Los Barracones de Sangre


Es un día común y corriente en el gran mercado mayorista de Lima. Desde la madrugada, los comerciantes ajustaban sus puestos, sus autómatas flotando a su alrededor proyectando anuncios holográficos con luces de neón parpadeantes.

—¡Aproveche, casero! ¡Tres kilos de ciber-papa por el precio de dos! —gritaba uno mientras su autómata desplegaba una imagen reluciente del tubérculo modificado genéticamente.

—¡Oe, compare, dame descuento pues, que estoy misio! —reclamó un cliente, cruzado de brazos.

—¡Ala, qué pendejo eres! Ya, ya, por esta vez nomás —respondió el vendedor, mientras su autómata hacía el ajuste en la transacción digital.

Las calles estrechas entre los puestos estaban atestadas de compradores buscando ofertas, sus autómatas volando sobre sus cabezas como una nube de pequeños drones. La crisis económica apretaba fuerte; los ciber-soles escaseaban, y cada transacción se pensaba dos veces.

—¡Pase, pase, que aquí hay chamba! ¡Trabajo fácil, paga inmediata! —gritó un reclutador encapuchado. Un grupo de jóvenes desesperados se acercó con cautela.

El hedor de la basura acumulada se mezclaba con el aroma de anticuchos sintéticos y caldo de ciber-gallina. Los animales callejeros, ya fueran perros mestizos con implantes rudimentarios o gatos con ojos cibernéticos, merodeaban entre los desechos buscando algo comestible.

—¡Conchatumare, otra vez esa rata con cables! —exclamó un vendedor al ver un roedor modificado escabullirse entre sus productos. Su autómata emitió un rayo eléctrico, carbonizando al intruso en el acto—. ¡Malditos híbridos, ya no respetan ni la merca!

Mientras tanto, los vigilantes del mercado, con sus uniformes parchados y visores de datos baratos, estaban más preocupados viendo el último partido de la selección en una pantalla pirata que en patrullar la zona.

—Oe, causa, ¿cómo va el partido? —preguntó uno, apoyado contra una pared grafiteada con propaganda antisistema.

—Empate, pero fijo lo volteamos, mano —respondió el otro, con una sonrisa confiada.

Más allá, en un callejón mal iluminado, dos figuras intercambiaban mercancía prohibida.

—Esto no lo consigues en ninguna tienda del ciber, causa —murmuró uno, entregando un chip de datos envuelto en una bolsa de seguridad— Pero tranqui, está limpio. Ninguna Razonal lo detecta.

En el cielo, los rascacielos corporativos brillaban con sus logotipos gigantes, recordándole a todos quién mandaba realmente en la ciudad. Lima era una bestia de metal y concreto, y en su vientre, el mercado mayorista latía con el pulso de la supervivencia. Pero esa normalidad se convirtió en una carnicería cuando, sin previo aviso, todas las puertas del mercado se sellaron con un chasquido mecánico. Un destello azul recorrió los paneles de seguridad y, en cuestión de segundos, el zumbido de los seguros electromagnéticos retumbó en cada rincón del mercado mayorista. Las sombras comenzaron a distorsionarse y, de repente, siete figuras emergieron al desactivar el camuflaje de sus trajes. Vestían Nano-Armaduras reforzadas, con patrones lumínicos que parpadeaban en sincronía con los latidos de sus corazones sintéticos. Sus rostros estaban pixelados, un efecto sin duda provocado por códex descargados del Ciberespacio, bloqueando cualquier intento de reconocimiento facial.

—¡Oe, qué chucha está pasando! —gritó un comerciante mientras retrocedía, su autómata flotante proyectando un escudo holográfico defectuoso.

—¡Tío, las puertas! ¡Nos han encerrado! —chilló una vendedora de anticuchos, abrazando su caja registradora como si fuera un salvavidas.

Por un instante, el pánico se mezcló con la confusión, hasta que el sonido seco de los disparos rompió el bullicio del mercado. Un estallido de plomo, plasma y sangre bañó los pasillos mientras los atacantes masacraban sin piedad a todo ser vivo que se moviera, ya fuera humano o animal.

—¡Carajo, corre, corre! —chilló un vendedor de pescado sintético antes de ser alcanzado por un proyectil perforante que le voló media cara. El aroma del mar artificial se mezcló con el hedor metálico de la sangre y el ozono de las armas de plasma.

