húmedos y desechos que nadie se había molestado en recoger. El aire era denso, cargado con olores ácidos y putrefactos, y en algunos puntos apenas iluminados por faroles defectuosos, las sombras se volvían más profundas, ocultando cualquier cosa que pudiera moverse en ellas. Era un lugar olvidado, caótico, perfecto para perderse… o para desaparecer.

Finalmente, la persecución los llevó hasta una casa abandonada, aislada y silenciosa. Allí lo esperaba el contacto que los había introducido en la ciudad. Y, por ende, el verdadero jefe de esos todos esos iluminados que se habían ocultado en el apartamento para realizar sus fechorías. Uno que apenas lo vio llegar, estalló en furia.

—¡Hijo de perra! ¡¿Qué has hecho?! —le gritó sin contenerse—. ¡Lo trajiste hasta mí! ¡Acabas de poner en peligro toda la operación!

El sectario, nervioso y desbordado, intentó explicarse, pero no tuvo oportunidad. En ese momento, Dailos apareció. Surgió entre los contenedores metálicos con una naturalidad inquietante, arma en mano, como si siempre hubiera sido parte de ese escenario oscuro, húmedo y olvidado. El cabecilla reaccionó de inmediato y se propuso a abrir fuego sin pensarlo, sin importar siquiera que su propio hombre quedara en la línea de tiro. Dailos respondió con la misma frialdad y precisión.

El intercambio fue breve y brutal. El sectario cayó acribillado en cuestión de segundos, sin posibilidad alguna de escapar, mientras que el cabecilla jamás llegó a apretar el gatillo: Valeris lo neutralizó a tiempo con un disparo de precisión desde su posición como francotiradora, impactando directamente en la mano con la que sostenía el arma. El golpe fue devastador; el arma y su mano estallaron en una violenta mezcla de metal, sangre y fragmentos óseos que se dispersaron en el aire. En ese mismo instante, Dailos aprovechó la apertura y le asestó un disparo que le atravesó el hombro, dejándolo totalmente fuera de combate. Dailos, por su parte, apenas recibió algunos rasguños, nada fuera de lo habitual para alguien como él.

Sin perder tiempo, e ignorando los últimos y débiles gemidos del sectario moribundo, Dailos avanzó hacia el cabecilla. No dijo una sola palabra. Le propinó una patada seca que lo hizo caer de espaldas, y luego se arrodilló a su lado con calma calculada. De entre su equipo sacó una aguja y le inyectó una sustancia: un potente somnífero que lo dejó inconsciente en cuestión de segundos.

Ahora solo quedaba esperar. La policía, alertada sin duda por los disparos, no tardaría en llegar para hacerse cargo del sospechoso. Después, la Agencia enviaría a sus propios Interrogadores para extraerle toda la información posible. Ellos, por su parte, ya habían cumplido la misión que les habían impuesto. Ahora podían descansar tranquilos. Al menos por un tiempo. Hasta la siguiente vez en que la Agencia necesitara de los servicios de un par de Operativos tan profesionales como ellos dos.

Poco tiempo después, vestidos de nuevo como civiles y con toda la indumentaria proporcionada por la Agencia evaporada en el aire tras la misión, se encontraban sentados en un buen restaurante, desayunando en aparente tranquilidad. El bullicio suave del lugar contrastaba con lo que habían vivido horas antes, como si el mundo insistiera en seguir su curso sin importar nada.

El local tenía un aire cálido y acogedor, pensado para recibir a los primeros clientes del día. Era amplio, con mesas de madera pulida bien distribuidas, manteles impecables y sillas cómodas que invitaban a quedarse más de la cuenta. Las paredes, decoradas con cuadros de paisajes andinos y detalles artesanales, le daban una identidad local elegante sin caer en lo recargado. Grandes ventanales dejaban entrar la luz de la mañana, bañando el interior con tonos dorados que se mezclaban con la iluminación tenue de lámparas colgantes. El aroma a café recién hecho y pan caliente llenaba el ambiente, acompañado por el murmullo constante de conversaciones bajas, el tintinear de tazas y cubiertos, y el movimiento ágil pero discreto de los meseros. Todo parecía cuidadosamente diseñado para transmitir calma, normalidad… una ilusión casi perfecta.

Mientras, en uno de los televisores ovalados y flotantes del local, pasaban la noticia sobre el asalto al banco. Los presentadores comentaban cómo los ladrones habían irrumpido por la fuerza en el edificio, cerrado a esas horas, utilizando explosivos para intentar llevarse todo lo posible, solo para terminar siendo abatidos o capturados por las fuerzas del orden. Las imágenes repetían escenas de caos controlado: patrullas, cintas de seguridad, humo disipándose en el aire. Sin embargo, no hubo mención alguna del altercado que Dailos había tenido con aquellos sectarios; y si la hubo, debió de ser una nota tan insignificante que pasó completamente desapercibida entre el resto de la cobertura. Para el mundo, aquello no había existido. Para ellos, en cambio, seguía demasiado presente.

