Promesa
La batalla, aunque breve en su
desenlace, había durado horas interminables. El aire de todo el sector 32
estaba cargado con el hedor de la muerte, y los cadáveres de los soldados ya
comenzaban a descomponerse entre charcos de sangre oscurecida y armaduras
rotas. Aun así, los sacerdotes —neutrales, fieles a las enseñanzas del Iluminador—
recorrían el campo con disciplina implacable, buscando sobrevivientes entre los
muertos. No distinguían bandos; en aquel lugar, la vida era lo único que
importaba. De entre el amontonamiento de cuerpos, un brazo tembloroso se alzó
con dificultad. Era Ronre. Un joven de apariencia casi translúcida bajo la luz
mortecina que, con un esfuerzo desesperado, logró mover su brazo lo suficiente
para llamar la atención. Uno de los sacerdotes lo vio.
—Aquí hay uno con vida.
Lo sacaron con cuidado de entre
los cadáveres pestilentes. Sus manos, cubiertas con guantes rituales, activaron
los comunicadores de sanación: artefactos iguales a gemas que emitían pulsos de
energía luminosa, sellando parcialmente sus heridas y estabilizando su
respiración. Sin perder tiempo, lo trasladaron a la carpa de los heridos. Allí,
bajo telas desgastadas y un silencio cargado de dolor, yacían soldados de ambos
bandos. Algunos gemían. Otros simplemente respiraban, aferrándose a lo poco que
les quedaba de vida. Ronre, todavía aturdido, giró la cabeza… y lo vio.
—Maestro…
Tosre. Un hombre fornido de
sesenta y cinco años, aún firme pese al dolor, recostado en una camilla
improvisada, su cuerpo atravesado por heridas que no dejaban de sangrar, como
si se negaran a cerrarse. El viejo lo observó y esbozó una sonrisa cansada.
—No me mires así, chico… —dijo
con voz ronca—. O algún día te pasará lo mismo.
Ronre se acercó como pudo,
ignorando el dolor que aún recorría su cuerpo.
—Maestro… ¿qué le han hecho?
Tosre dejó escapar una breve risa
amarga, que terminó en un acceso de tos.
—Por desgracia… fui herido con
armas infectadas con magia oscura. —Su mirada se perdió por un instante—. Eso
significa que mis heridas solo pueden sanar por medio de un mago maestro… y
como no hay ninguno presente…
Guardó silencio. Luego alzó
ligeramente la mano, temblorosa.
—Creo que pronto me reuniré con
el Iluminador… para confesarle mis pecados.
Su gesto cambió, volviéndose más
firme.
—¡Váyanse! —ordenó a los
sanadores cercanos—. Quiero hablar a solas con mi pupilo.
Los sacerdotes intercambiaron
miradas, pero obedecieron sin cuestionar. Uno a uno, abandonaron la carpa,
dejando tras de sí un silencio denso, apenas interrumpido por los suspiros de
los moribundos. Y entonces, quedaron solos. Tosre, con un esfuerzo que parecía
arrancarle la vida, se incorporó lentamente hasta quedar sentado en la camilla.
Cada movimiento le costaba, cada respiración era un combate, pero aun así, alzó
la mirada y la clavó en Ronre con una firmeza inquebrantable.
—Acércate… y arrodíllate.
Ronre obedeció sin dudar. A pesar
del dolor que aún recorría su cuerpo, avanzó y se dejó caer de rodillas frente
a él. Tosre lo observó en silencio durante unos segundos, como si midiera su
alma.
—¿Recuerdas el día en que viniste
conmigo? —preguntó con voz grave—. ¿Tu primera prueba? ¿Y el deber que tenemos
los centinelas con los habitantes del laberinto?
—Sí, maestro.
El viejo asintió lentamente.
—En ese caso…
Con una determinación que
desafiaba su estado, Tosre se puso en pie. Su cuerpo tembló, pero no cayó. Desenvainó
su espada con un sonido seco, metálico, y la apoyó sobre el hombro derecho de Ronre.