—¡Aguanta, causa, no te muevas! —suplicó un joven cargador, sujetando la mano de su compañero herido—. ¡Mi autómata tiene algo pa' parar la sangre!

Pero el herido ya no respondía, sus ojos vacíos reflejaban el neón parpadeante de un cartel de descuentos.

—¡Mierda, nos están matando como si fuéramos perros! —rugió un vigilante del mercado, desenfundando su pistola eléctrica. Apuntó a uno de los atacantes, pero la bala rebotó inofensivamente contra la Nano-Armadura. El mercenario volteó, escaneó su objetivo y en menos de un segundo lo redujo a cenizas con un rayo térmico— Maldito sea... —fueron sus últimas palabras.

El ataque duró solo minutos, pero cuando las puertas finalmente se abrieron y las sirenas de los tombos comenzaron a sonar, los perpetradores ya se habían desvanecido en el aire, como espectros de la muerte. Lo que quedó atrás era un matadero humano: cuerpos desparramados entre los puestos destruidos, mercancía salpicada de sangre, drones de seguridad en modo inactivo, proyectando imágenes publicitarias sobre un suelo empapado de vísceras. Las pantallas del mercado seguían funcionando, repitiendo un anuncio absurdo: "¡Oferta especial! ¡Compra hoy y llévate el doble de ciber-papa por la mitad de precio!". Pero nadie iba a comprar nada más. La noticia se esparció por el Ciberespacio en cuestión de segundos. Imágenes filtradas mostraban con claridad un detalle que estremeció al pueblo peruano: en las Nano-Armaduras de los asesinos se podía ver el escudo de Chile. Los foros virtuales explotaron. Los streamers independientes retransmitieron la masacre en vivo, desmenuzando cada segundo de la grabación. "¡Esta huevada no se puede quedar así!", rugió un influencer con millones de seguidores. "¡Oe, nos han mechado en nuestra cara y qué, nos vamos a quedar como huevones?". La indignación se convirtió en furia, y la furia en un grito unánime de justicia y venganza. Las calles digitales ardían, y en la ciudad real, la gente comenzaba a salir de sus cubículos, alzando sus autómatas en señal de protesta. En las pantallas, las IA mejor conocidas como Razonales de noticias intentaban calmar la situación, pero el pueblo ya había tomado su decisión. La era del silencio había terminado. El pueblo quería respuestas. Y sangre. Por eso… horas después… en la jefatura principal del PNP en Lima… hervía de tensión. La sala de conferencias, iluminada por hologramas de reportes y transmisiones en vivo desde el Ciberespacio, vibraba con murmullos ansiosos. Oficiales y cadetes de la recién formada unidad especial TRONES (Tropas de Rescate y Operaciones de Nivel Élite Superior) estaban alineados, serios, con sus autómatas reducidos a la forma de auriculares insertados en sus orejas, listos para desplegarse en cualquier momento.

El jefe de la policía, Darmad, un veterano con rostro marcado por cicatrices y un brazo cibernético, golpeó la mesa con un puño metálico. El eco del impacto silenció la sala.

—¡Atención, carajo! —tronó su voz, cargada de autoridad—. La presidenta y su contrincante en las reelecciones presidenciales nos han dado un ultimátum: si no damos con los responsables del atentado en el mercado Mayorista, nos vamos de cara a una guerra con Chile. Y ustedes saben lo que eso significa: más hambre, más muertos y el país yéndose al carajo más rápido de lo que ya está. —Algunas miradas se cruzaron en la sala. Nadie quería un conflicto internacional, pero la presión sobre el gobierno era aplastante. La crisis económica ya había dejado a medio Lima sobreviviendo con ciber-soles insuficientes, y ahora el pueblo clamaba por sangre— Inteligencia de la DINI ha rastreado a los criminales hasta los barracones del Callao. —continuó Darmad, su ojo biónico emitiendo un leve resplandor— Para los novatos que no lo sepan, esa vaina es zona roja. Ahí entras con las tabas puestas y sales con los pies por delante, si es que sales. Pero esta vez, vamos a hacer historia. Vamos a cazar a esos malnacidos.

Había muchos cadetes que destacaban entre la multitud. Sobre todo, por ser su primera misión real, y el peso de la situación se reflejaba en sus rostros. Entre ellos estaba Drak, un jovenzuelo que mantuvo una expresión pétrea. Su voz fue firme y precisa.

