Promesa
La batalla, aunque breve en su desenlace, había durado horas interminables. El aire de todo el sector 32 estaba cargado con el hedor de la muerte, y los cadáveres de los soldados ya comenzaban a descomponerse entre charcos de sangre oscurecida y armaduras rotas. Aun así, los sacerdotes —neutrales, fieles a las enseñanzas del Iluminador— recorrían el campo con disciplina implacable, buscando sobrevivientes entre los muertos. No distinguían bandos; en aquel lugar, la vida era lo único que importaba. De entre el amontonamiento de cuerpos, un brazo tembloroso se alzó con dificultad. Era Ronre. Un joven de apariencia casi translúcida bajo la luz mortecina que, con un esfuerzo desesperado, logró mover su brazo lo suficiente para llamar la atención. Uno de los sacerdotes lo vio. —Aquí hay uno con vida. Lo sacaron con cuidado de entre los cadáveres pestilentes. Sus manos, cubiertas con guantes rituales, activaron los comunicadores de sanación: artefactos iguales a gemas que emitían pulsos ...