—…¡pronuncia el juramento de los
centinelas!
Ronre cerró los ojos un instante…
y habló:
—Juro por mi sangre: ser firme
donde otros caigan.
Juro por mi corazón: no albergar
corrupción.
Juro por mi espada: salvar a los
indefensos.
Juro por mi palabra: ser
inquebrantable.
Y juro por mi vida: ser la ruina
de la oscuridad.
El silencio que siguió fue
pesado… solemne.
De pronto—
—¡Esto es para que lo recuerdes!
La bofetada resonó en la carpa. Ronre
no se movió.
—¡Y esto para que no lo olvides!
La segunda llegó desde el otro
lado, igual de fuerte.
Ronre apretó los dientes, pero no
bajó la mirada. Tosre, respirando con dificultad, envainó la espada.
—Ahora levántate, Ronre —ordenó—.
Pero no como un escudero bajo mis órdenes… sino como un orgulloso caballero de
la Orden de los Centinelas, guardianes y protectores del mundo laberinto bajo
la luz de Iluminador.
Ronre se puso en pie. Sus piernas
temblaban, pero se mantuvo firme. Tosre lo observó… y por un instante, el dolor
desapareció de su rostro. Solo quedó el orgullo. Pero aquel momento no duró. El
cuerpo del viejo cedió. Tosre se dobló hacia adelante y vomitó sangre, oscura y
espesa, antes de dejarse caer de nuevo sobre la camilla.
—¡Maestro!
—Ya no soy tu maestro, Ronre…
—dijo entre jadeos, escupiendo sangre—. Eres libre de llamarme por mi nombre.
Ronre dudó, angustiado.
—¿Llamo a los sanadores?
Tosre soltó una débil carcajada,
teñida de amargura.
—¿Qué? ¿A esos matasanos?
Olvídalo… —negó lentamente—. Además… ¿para qué posponer lo inevitable?
Sus ojos, por primera vez, se
suavizaron.
—Quiero reunirme ya con mi amada
Lulial…
Una sonrisa triste cruzó su
rostro.
Luego volvió a mirar a Ronre, con
seriedad.
—Cuando yo muera… serás el último
de los centinelas.
Las palabras cayeron como una
sentencia.
—Procura no morir. Al menos… no
antes de transmitir todo lo que te enseñé a tu escudero… —una leve pausa— o, si
tienes suerte, escudera.
Ronre abrió la boca para
responder, pero Tosre alzó la mano, deteniéndolo.
—Ya no quiero hablar más, Ronre…
—murmuró—. Ahora… retírate.
Su voz se volvió apenas un
susurro.
—Quiero estar a solas… con la
muerte.
Ronre permaneció inmóvil unos
segundos.
Luego, inclinó la cabeza… y
obedeció. No era una orden. Era una despedida. Salió de la carpa sin mirar
atrás. Y cuando los sanadores intentaron entrar, Ronre se interpuso en
silencio, impidiéndoles el paso. Nadie debía interrumpir el último momento de
un centinela; al igual que nadie debía presenciar cómo un guardián del
laberinto se despedía de su mundo. Una estructura tan vasta como
meticulosamente organizada. Se dividía en niveles, desde el 0 hasta el 100,
cada uno aislado del resto como si fuera un mundo independiente. Dentro de cada
nivel existían doce áreas, cada una del tamaño de una gran ciudad. A su vez,
cada área estaba contenida dentro de uno de los veinticuatro sectores, enormes
dominios cerrados que albergaban urbes, ruinas y territorios salvajes. Por
encima de todo, el nivel entero se estructuraba en cuatro colosales zonas:
norte, sur, este y oeste, cada una tan extensa como un continente completo.