—¿Tenemos autorización para neutralización total?

Darmad soltó una risa seca.

—Si te atacan, responde con todo. Pero la presidenta quiere respuestas, no solo cadáveres. No me la cagues, soldado.

Miku, una moza muy bella cruzó los brazos.

—En los barracones no te dan chance de preguntar, jefe. Si dudas, te llenan de plomo y ahí quedó la misión.

Nebri, un muchacho de sonrisa relajada, se pasó la mano por el cabello.

—O sea que si nos matan, al menos nos ahorramos pagar impuestos, ¿no? —sonrió, pero nadie se rió— Ya, ya, perdón, solo trato de aligerar la vibra.

—Cierra el hocico, Nebri. —gruñó Darmad— Nos movemos en veinte minutos. Revisen sus armas, calibren sus autómatas y ajusten sus implantes. Si alguno titubea en los barracones, se lo come la tierra. Esto no es un simulacro. ¡A chambear, carajo!

Los sonidos de armas cargándose y autómatas activándose llenaron la sala. La operación estaba en marcha. Mientras revisaban su equipo, Miku miró de reojo a Drak.

—Oye, gringuito, ¿qué onda? Te veo más tieso que estatua de museo.

Drak ajustó el visor de su casco y suspiró.

—No es nada. Solo que… esto ya no es un entrenamiento. Vamos a enfrentarnos a gente real, no a bots de simulación.

Miku le dio un golpe en el hombro.

—Bienvenido a la realidad, papi. Concéntrate y no me la cagues allá afuera.

Nebri resopló, dándole una palmada en la espalda a Drak.

—Mira el lado positivo, bro. Si morimos, al menos Netflix hará una holo-serie de nosotros. ‘Los Mártires del Callao’ suena bien, ¿no?

Desde la cabina de operaciones, una voz metálica retumbó en el intercomunicador. "Equipo TRONES, despliegue en cinco minutos. Preparen sus autómatas y verifiquen conexiones de red. El objetivo está en movimiento." Darmad lanzó una última mirada de advertencia.

—Escuchen bien, conchasumadres: si alguien mete la pata, no esperen rescate. O se adaptan o se mueren. Así funciona este jodido mundo.

Los tres cadetes junto con los otros intercambiaron miradas. La ciudad iluminada por neones parpadeaba a través de las pantallas. Esa noche, el infierno abría sus puertas, y ellos estaban a punto de entrar. Drak tomó aire profundamente, sintiendo el peso del rifle en sus manos.

 —¿Listos para hacer historia o para ser historia?"

Miku sonrió con adrenalina en la mirada.

—Solo trata de no morir antes de que termine la misión, gringuito.

Nebri, mientras revisaba su autómata, soltó una carcajada.

—Si esto es nuestra última noche, al menos que suene cumbia en nuestro velorio.

El equipo salió de la sala y se dirigió a la plataforma de transporte, donde los vehículos tácticos aguardaban. Afuera, la neblina tóxica y el resplandor de los hologramas pintaban un cuadro sombrío de la ciudad. En un mundo podrido, donde solo los más fuertes sobrevivían. Y esa noche, ellos tenían que demostrar de qué estaban hechos. Dentro de los transportes blindados, los soldados verificaban sus armas. Drak revisó su rifle Gauss mientras Miku comprobaba las reservas de nanobalas que le había dado su autómata. Nebri, por su parte, activó un holograma de un mapa tridimensional del Callao.

—Se dice que en estos barracones, hasta la sombra te apuñala. —comentó Miku, mirando a los demás— Así que atentos, porque el enemigo no solo son los objetivos, sino también los locales.

El vehículo vibró al activarse sus propulsores magnéticos. Darmad, en el asiento de mando, observaba los monitores de misión.

—Recuerden, el objetivo es capturar, no ejecutar. Si alguien desobedece, me encargaré personalmente de que no vuelva a usar su autómata.