Valeris había pedido un jugo de papaya y un pan con omelet de queso; Dailos, en cambio, café negro y pan francés con huevo. La comida no estaba mal, incluso era reconfortante, pero Valeris apenas tenía apetito después de haber presenciado tanta muerte. Aun así, Dailos comía con normalidad, casi con disciplina, como si nada hubiese ocurrido. Eso ya no la sorprendía, pero no pudo evitar comentarlo.

—Debes tener un estómago de hierro si puedes comer así después de lo que pasó —dijo, removiendo el vaso de jugo más por inercia que por sed.

Dailos levantó la mirada y la observó con esa expresión seria tan característica en él. Por un instante pareció endurecerse, pero luego algo en su gesto cedió ligeramente.

—Lo hago por ellos —respondió—. Por los que ya no podrán disfrutar de algo tan simple como esto.

Valeris esbozó una sonrisa ladeada, con un destello de picardía, y se inclinó hacia él con un movimiento lento, casi provocador, buscando romper esa coraza que él siempre llevaba puesta.

—¿Y por mí? —preguntó, juguetona, intentando arrancarle una reacción más cercana, más humana.

Dailos la sostuvo con la mirada en silencio durante unos segundos. Entonces, como un gesto poco frecuente, apareció una de esas sonrisas que casi nunca mostraba.

—Sobre todo por nosotros.

Esas palabras bastaron. Valeris se levantó, rodeó la mesa y se sentó a su lado sin pensarlo dos veces. Lo abrazó y lo besó con naturalidad, sin importarle en lo más mínimo las miradas curiosas de los demás comensales. ¿Y qué? pensó. ¿Qué podían decir ellos? No sabían nada de lo que habían vivido, de lo que habían perdido, de todo lo que habían tenido que hacer para seguir adelante. Que miraran si querían… o que se fueran todos al demonio.

Fue entonces cuando, en medio de besos y caricias, el dueño del restaurante se acercó con un celular en la mano.

—Perdonen, pero una persona llamada Loand me pidió que les entregara esto.

Dejó un futurista y pequeño celular de forma circular sobre la mesa y se retiró de inmediato, tan discreto como lo había hecho el encargado del café durante la misión de antiterrorismo. Apenas dio unos pasos, el dispositivo comenzó a sonar.

—No contestes —murmuró Valeris, aún cerca de Dailos.

—Sabes que debo hacerlo —respondió él con calma.

—Lo sé… pero odio seguir las órdenes de alguien a quien nunca le hemos visto la cara.

—Tal vez sea mejor así —replicó Dailos antes de tomar el teléfono—. ¿Loand?

—¿Quién más? —respondió la voz distorsionada sin sexo o edad definida al otro lado—. Mis felicitaciones a ambos: a Valeris, por captar las conversaciones de esos sectarios terroristas, y a ti, por hacerte pasar por un repartidor de pizzas. Justo lo que necesitábamos. Ahora bien, tu iniciativa de capturar al cabecilla del grupo, aunque arriesgada, ha valido la pena. Pronto sabremos cual, en su intento de distraernos con un robo bancario, buscaron, no solo infiltrarse, sino causar sin duda un atentado. Serán recompensados… tal como querían: con unas buenas vacaciones. Se los prometo. Hasta el próximo encargo.

La llamada se cortó. Cuando Dailos dejó el celular sobre la mesa, el aparato chisporroteó brevemente antes de apagarse por completo, inutilizado. Valeris lo miró con evidente disgusto cuando él le transmitió lo dicho.

Dailos no pudo evitar dedicarle una sonrisa comprensiva.

Sin decir mucho más, continuaron comiendo, esta vez con más ganas. Tal vez era el alivio, tal vez la promesa de un descanso real… o simplemente el hecho de seguir vivos. Cuando terminaron, pagaron la cuenta y salieron del restaurante dispuestos a aprovechar el resto del día. Y vaya que lo hicieron.

Se dirigieron en moto a una feria cercana y pasaron horas enteras en los juegos del parque de diversiones: luces de neón reflejándose en sus rostros, música estridente vibrando en el aire, el olor a azúcar quemada y aceite envolviéndolo todo. Rieron, corrieron de una atracción a otra, se empujaron, se buscaron… como si nada más existiera, como si ese día fuera un pequeño refugio arrancado al mundo que normalmente los reclamaba.