Estas zonas estaban separadas por murallas titánicas, gruesas e impenetrables,
que dividían el mundo como si fueran fronteras de dioses. Moverse dentro de un
mismo nivel ya era una empresa compleja. Pero ascender… era otra cosa. Los
niveles no podían alcanzarse ni por escalada ni por medios mágicos. La propia
estructura del laberinto lo impedía: una combinación de altura imposible y
restricciones arcanas hacía que cualquier intento fuera inútil. La única forma
de subir o descender era mediante los ascensores. Estructuras antiguas,
colosales, ubicadas en el centro exacto de cada área. Según las enseñanzas de
los sacerdotes en los templos del Iluminador, estos ascensores eran el único
medio permitido para que los llamados hijos del laberinto —nombre dado a todos
los humanos condenados a vivir allí hasta expiar sus pecados— pudieran avanzar
en su recorrido. El proceso era tan rígido como inevitable. Desde el ascensor
central, los viajeros elegían una de las cuatro zonas del nivel. Los portales
se abrían únicamente en direcciones específicas, permitiendo cruzar las
gigantescas murallas que separaban norte, sur, este y oeste. Al otro lado,
siempre los esperaba un mismo destino inicial: Una estación. Enormes estaciones
de tren, antiguas pero funcionales, donde máquinas impulsadas por energía
arcana transportaban a los viajeros a través de los sectores. Los trenes
recorrían largas distancias, atravesando territorios enteros hasta llegar al
área deseada. Una vez allí, el viaje no terminaba. Los viajeros debían tomar un
vehículo esférico y completamente cerrado, conocido como Orbis. Estas máquinas,
gobernadas por magia ancestral, respondían a la voluntad de su ocupante y lo
conducían sin error hasta la ciudad elegida. Al llegar, podían continuar a pie…
o pagar a transportistas locales que conocían mejor los caminos, los peligros y
los atajos de cada rincón del laberinto. Era un sistema perfecto. Frío.
Preciso. Inapelable. Pero ese no era el caso de Ronre. Durante su ascenso al
nivel 27, dentro de uno de aquellos ascensores colosales, el joven no prestaba
atención al mecanismo ni al paisaje imposible que los rodeaba. Escuchaba. Sin
quererlo, había captado la conversación del jefe de los guardias del ascensor. Y
hablaban de él.
—¿Es cierto? ¿Ese muchacho es un
centinela?
—Así es. Y no te le acerques
—respondió el jefe con tono firme.
—Pues no se ve tan fuerte
—intervino otro guardia, cruzándose de brazos—. Apuesto a que podría vencerlo.
El jefe giró lentamente la cabeza
hacia él.
—Intenta hacer eso, Mimeg… y te
mato aquí y ahora.
El aludido se quedó inmóvil,
sorprendido.
—¿Qué…?
—No estoy bromeando —continuó el
jefe, clavándole la mirada—. ¿Y sabes por qué? Porque ese joven, que a simple
vista parece indefenso… podría matarnos a todos y salir sin culpa.
Mimeg frunció el ceño,
confundido.
—¿Con qué derecho?
—Con el derecho del Iluminador.
El nombre cayó como una losa.
Mimeg abrió más los ojos. El jefe suspiró, como si se resignara a tener que
explicar algo demasiado antiguo para su tiempo.
—Escucha bien, porque eres
demasiado joven para entenderlo por ti mismo… —hizo una pausa—. Tras el
encierro, cuando el Iluminador decidió castigar a la humanidad por sus crímenes
y encerrarnos en este laberinto sin fin… lleno de monstruos, demonios y
aberraciones… aún sentía compasión por nosotros.
Se apoyó levemente contra la
pared del ascensor mientras hablaba.
—No solo iluminó esta prisión con
su luz… también creó un gremio de caballeros con deberes especiales: Los
Centinelas. Su propósito era protegernos de todo mal… incluso de nosotros
mismos.
Mimeg tragó saliva.
—¿De nosotros mismos…?
—Sí. —El jefe asintió—.
Individuos que, con el permiso del propio Iluminador, tenían el derecho… y el
deber… de eliminar a cualquiera que representara una amenaza para los hijos del
laberinto.
Un silencio tenso se instaló
entre ellos.
—Así que sí —añadió con
gravedad—. Pueden matar. No solo a monstruos… también a personas. Nobles o
plebeyos, da igual.