Drak ajustó su visor, los indicadores de su HUD parpadearon. "Listos para entrar en el infierno." Los vehículos se internaron en la zona de guerra que era el Callao, y la misión apenas comenzaba. El convoy blindado avanzaba lentamente por las calles neblinosas de los barracones del Callao. La bruma espesa mezclada con el humo de los generadores diésel flotaba como un espectro entre los callejones angostos, donde siluetas furtivas se deslizaban entre montañas de chatarra y edificios corroídos por la humedad y el tiempo. Arriba, anuncios holográficos titilaban con luces sucias de neón, proyectando promociones de implantes defectuosos y casinos ilegales. Desde la cabina del vehículo, el comandante Darmad observaba a los novatos con una expresión severa. Sabía que lo que estaban por enfrentar no era solo un operativo más: era su prueba de fuego.

—Escuchen bien, muchachos —dijo con su voz grave resonando en los auriculares de los cadetes a través de sus autómatas en forma de auricular—. Ese tanque de agua es solo la fachada. Debajo de él hay toda una ciudad subterránea, un nido de ratas donde los peores criminales de la capital se refugian. Y el que mueve los hilos ahí abajo es un sujeto conocido como el "Rey de la Chatarra". Un conchasumadre que trafica con todo lo que se pueda vender, desde armas hasta órganos sintéticos.

Drak, con su mirada afilada, asintió en silencio, memorizando cada detalle. Miku, cruzada de brazos, murmuró con desdén:

—Otro con complejo de dictadorcito… Seguro cree que es intocable.

Nebri rió entre dientes, acomodándose su visor táctico.

—Ya lo veremos, ¿no? Capaz solo es un payaso con más fierros que sesos.

El convoy frenó de golpe. Todos se tensaron. Frente a ellos, el tanque de agua se alzaba como una monstruosidad oxidada, con sus bases reforzadas por placas metálicas de origen dudoso. Alrededor, estructuras improvisadas hechas de chatarra, plástico y concreto emergían como hongos mutantes, iluminadas por un neón parpadeante que daba la sensación de estar en el vientre de una bestia moribunda. Antes de que alguien pudiera hablar, un zumbido agudo rasgó el aire.

—¡Mierda, emboscada! —gritó uno de los oficiales cuando un proyectil de energía impactó contra el blindaje del vehículo.

Desde los edificios circundantes, siluetas armadas abrieron fuego con rifles de plasma y proyectiles sónicos. El escudo energético del convoy se activó justo a tiempo, desviando los primeros impactos en una lluvia de chispas azules.

—¡Salgan y desplieguen la barrera portátil, carajo! —bramó Darmad, ya con su pistola de plasma en mano.

Los TRONES saltaron del vehículo con movimientos precisos. Miku rodó hasta cobertura y respondió con ráfagas certeras de su rifle de pulso.

—¡Nos tienen rodeados, comandante! ¿Plan B?

—El plan sigue igual. Entramos al sótano y aseguramos la zona —respondió Darmad, descargando dos tiros a un francotirador en la azotea—. ¡Muévanse!

Drak corrió entre las sombras y deslizó una granada iónica hacia un grupo de hostiles. Un chasquido sordo precedió una descarga electromagnética que dejó fuera de combate a varios atacantes.

—¡Vamos, carajo! —gruñó Nebri, cargando hacia la entrada del tanque.

A la señal de Darmad, activaron la barrera portátil: una cúpula de energía azulada que les daría cobertura temporal mientras se sumergían en las profundidades del tanque de agua. Descendieron rápidamente. La luz artificial titilante reveló lo que había debajo: una ciudad subterránea que olía a aceite quemado y desesperación. Calles estrechas, puestos clandestinos vendiendo implantes robados, niños de ojos cibernéticos hurgando entre basura electrónica, prostitutas con piel sintética ofreciéndose a mercenarios cubiertos de cicatrices metálicas. Un lugar sin ley. Los criminales no tardaron en notar su presencia.

—¡Esos no son clientes, carajo! —gritó un traficante, sacando una escopeta gravitatoria.

En cuestión de segundos, el lugar se convirtió en un campo de batalla. Y Drak se cubrió detrás de un muro perforado por disparos y murmuró:

—Esto es un maldito hormiguero…

—Entonces pisemos fuerte —respondió Nebri con una sonrisa torva, lanzando una granada lumínica que cegó a varios enemigos.

Miku se movió con destreza entre los escombros, derribando a dos criminales con tiros limpios a las piernas.

—¡Mantengan formación! —ordenó Darmad—. ¡Nos acercamos al objetivo!

Tras una feroz lucha, llegaron a un almacén amplio iluminado por luces rojizas.

