Ángeles y Demonios
Cuando los Ángeles desciendan a la Tierra, aquellos que representan las cuatro puertas del cosmos… el que encarne el Infierno deberá morir. Porque con su nacimiento, los demonios caminarán entre los hombres. Si ese Ángel muere a manos de un demonio, la puerta del Infierno se abrirá por completo. Pero si muere a manos de otro Ángel, será sellada. Eso dice la profecía. Pero hay un problema… él no murió. En medio de un desierto interminable, donde el viento arrastraba arena como susurros del pasado, se alzaba una solitaria parada de tren. Allí, de pie junto al andén, se encontraba un joven de expresión seria que no correspondía a su edad. Su mirada estaba fija en el horizonte, pero su mente… estaba en otro lugar. Muy lejos de allí.
—Madre… dime, ¿qué son las puertas del cosmos?
El recuerdo era claro. Un Thauli de apenas diez años estaba sentado frente a una mesa en una cocina cálida y sencilla. Vestía ropa de dormir. Frente a él, su madre —una mujer de mirada serena— lo observaba con ternura mientras sostenía una taza de té.
—¿Por qué lo preguntas, Thauli? —respondió suavemente.
El niño dio un pequeño sorbo antes de contestar:
—El viejo del pueblo habló de una profecía… sobre los Ángeles y esas puertas. Sé que los Ángeles son elegidos por Dios para detener a quienes hacen pactos con el diablo o controlan criaturas de leyenda… pero no entiendo qué son esas puertas.
Su madre guardó silencio unos segundos. Luego bebió de su taza y habló con calma:
—Verás, Thauli… así como la Tierra tiene sus cuatro puntos cardinales, el universo también los tiene.
El niño la miró con atención.
—Si alguien lograra viajar hasta los límites del cosmos, siguiendo el norte, sur, este y oeste… encontraría cuatro puertas.
Su voz se volvió más profunda.
—Al norte, la puerta del Cielo. Al sur, la puerta del Infierno. Al este, la puerta de la Imaginación. Y al oeste… la puerta de la Tierra.
El rugido de un tren lo sacó de sus pensamientos. El presente regresó de golpe. Una moderna locomotora atravesó el desierto y se detuvo frente a él con un chirrido metálico. Las puertas se abrieron con un siseo hidráulico. Thauli subió sin decir palabra. El interior del tren estaba casi vacío. Avanzó por los vagones observando con discreción. En el último, una bella joven estaba sentada junto a la ventana de unos ojos que parecían analizarlo todo sin moverse. Se sentó lejos de ella, observando y esperando. Dos horas después, el tren se detuvo nuevamente. En la estación, dos figuras aguardaban. Encapuchados. Inmóviles. Vestían túnicas negras que ocultaban por completo sus rostros. Subieron en silencio. El tren reanudó su marcha, internándose en un túnel oscuro rumbo a la estación de Paquirea. Durante unos segundos… no pasó nada. Hasta que ocurrió. Las dos figuras se detuvieron en medio del vagón. Y lentamente… se quitaron las capuchas. Sus rostros eran perturbadores. Sonrisas deformes. Miradas vacías. Sus cuerpos comenzaron a inflarse grotescamente. Su piel se tensó, se agrietó… y entonces… explotaron. La sangre cubrió las paredes, el techo, el suelo. Los pocos pasajeros retrocedieron, horrorizados. Pero el horror apenas comenzaba. De entre la masa de carne y vísceras… algo se movió. Tres figuras emergieron lentamente. No eran humanos. Eran demonios. Con ojos que brillaban de un rojo tan intenso como la sangre.
—Edreril… ¿puedes olerlo? —preguntó Ipos, impaciente, con una voz cargada de hambre.
—Sí… —respondió Edreril, señalando hacia el fondo del tren—. Está ahí atrás… viniendo hacia nosotros
—¿De verdad? —rugió Sadla, con una sonrisa demente—. ¡Que venga entonces! Su muerte será el fin y el principio de todo.
La puerta del vago se abrió y, por medio de esta, entró Thauli que se paró enfrente de ellos sin decirles nada; esperando a que ellos actuaran y así lo hicieron. Sadla fue el primero haciendo que su cuerpo se deformara, causando que de sus costados emergieran dos serpientes de hierro negro, vivas, retorciéndose con violencia. La cuales se estrellaron contra el suelo, las paredes y el techo, extendiéndose sin fin. Y, en cuestión de segundos, formaron una red monstruosa. Y esa red… se cerró con la intención de atravesar todo el cuerpo Thauli: cuello, ojos, torso, extremidades. Se suponía que debía de estarse ahogando en sangre. Pero no fue así. Lo que en verdad paso fue que estas nunca lo alcanzaron. De la manga derecha de Thauli emergió una navaja de mango rojo. La tomó con calma… y con un solo movimiento limpio, cortó ambas serpientes. Y Sadla quedó aturdido. Ese fue su error. Thauli levantó su mano izquierda. De sus dedos surgieron dos pequeñas esferas de fuego. Las lanzó. Las llamas se introdujeron en los cortes de las serpientes… directamente hacia el interior del cuerpo de Sadla. Por un instante, todo quedó en silencio. Luego… Sadla gritó. Su cuerpo comenzó a hincharse de forma grotesca. Las venas se tensaron, la carne crujió… y explotó. El vagón se llenó de restos ardientes que fueron consumidos por un fuego azul oscuro que no dejó nada atrás. El silencio regresó. Rodrigo observó a Thauli, completamente impactado. Desde el otro vagón, la joven lo miraba con una mezcla de sorpresa y fascinación. El otro demonio rugió de furia. Abrió sus múltiples bocas y disparó rayos de distintos colores. Thauli los esquivó todos con movimientos imposibles. Fluido. Preciso. Perfecto. Edreril unificó sus cabezas… y lanzó un rayo blanco devastador. Thauli respondió. Movió su brazo hacia la espalda. Fragmentos flotantes aparecieron en el aire. Se ensamblaron. Una espada larga. La sujetó… giró sobre sí mismo… y la lanzó. La hoja giraba violentamente, cortando el aire. Al impactar contra el rayo, lo fragmentó en múltiples haces que se dispersaron en todas direcciones. Pero no se detuvo. Atravesó el ataque. Y alcanzó su objetivo. Cortó las cabezas de Edreril. Y luego… lo partió en dos. La espada regresó. Thauli la atrapó… y la desintegró al devolverla a su espalda. Solo para proseguir con su camino en el momento en el que el tren llego a la estación, pero fue detenido por la misma joven que le llamo la atención al igual que él a ella.
—¿Qué se te ofrece?
—Eres el Ángel que reencarna la puerta del infierno, ¿verdad? Tranquilo, no vengo a molestarte. Pero me gustaría acompañarte… ir contigo a donde te diriges.
—Mi camino, como ya habrás notado, es solitario y peligroso. Los demonios me persiguen… y los humanos me temen. Para ellos, nací siendo algo malvado.
—Lo sé. Pero yo no lo creo.
—¿Y por qué debería importarme eso?
—Porque yo soy el Ángel que reencarna la puerta del Cielo. Puedo distinguir quién es malvado… y quién no. Y tú no lo eres.
Silencio.
—Por eso quiero ir contigo —continuó—. Puedo ayudarte en tu travesía. Además… sé hacia dónde te diriges.
—¿Ah, sí? —preguntó, con desconfianza—. ¿Y a dónde voy?
Ella sostuvo su mirada.
—A buscar al rey de los demonios.
Entre opuestos se atraen, más cuando se complementan. Y no paso mucho tiempo para que después compartieran el mismo lecho.

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