Cazador de Oscuros

Nadie supo cómo empezó. Ni cuándo. Ni por qué. Pero sí sabían algo: cambió la historia de la humanidad para siempre. En el año 3000, el calentamiento global alcanzó su punto crítico. Los polos colapsaron, y la Antártida se derritió por completo, elevando los océanos y alterando el clima del planeta de forma irreversible. Sin embargo, aquella catástrofe fue eclipsada por algo aún más incomprensible. Una luz descendió del cielo. Era bicolor. Pulsante. Viva. Cubrió toda la Tierra. Y tocó a cada ser humano. Aquel fenómeno alteró la naturaleza misma de la humanidad. Desde ese día, todos desarrollaron habilidades extraordinarias, divididas en dos grandes afinidades: la magia y la mecánica. Algunos podían manipular energía, elementos, fuerzas invisibles. Otros dominaban la tecnología a nivel molecular, controlando estructuras, máquinas y sistemas con la mente. Nadie podía dominar ambas al máximo. Nunca. Durante una década, el mundo vivió en caos. Conflictos, guerras, disputas por poder… hasta que en el año 3010 se impuso un nuevo orden. La humanidad fue dividida en dos grupos: Los Magical, maestros de la magia; y Los Mecanis, dominadores de la mecánica. Para mantener el equilibrio, se creó a los cazadores. Individuos entrenados desde pequeños para perseguir y ejecutar a los oscuros, cualquier criminal que utilizara sus habilidades para oprimir, destruir o someter a otros. Y ahora, en Paicos, una ciudad predominantemente de mecanis, donde la vida era tranquila y monótona, una familia regresaba a casa tras asistir a una ópera durante la noche. El padre, elegante con su esmoquin negro. La madre, vestida de púrpura. Y su hija, Raimma, con un vestido azul que contrastaba con su expresión cansada.

—Raimma, ¿qué te pareció la ópera? —preguntó el padre con una sonrisa.

—No estuvo mal… el final fue bonito —respondió ella, encogiéndose de hombros.

—Claro, después de que te quedaras dormida —añadió la madre con una leve risa.

—No molestes… —murmuró Raimma.

Una hora después, llegaron a casa. El vehículo se detuvo suavemente cuando el padre retiró las manos del volante. Finos hilos mecánicos se desprendieron del panel y se replegaron en su piel. Todo parecía normal. Hasta que lo vieron. Un bulto cubierto por una manta negra en medio de la sala.

—¿Eso estaba ahí antes? —preguntó la madre.

—No… —respondió el padre, frunciendo el ceño—. Debe ser basura… lo sacaré.

Se acercó. Tiró de la manta. Y se quedó paralizado. Debajo había una criatura. Pequeña. De unos sesenta centímetros. Su piel parecía una armadura oscura. Y su boca… estaba llena de dientes antinaturales.

—¿Qué…?

No terminó la frase. La criatura se movió. De su brazo emergieron estructuras geométricas que se ensamblaron en una hoja afilada. En un solo movimiento… el padre murió. La sangre salpicó las paredes.  

El grito de la madre rompió el silencio.

—¡RAIMMA!

Se interpuso entre la criatura y su hija. Su cuerpo se transformó: pequeñas aperturas aparecieron en sus extremidades, cargándose de energía. Disparó. Proyectiles eléctricos impactaron a la criatura. Chispas. Nada más.

—¡No funciona…!

La criatura desapareció de su vista. Apareció debajo. Y atacó. La madre cayó.

—Raimma… corre…

Fue lo último que dijo. Raimma obedeció. Corrió. Subió las escaleras. Su brazo se transformó en un cañón improvisado. Disparó. La criatura retrocedió. Una oportunidad. Llegó a su habitación. Abrió la puerta. Y se detuvo. Otra criatura la esperaba. El golpe fue brutal. Cayó al suelo. El dolor la paralizó. Todo se volvió confuso. Ruido. Sombras. Voces incomprensibles. Y entonces… oscuridad. Minutos después. Un edificio. Altura. Viento. Raimma despertó. No estaba sola. Había otras jóvenes. Todas aterradas. Rodeadas. Las criaturas levantaron sus armas. Todo iba a terminar.

—No…

Raimma cerró los ojos. Pero el golpe nunca llegó. Un grito. Uno de ellos. Cayó. Cuando abrió los ojos, lo vio. Un joven de calma absoluta. Se movía como un relámpago. Una daga en la mano. Uno por uno… los eliminó. Rápido. Preciso. Imparable. Cuando terminaron, el silencio volvió. El joven se acercó. Raimma temblaba. Él no dijo nada. Tocó su brazo herido. La carne se regeneró. Como si nunca hubiera pasado nada. Las demás comenzaron a hablar. Preguntas. Miedo. Confusión. Él se le acercó para quitarle las esposas y ella lo abrazó con todas sus fuerzas.

—Cálmese, ya esta a salvo.

—¿Qué eran esas cosas? —pregunto histérica entre lágrimas.

—Criaturas al servicio de un oscuro que prendían usarlas a todas para un ritual.

No podía dejar de llorar, le miró a la cara.

—¿Quién eres?

—Un cazador de oscuros.

Tras decirle eso, Raimma despertó. Se encontraba en la habitación del dormitorio que compartía con Borry, el cazador que la había rescatado y que se convirtió en su mayor inspiración para postular y aprobar el examen que la llevó a convertirse en cazadora de oscuros. Con el tiempo, no solo se volvió una de ellos… también inició una relación con un de los mismos, Borry. Ya no lloraba. Al contrario. Ahora era ella quien hacía llorar a los mismos malvados que alguna vez la hicieron sufrir. Giró la mirada hacia la cama. Ahí estaba Borry, durmiendo plácidamente. Raimma sonrió. Nunca olvidaría aquel día. Ni la promesa que se hizo a sí misma: No volver a ser una niña incapaz de proteger a quienes ama.

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