En el centro, una silueta gigantesca emergió entre montañas de chatarra. Su cuerpo era una aberración de carne y metal, con cables enredados en sus músculos y ojos cibernéticos brillando como linternas.

—Bienvenidos a mi reino… —rugió el "Rey de la Chatarra", su voz reverberando con ecos metálicos—. ¿Vinieron a negociar o a morir?

—¡Vinimos a ponerte en jaque, basura reciclada! —espetó Miku, disparando sin dudarlo.

El monstruo se lanzó contra ellos con una fuerza bestial. Miku esquivó de milagro, rodando por el suelo. Drak intentó disparar a los circuitos expuestos de la criatura, pero esta lo embistió, lanzándolo contra una pared.

—¡Drak! —gritó Miku, viéndolo caer con un crujido.

Nebri no perdió el tiempo. Con una ráfaga de su fusil energético, disparó directo a los puntos débiles de la criatura, logrando que esta tambaleara.

—¡Miku, la estructura! —gritó Darmad.

Ella entendió al instante. Con un disparo preciso, debilitó una columna de soporte. El techo cedió, y toneladas de escombros cayeron sobre el "Rey de la Chatarra". El monstruo rugió en agonía. Pero antes de morir, con su último aliento, su brazo mecánico se disparó como un látigo de cables y atrapó a Miku. Drak, aún adolorido, reaccionó por instinto. Se lanzó y empujó a Miku fuera del alcance de la criatura, pero él quedó atrapado en su lugar. Un sonido horrendo resonó cuando el brazo mecánico lo atrapó entre sus engranajes.

—¡Drak! —Miku corrió hacia él, con el corazón en la boca.

Nebri rugió de furia y disparó sin piedad, vaciando su cargador en el cerebro cibernético del monstruo. Con un último estertor, la abominación se desplomó, sus luces apagándose para siempre. Miku se arrodilló junto a Drak, aplicando un gel regenerativo en sus heridas.

—Tranquilo, cholo… No te me vayas…

Drak intentó sonreír, pero el dolor lo hacía ver borroso. Cuando todo terminó, Darmad supervisó la limpieza de la zona. Ordenó a los efectivos buscar pistas entre los restos de la guarida del "Rey de la Chatarra". Luego se acercó a los cadetes, con su mirada dura pero con un atisbo de respeto.

—Buen trabajo, carajo. Si siguen así, tal vez hasta sobrevivan en este infierno.

Drak, aún adolorido, sonrió débilmente.

—Con que "tal vez", ¿eh? Qué motivador, comandante.

Darmad rió entre dientes y encendió un cigarro eléctrico.

—Bienvenidos a Lima, séptimo milenio, muchachos. Acostúmbrense.

Ya era muy tarde y la noche envolvía Lima con su neón parpadeante y su lluvia ácida cayendo en finas líneas brillantes sobre los domos de blindaje atmosférico que cubrían los sectores privilegiados. A lo lejos, entre los rascacielos oxidados de los barrios bajos, las luces de los anuncios holográficos reflejaban promesas vacías en charcos contaminados. La ciudad nunca dormía, pero siempre estaba cansada En el corazón de la metápolis, una estructura colosal se elevaba desafiante: el palacio de gobierno. Desde la cúpula de aquel monolito de nanotitanio, la presidenta Uthsa observaba el panorama, las manos cruzadas tras la espalda, mientras la tormenta chisporroteaba contra los escudos de energía. Sus ojos, fríos como hielo comprimido, destellaban con el reflejo de la ciudad sumida en su caos habitual. En el reflejo del ventanal blindado, su silueta se recortaba imponente, una sombra que gobernaba desde las alturas. El chasquido neumático de la puerta rompió el silencio. Losis, jefe de la DINI, ingresó con su andar seguro, casi desafiante. Su piel absorbía la luz de los hologramas, resaltando su presencia imponente. De ojos iguales a pozos sin fondo. Vestía un abrigo de blindaje ligero con insignias codificadas en cromo azul. No llevaba implantes visibles, una rareza en alguien de su posición. A diferencia de muchos, él no confiaba su cuerpo a la tecnología más de lo necesario. Uthsa apagó su cigarro electrónico con un ademán pausado y se giró lentamente.

—Dime que tenemos buenas noticias, Losis —su voz fue un filo de acero recubierto en terciopelo, serena pero cortante.