Mimeg bajó la voz.
—Entonces… todos les temían.
—Y los respetaban. —corrigió el
jefe—. Pero ese poder tenía un precio.
Se cruzó de brazos.
—Los nobles… especialmente reyes
y emperadores… no podían tolerar la existencia de hombres que pudieran matarlos
impunemente. Así que encontraron la forma de deshacerse de ellos.
—¿Cómo?
—Explotándolos. Enviándolos a las
misiones más peligrosas. Usándolos hasta el límite… hasta que casi desaparecieron.
El jefe guardó silencio un
instante, como si recordara algo lejano.
—“Con el Iluminador conmigo…
¿quién contra mí?” —murmuró—. Esa era la frase sagrada.
Mimeg miró de reojo a Ronre.
—Entonces… ¿cómo sabe que ese de
ahí es uno de ellos? Podría ser un impostor.
El jefe negó con la cabeza.
—Sabes tan bien como yo cómo
funcionan los comunicadores de ropaje. Para civiles, crean vestimentas únicas…
irrepetibles. Pero para soldados y guardias es distinto: nuestros uniformes son
creados por magos artesanos, imposibles de replicar.
Señaló discretamente hacia Ronre.
—Y lo mismo ocurre con los
centinelas. Esa armadura… oscura, sobria… con el símbolo del Iluminador en el
pecho… es inconfundible.
—El sol —murmuró Mimeg—. Aunque…
ese es blanco.
—Correcto —asintió el jefe—. Pero
hay algo extraño…
Entrecerró los ojos.
—No está acompañado por un
escudero.
—¿Escudero?
—El servidor del centinela. Su
asistente, su aprendiz… su legado. Siempre son dos: caballero y escudero. Nunca
uno solo.
Mimeg sonrió con cierta malicia.
—Podría ofrecerle mis servicios…
El jefe soltó un bufido seco.
—No digas estupideces, Mimeg. Ya
te lo advertí: no lo mires, no le hables… y mucho menos intentes llamar su
atención.
Se incorporó con firmeza.
—Ahora ven. Tenemos trabajo:
ladrones, agitadores… lo de siempre.
Ambos se alejaron por el ascensor
en cuanto este se detuvo en el siguiente nivel. Ronre, que había escuchado cada
palabra, esbozó una leve sonrisa.
—Exagerados…
Bajó la mirada, pensativo. No
mataría a nadie… a menos que realmente lo mereciera. Y desde luego, no perdería
el tiempo con alguien como ese tal Mimeg. Como mucho, le daría un par de
bofetadas… quizá con la suela del zapato, por insolente. La idea casi le hizo
reír. Pero el momento pasó. El ascensor se detuvo con un estruendo sordo. Las
puertas se abrieron. Ronre dejó atrás esos pensamientos y avanzó sin dudar,
siguiendo la ruta que lo llevaría a su destino: Área 7. Sector 9. Zona norte. Nivel
27. Allí lo esperaban varios rostros conocidos. Y, entre ellos… alguien en
particular. Alguien a quien esperaba convertir en su escudera. Llego a Ciudad 7 y lo primero que hizo fue
entrar en una taberna. Necesitaba descansar… y, más importante aún, obtener
información. Antes de cruzar la puerta, alzó la mirada. Allí, suspendida sobre
la ciudad, flotaba la esfera de luz, Áurea. Una presencia constante. Una
manifestación del Iluminador. No era grande, pero su resplandor bastaba para
iluminar toda la urbe, dejando apenas algunas sombras aferradas a rincones
olvidados. Una luz que no calentaba… pero que todo lo veía. Ronre bajó la
mirada y entró. No quería llamar la atención. Por eso, antes de hacerlo, se
cubrió con una capa de capucha que ocultaba por completo su armadura. Así, al
menos al principio, pasó desapercibido. Se acercó a la barra.
—Una cerveza.
El tabernero, Vohals, asintió y
se la sirvió sin hacer preguntas. Todo parecía tranquilo… hasta que dejó de serlo.
