Rebelión y Escape
El impío tirano Facundo,
usurpador del trono y arquitecto de la caída del antiguo orden, se alzó desde
el corazón mismo del palacio real. Su imagen, cuidadosamente calculada, fue
proyectada a través de miles de monitores que cubrían ciudades, colonias y
estaciones a lo largo de todo el reino planetario de Cthobe.
No había rincón habitado donde su rostro no apareciera, donde su voz no
resonara con falsa solemnidad.
—¡Gente mía! —tronó—. No teman ya. Los días de
incertidumbre han quedado atrás. No tendremos que preocuparnos más por los
antiinsurgentes ni por sus cobardes ataques a nuestra nación. Hoy comienza una
nueva era…
Las multitudes, cansadas, asustadas y
convenientemente desinformadas, estallaron en ovaciones. Para el ciudadano
común, Facundo no era un tirano, sino un salvador. El mensaje, envuelto en
palabras grandilocuentes y promesas vacías, afirmaba que los “elementos
nocivos” que amenazaban la prosperidad del reino estaban siendo voluntariamente
exiliados a otros reinos, supuestamente dispuestos a aceptarlos mediante beneficiosos
acuerdos económicos. Mentiras pulidas. Propaganda pura. Pura basura, pensó Dylan.
Encadenado, golpeado y empujado sin miramientos, Dylan era uno de los miles de
presidiarios arrancados de una de las lunas-prisión de Cthobe. Nadie les pidió
consentimiento. Nadie les explicó nada. Simplemente fueron sacados de sus
celdas y conducidos, a la fuerza, hacia una colosal astronave aérea que flotaba
sobre la superficie lunar como una bestia hambrienta. Uno a uno, cientos y
cientos de reclusos fueron introducidos en su interior, como ganado rumbo al
matadero. El miedo era palpable. Se respiraba en el aire viciado de los
corredores metálicos.
—¿A dónde nos llevan? ¿Qué nos van a hacer? ¿Por
qué Facundo está mintiendo?
Las preguntas se repetían una y otra vez,
susurradas primero, luego gritadas por algunos que ya no podían contener el
pánico. Pero ningún guardia se dignó a responder. Su única función era avanzar,
empujar, golpear. Bastaba una duda, una pausa o una negativa para recibir una
paliza ejemplar. En algunos casos, ni siquiera eso: la muerte era aplicada con
fría eficiencia cuando la situación “lo ameritaba”. Mientras la nave cerraba
sus compuertas y los motores comenzaban a rugir, Dylan comprendió la verdad que
nadie más quería aceptar. Aquello no era un exilio. Era una condena. Y Facundo,
desde su trono de mentiras, acababa de firmar la sentencia de todos ellos. Una
vez que todos los presidiarios lunares estuvieron confinados dentro de la
enorme astronave, las puertas se sellaron una tras otra con un estruendo
metálico definitivo. No hubo cuenta regresiva ni advertencia humana. Solo
entonces, una voz artificial, fría y carente de toda empatía, resonó por igual
en cada rincón del casco.
—Sean bienvenidos. Yo soy Alfa 999
y he sido designada para llevarlos a su destino: el espacio sin rumbo fijo. —un
murmullo inquieto recorrió la nave— Debo informarles que no hay comida ni
víveres a bordo. Tampoco calefacción, ni aire suficiente para todos. El rey Facundo
me sugirió que les comunicara la siguiente directriz: pueden matarse entre
ustedes y practicar el canibalismo si así lo desean. Si queda una sola persona
con vida, a esa se le perdonarán todas sus faltas.
El silencio que siguió fue antinatural. Breve.
Denso. Como la calma antes de una tormenta. Dylan no esperó a que el caos
estallara. Se escabulló hacia un rincón oscuro del compartimento inferior,
ocultándose entre restos de carga y cuerpos temblorosos. No lo hizo por
cobardía, sino por instinto. Por estrategia. Sabía que lo que venía era
inevitable. Y no se equivocó. En menos de cinco minutos, la nave se transformó
en una orgía de violencia desenfrenada. Gritos, golpes, huesos rompiéndose,
sangre manchando el metal frío. Amigos matándose entre sí. Desconocidos
convertidos en bestias. La desesperación devoró cualquier rastro de humanidad. Cuando
el ruido cesó, solo quedó el jadeo de una respiración. Una sola figura
permanecía en pie. O, más bien, apenas sostenida. Una mujer, gravemente herida,
cubierta de sangre que no sabía si era suya o ajena. Sus piernas temblaban,
pero seguía viva. A duras penas.
—¡Maldito! —gruñó al ver a Dylan emerger de las
sombras, lanzándose contra él en un último intento de ataque. Cayó al suelo
antes de alcanzarlo. Dylan podría haberla matado sin esfuerzo. Bastaba un
movimiento. Un golpe. Pero no lo hizo. En su lugar, se arrodilló, rasgó parte
de su propia ropa y comenzó a vendarle las heridas con torpeza, pero con
cuidado. Limpió como pudo la sangre seca. La mujer lo observaba, desconcertada,
desconfiada—. ¿Por qué…? —preguntó con voz rota—. ¿Por qué me ayudas?
—Porque no voy a hacer lo que Facundo quiere
—respondió Dylan sin mirarla.
Ella guardó silencio unos segundos.
—Yo tampoco —admitió—. ¿Tienes algo para comer?
Me muero de hambre… y no pienso convertirme en una caníbal.
Dylan asintió.
—Antes de que nos trajeran aquí logré esconder
algunos panes. Toma.
Ella los aceptó como si fueran un tesoro.
—Gracias —dijo tras un bocado—. Me llamo Valeria.
¿Y tú?
—Dylan.
Hablaron durante horas, refugiados en aquel
cadáver flotante que era la nave. Compartieron historias, culpas y verdades.
Valeria era parte de la insurgencia que luchaba activamente contra el régimen
de Facundo. Dylan, en cambio, no había cometido crimen alguno: era el hijo de
un político que se atrevió a hablar contra el gobierno. Para dar un
escarmiento, Facundo había decidido encarcelar al hijo en lugar del padre. Dos
destinos distintos. Una misma injusticia. Cuando terminaron de hablar, ambos
entendieron lo mismo sin necesidad de decirlo en voz alta. Aquella astronave no
era un exilio. Era una trampa mortal. Y juntos, se propusieron hacer lo único que quedaba por
hacer: escapar. ¿La pregunta era cómo? Fue ahí cuando escucharon
una voz:
—Yo les diré como… —el rostro holográfico de Facundo
apareció enfrente de ellos— … uniéndose a mi y a mi causa… —los felicito por haber
sobrevivido a su experimento en busca de potenciales cadetes para su orden de
las sombras y, con un portal dimensional abriéndose en frente de ellos, los
invito a cruzar hacia su nueva vida— … no se molesten ni en preguntar lo que
les pasara de negarse, ahora entren.
—Dylan y Valeria se miraron para dar una
respuesta al mismo tiempo, cuyas palabras fueron dadas al viento.

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