El jefe de la DINI no perdió el tiempo.

—La operación fue un éxito, presidenta. Eliminamos al "Rey de la Chatarra" y confirmamos que él controlaba a los siete ejecutores de la masacre. Sintéticos, sin duda. Robots humanoides programados para matar sin remordimientos.

Uthsa arqueó una ceja, apoyando el mentón sobre su mano.

—¿Y el autor intelectual?

Losis frunció el ceño, su voz cargada de desdén.

—Thansere, su contrincante principal en las elecciones presidenciales de este año, que por pura ambición nos puso a todos en peligro. Lo arrestamos esta madrugada. Está en una celda de máxima seguridad, gritando su inocencia a pleno pulmón como si le fuera a servir de algo. Enfrentara la sentencia de muerte, sin duda alguna.

Uthsa esbozó una sonrisa fría, casi entretenida.

—Eso suena demasiado sencillo.

Losis asintió lentamente, acomodándose el abrigo.

—Justamente ahí está el problema. Hay cosas que no cuadran. Para empezar, seguirle el rastro a los sintéticos fue ridículamente fácil. Cualquiera con dos dedos de frente les habría ordenado autodestruirse después de la masacre. Pero no, los encontramos enteritos, almacenados en su escondite, como si nos hubieran dejado un regalo envuelto en papel dorado.

Uthsa tomó una tableta holográfica y deslizó la información con un ademán.

—Continúa —ordenó, su tono ahora más serio.

—Las pruebas contra Thansere estaban servidas en bandeja de plata. Bastó con analizar las holo-computadoras del "Rey de la Chatarra" para encontrar conexiones directas con él. Demasiado conveniente, como si alguien hubiera querido que las encontráramos sin dificultad.

Uthsa entrecerró los ojos. Sus dedos tamborilearon sobre el escritorio. Losis nunca decía nada sin una razón.

—¿Insinúas que Thansere es un chivo expiatorio?

Losis esbozó una mueca.

—Insinúo que todo huele a mierda, señora presidenta. —Cruzó los brazos, su mirada afilada como una navaja—. Además, hay otro detalle. Después de que el "Rey de la Chatarra" cumpliese su parte en este teatro, ciertos allegados suyos lograron emigrar al espacio, a una de las colonias orbitales. ¿Cómo carajo consiguieron los permisos? Es prácticamente imposible salir del planeta sin el aval de una de las megacorporaciones. Y sabemos que esas mierdas no dan nada gratis.

Uthsa permaneció en silencio. Su mente trabajaba rápido, analizando la información. Finalmente, inhaló profundamente y se inclinó sobre la mesa.

—¿Y cuál es tu teoría?

Losis la miró fijamente. Una tensión invisible flotó en el aire.

—No me pagan por teorizar, presidenta. Solo por exponer hechos. Y los hechos me dicen que alguien mucho más grande está moviendo las fichas. Alguien con recursos para manipular la narrativa y usar a un idiota como Thansere de marioneta desechable. No sé quién es, pero está jugando a un nivel que pocos pueden.

Uthsa sostuvo su mirada por unos segundos, intentando leer más allá de sus palabras. Finalmente, se reclinó en su asiento y dejó escapar una ligera sonrisa.

—Bien. Estás haciendo tu trabajo, Losis. Sigue investigando.