Al final, sellaron el momento con una fotografía en una de esas viejas cabinas que nunca pasan de moda. Una imagen simple, quizá, pero en ella quedaron capturados tal como eran en ese instante: juntos, cansados… y felices. Caminando ya, uno al lado del otro, en silencio, rumbo a la moto que los esperaba, flotando estacionada a unos metros, discreta entre el flujo indiferente de la ciudad.


Iban a buscar otro hotel, uno de tan buen gusto como el otro, donde vivirían solo por un tiempo… hasta el siguiente. Porque su vida era así: transitoria, cambiante. El movimiento no solo era costumbre, era supervivencia. Sabían que no podían permitirse quedarse demasiado en un mismo lugar, ni dejar rastros, ni construir nada que pudiera ser seguido o destruido. Todo debía ser efímero, incluso aquello que más valoraban.

Cuando llegaron a la moto, Valeris se detuvo un instante. Miró la fotografía una vez más: ese pequeño fragmento de felicidad congelado en el tiempo, una prueba tangible de algo que, en su mundo, no debía existir demasiado tiempo. Con un gesto cargado de pesar, la rompió en varios pedazos y los dejó caer en un contenedor cercano que desintegro los restos poco tiempo después. No dijo nada. No hacía falta.

Luego se acercó a Dailos y subió a la moto detrás de él, rodeándolo por un momento con los brazos buscándolo. En ese contacto breve pero firme había más verdad que en cualquier palabra que pudieran decirse.

Al entrar al cuarto del nuevo hotel, apenas dieron unos pasos cuando Dailos detuvo a Valeris con suavidad. El lugar reflejaba un equilibrio entre elegancia y discreción, como si hubiese sido elegido precisamente para alguien que no quería llamar la atención, pero tampoco renunciar a cierto nivel de comodidad. El hotel, de arquitectura moderna con sutiles toques andinos, combinaba líneas limpias con materiales cálidos: madera pulida, piedra clara y detalles textiles en tonos tierra que evocaban la región sin resultar evidentes.

La habitación era amplia y silenciosa, aislada del ruido exterior como si el mundo quedara suspendido al otro lado de las paredes. Una cama grande ocupaba el centro, vestida con sábanas impecables de tonos claros y una colcha gruesa que invitaba al descanso. A un lado, una lámpara de luz cálida proyectaba una iluminación suave, creando un ambiente íntimo y acogedor. Frente a la cama, un ventanal cubierto por cortinas semitransparentes dejaba pasar la luz de la ciudad, difusa, como un resplandor lejano que apenas alcanzaba a delinear las formas del interior. El aire tenía ese olor neutro y limpio de los hoteles bien cuidados, donde todo parece recién dispuesto para un huésped que nunca permanece demasiado tiempo.

Fue en ese espacio, suspendido entre lo transitorio y lo íntimo, donde Dailos tomó a Valeris por la cintura y la besó con esa urgencia contenida que lo caracterizaba. Sus manos la rodearon con familiaridad, reconociéndola, buscándola como si en ese contacto encontrara equilibrio. Ella le correspondió sin reservas, devolviéndole el beso con la misma intensidad, con ese brillo en los ojos que reflejaba exactamente lo que sentía por él.

No necesitaban decírselo en voz alta.

Entre ellos, la intimidad fluía con naturalidad, como si cada gesto, cada roce, hubiera sido aprendido mucho antes de existir. Era algo que iba más allá del deseo: una conexión profunda, firme, que los anclaba el uno al otro en medio de todo lo demás.

Minutos después estaban en su alcoba, abrazados, dejándose llevar por esa cercanía que solo ellos compartían. Dailos era cuidadoso, atento; sabía cómo hacer que Valeris se sintiera segura, valorada, viva. Lo que los unía no era solo pasión, sino confianza, entrega, un entendimiento silencioso que no necesitaba explicación.

Cuando finalmente el cansancio los alcanzó, Valeris quedó recostada sobre el pecho de Dailos, escuchando el ritmo constante de su respiración. En ese instante, con todo en calma, parecía que el mundo exterior dejaba de existir.

Y, para ellos, no había nada mejor que eso. Y si lo había, simplemente no les importaba descubrirlo.

Porque ambos sabían lo mismo: no había salida de ese mundo de mentiras, violencias y traiciones. Y no existía un final feliz para ellos. Al final, morirían de la peor manera y sus cadáveres ni siquiera serian enterrados de forma decente. Pero mientras se tuvieran el uno al otro, mientras siguieran cubriéndose las espaldas… eso sería suficiente.


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