—¡Oye, Vohals! —rugió una voz
pastosa—. ¿Por qué demonios le sirves a este maldito forastero?
Un borracho se acercó
tambaleándose, acompañado de otros dos, igual de ebrios.
—¿Ya te olvidaste del asesino que
anda suelto por la ciudad? —continuó—. ¿No has pensado que este tipo podría ser
él?
Vohals suspiró, cansado.
—No seas ridículo, Husha. Es solo
un muchacho. Déjenlo en paz.
—¡Ni hablar! —escupió Husha, con
los ojos encendidos de rabia y alcohol—. Algo no me gusta de él…
Dio un paso al frente. Sus amigos
lo imitaron.
—¡Agárrenlo!
Todo ocurrió en un instante. Ronre
no suspiró. No dudó. Actuó. De entre su capa, desenvainó un cuchillo. Tres
movimientos. Silenciosos. Precisos. Letales. Cuando los cuerpos tocaron el
suelo, ya era demasiado tarde. Los tres hombres se aferraban a sus gargantas
abiertas, intentando contener la sangre que brotaba entre sus dedos. Sus ojos
reflejaban confusión… miedo… incredulidad. Nadie se movió. Nadie los ayudó. Ronre
limpió la hoja con calma. Dejó unas monedas sobre la barra.
—La cerveza.
Vohals no respondió. No podía. El
joven tomó su bebida y se sentó en una mesa cercana, observando de reojo cómo
la vida abandonaba lentamente a los tres hombres, cuya sangre ya comenzaba a
extenderse por el suelo de la taberna. El murmullo comenzó. Susurros. Miradas
furtivas. Miedo. No pasó mucho tiempo antes de que la puerta se abriera con
fuerza. Una escuadra de guardias entró. Nueve en total. Y al frente de ellos… ella.
Una mujer de porte firme y mirada afilada, cuya presencia imponía silencio.
—¡Que nadie se mueva!
Su voz cortó el aire. Sus ojos
recorrieron la escena… hasta detenerse en la figura encapuchada. Ronre.
—Tú —dijo, alzando su alabarda y
apuntándole—. ¿Eres responsable de esto? ¡Respóndeme!
Ronre no se giró de inmediato. Bebió
un sorbo de su cerveza. Y entonces habló:
—Soy un viejo amigo… que ha
venido a verte.
El silencio se volvió absoluto. La
mujer frunció el ceño.
—¿Qué…?
Ronre se levantó. Se quitó la
capucha. Y se giró hacia ella. El tiempo pareció detenerse.
—¿Ronre…? —susurró.
—Ha pasado mucho tiempo, Misla.
Se acercó lentamente. Ella no
retrocedió. Su alabarda descendió, poco a poco.
—A mí también me alegra volver a
verte.
Y, por primera vez desde que
entró en la taberna… Ronre sonrió de verdad. Para, algún tiempo después, tras
dar ciertas explicaciones al jefe de Misla, ir y cruzar el umbral de la entrada
hacia los aposentos de Misla, en los que, apenas cruzaron la entrada, Ronre la
tomó con firmeza y la llevó contra la pared. Misla intentó resistirse al
principio, más por costumbre que por verdadera voluntad… pero no pudo. No
quería hacerlo. Lo había esperado demasiado tiempo. Y él también. Lo que siguió
fue inevitable. Se buscaron con urgencia, como si temieran que aquel momento
pudiera desaparecer en cualquier instante. Entre susurros, respiraciones
agitadas y manos que se reconocían, terminaron en la cama, dejándose llevar por
todo aquello que habían guardado durante años. No fue solo deseo. Fue
reencuentro. Fue promesa. Y cuando todo terminó, el silencio que quedó no era
vacío, sino pleno. Misla descansaba acurrucada sobre el pecho de Ronre,
escuchando el latido de su corazón. Ninguno habló, porque no era necesario.
Ambos sabían lo que querían del otro y ambos ya sabían la respuesta. El Iluminador
los bendecía con su luz.

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