El jefe de la DINI inclinó la cabeza en señal de respeto y dio media vuelta. Antes de salir, Uthsa lo observó con una chispa de inquietud en los ojos. Sabía que ese hombre no era como los otros, no era corruptible. Y eso lo hacía peligroso. Él nunca entendería lo que ella había hecho… lo que había tenido que hacer. No era como los demás. No tenía precio, ni miedo, ni hambre de poder. Su única lealtad era la verdad, y esa clase de hombres eran los más peligrosos. La masacre fue un golpe devastador para la nación, sí, pero también una oportunidad. En el caos, entre los gritos y el humo de los edificios colapsados, Uthsa había visto la grieta en el sistema, el momento preciso en el que podía arrancar las malas hierbas sin que nadie cuestionara el método. No había tenido que dar la orden. Otros lo hicieron por ella. Como siempre. Un par de llamadas a las personas correctas, la manipulación sutil de la narrativa en la red pública, y los engranajes del destino giraron por sí solos. La maquinaria de la justicia, corrompida hasta el núcleo, hizo el resto. Thansere no era un santo. Era un ambicioso demente con delirios de grandeza, un político que habría vendido el país por un asiento más alto en la pirámide del poder. Pero la verdad sobre la masacre… eso era un monstruo distinto. La verdad era que él no tenía el control. Solo fue un peón, una distracción conveniente, una pieza sacrificable en un tablero donde los verdaderos titiriteros nunca mostraban el rostro. Uthsa sabía que el país la necesitaba. Que sin ella, todo se desmoronaría en semanas. Que la estabilidad era un espejismo sostenido por decisiones que nadie más tenía el valor de tomar. Y si para mantener el orden debía dejar que Thansere cargara con un pecado que no era del todo suyo, que así fuera. No había héroes en el Perú. Solo piezas en juego. Y ella se aseguraría de ser la mano que moviera las más importantes. Cuando la puerta se cerró tras Losis, Uthsa encendió otro cigarro y miró hacia la ciudad, su reflejo distorsionado en el vidrio blindado, mientras la lluvia neón pintaba sombras en su despacho. Uthsa exhaló una bocanada de humo y observó cómo la neblina sintética se disipaba lentamente, como el rastro de sus propios pensamientos. A lo lejos, en la ciudad que nunca dormía, la vida seguía su curso: drones de vigilancia patrullaban el cielo, los letreros holográficos continuaban vomitando anuncios interminables, y la lluvia ácida seguía filtrándose entre los sectores menos afortunados. Nada había cambiado, y sin embargo, todo lo había hecho. Uthsa sonrió con amargura. Se giró lentamente hacia su ventanal blindado, apoyando la mano en el frío cristal. Debía moverse con cautela. Losis tenía razón en una cosa: estaba jugando a un nivel superior. Pero lo que él no entendía es que ella también. Apagó su cigarro con un gesto calculado y se dio la vuelta, con la determinación grabada en sus ojos. La tormenta seguía rugiendo sobre Lima, pero en su despacho, solo reinaba el silencio de una guerra que aún no había comenzado. Pero pronto lo haría. Y ella la ganaría. Mientras, en el Hospital Central de la Policía Nacional del Perú Luis N. Sáenz, la luz zumbaba con el brillo artificial de los neones médicos. Máquinas automatizadas iban y venían, monitoreando signos vitales, inyectando regeneradores de tejido y ajustando niveles de nanomáquinas curativas en los pacientes. El aire estaba impregnado de desinfectante sintético y un leve zumbido de servidores procesando datos flotaba en el ambiente. Afuera, los zepelines de vigilancia de la PNP flotaban como gigantescos ojos mecánicos, observando cada rincón de la ciudad con sus lentes infrarrojos. Drak estaba sentado en la cama, observando su brazo vendado mientras su autómata flotaba cerca, proyectando datos médicos en un holograma azul. Las heridas eran superficiales, pero la fatiga seguía pesándole en los huesos. Su mente iba y venía entre los recuerdos de los barracones y la realidad fría de la habitación estéril. Afuera, la ciudad seguía rugiendo, indiferente. Se sentía atrapado, un engranaje más en la maquinaria de una Lima que nunca dormía. Esa noche, aprovechando un descuido del personal, desconectó los monitores, silenció las alertas de su ficha médica con un comando usando la nanogema de adentro de su cuerpo y escapó al tejado del hospital. El aire era denso con el aroma metálico de la ciudad, la lluvia ácida cayendo en finas líneas verdosas que chisporroteaban al tocar las barreras de protección del edificio. Las luces de neón reflejaban su brillo en los charcos formados sobre la superficie sellada del techo. Se sentó en el borde del tejado y sacó una vieja armónica de su chaqueta maltrecha. Llevaba años con ella, un relicario de tiempos más simples. Se la llevó a los labios y comenzó a tocar una melodía melancólica que flotó sobre la jungla de neón de Lima.

—No sabía que tocabas —dijo una voz detrás de él.

Drak giró la cabeza. Miku estaba allí, con su uniforme ajustado resaltando su silueta atlética, el cabello recogido en una coleta. Sus ojos brillaban con curiosidad bajo la tenue luz de los anuncios holográficos. Un dron de seguridad pasó sobre ellos, proyectando un cono de luz azul que los iluminó por un segundo antes de continuar su patrullaje.

—Tampoco es que mucha gente me lo pregunte —respondió Drak con una media sonrisa, bajando la armónica.

Miku avanzó con pasos suaves y se sentó a su lado. Desde esa altura, podían ver el bullicio de la ciudad: drones patrullando los cielos, anuncios tridimensionales proyectando promesas vacías, el tráfico flotante moviéndose como una corriente de luz entre los rascacielos. En las zonas bajas, los barrios periféricos se extendían como un laberinto de luces intermitentes y estructuras improvisadas. Se quedaron en silencio por un momento, disfrutando la brisa tibia y el extraño consuelo de la altura.

—¿Por qué una armónica? —preguntó ella finalmente.

Drak giró la pequeña pieza de metal entre sus dedos.

—Mi viejo me la dio cuando era chibolo. Decía que, en un mundo donde todo es digital, algo analógico todavía puede tener alma.

Miku sonrió de lado.

—Tu viejo era un romántico, ¿no?

—O un terco. Aún no lo decido.

Se rieron suavemente. Drak la miró de reojo; había algo en ella, una mezcla de fortaleza y vulnerabilidad que lo intrigaba. En la distancia, Nebri los observaba desde la entrada del tejado. Había venido a visitar a Drak, pero al verlos juntos, compartiendo un momento sincero, simplemente sonrió para sí mismo y dio media vuelta. A veces, lo mejor era saber cuándo retirarse. La conversación entre Drak y Miku fluyó sin esfuerzo. Hablaban de todo y nada, de la ciudad, del caos, de las cicatrices que llevaban por dentro. Eventualmente, ella se quedó en silencio, mirándolo con una expresión diferente.

—Drak… —susurró, como tanteando el aire entre ellos.

Él la miró, sintiendo la electricidad en la atmósfera. Miku deslizó su mano sobre la suya.

—No quiero que esta noche termine aquí —confesó en un tono suave, pero decidido.

Drak sostuvo su mirada, su pulso acelerándose un poco. En ese mundo de metal y sombras, era raro encontrar un instante así, tan humano, tan genuino.

—Entonces vámonos de aquí —dijo finalmente.

El alta médica de Drak llegó justo a tiempo. Salieron juntos del hospital, subiendo a un taxi flotante que los llevó a través de la maraña de calles iluminadas por luces de neón y reflejos de lluvia. En el camino, apenas intercambiaron palabras; no hacía falta. El departamento de Miku estaba en un sector más tranquilo de la ciudad, aunque las sombras de los drones de vigilancia seguían acechando en el cielo. Cuando la puerta se cerró detrás de ellos, el mundo exterior dejó de existir. Sus respiraciones se entrelazaron en la penumbra. Se acercaron, primero con cautela, luego con una necesidad creciente. Ropa cayendo al suelo, piel contra piel, la sensación de algo real en un mundo artificial. Se amaron con la ternura de quienes saben que la vida puede ser efímera, que cualquier noche podría ser la última. Mientras tanto, Nebri había terminado en un bar con otros cadetes convertidos como él ahora en oficiales. La música alta, las luces estroboscópicas y el aroma a licor reciclado llenaban el ambiente. Levantó su vaso y brindó.

—Por esos dos idiotas —dijo con una sonrisa ladeada—. Que les vaya bien.

Los demás rieron y chocaron sus vasos con el suyo. La amistad era un lujo en esos tiempos, y él no tenía dudas de que lo que sentía por Drak y Miku era mutuo. El mundo podía ser una mierda, pero al menos esa noche, todo parecía estar en su lugar. Al salir del bar, la humedad pegajosa de la ciudad lo envolvió. Las luces parpadeaban con un leve parpadeo digital, como si la misma Lima estuviera respirando. Caminó sin prisa por las calles mojadas, las suelas de sus botas salpicando charcos contaminados con reflejos de anuncios holográficos. Su autómata flotaba cerca, proyectando una tenue luz azul en la neblina nocturna. Encendió un cigarro sintético y dejó que el humo se disolviera en el aire denso. Su mente vagó por recuerdos lejanos, por promesas rotas y futuros inciertos. Pero al menos esta noche, aunque solo por unas horas, todo había estado bien. La ciudad nunca dormía. Y ellos, en algún rincón de la jungla de neón, seguirían viviendo su historia, por más efímera que fuese.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Llamada Laboral

Noticias sobre el Blog #1

Insaciables