Guerra de Narcotraficantes

La lluvia caía con una violencia casi tropical sobre la carretera que atravesaba la selva amazónica. Las gruesas gotas golpeaban el techo metálico de los vehículos militares como una incesante descarga de proyectiles. A ambos lados del camino, la vegetación formaba un muro verde e impenetrable, cubierto por una neblina húmeda que parecía surgir de las propias entrañas de la selva. El convoy avanzaba con dificultad. Las ruedas se hundían en el barro y cada pocos metros chocaban contra enormes baches llenos de agua turbia. Los vehículos se sacudían con violencia, obligando a los soldados a aferrarse a sus asientos para no salir despedidos. Dentro del transporte principal, el capitán Artemio comenzaba a perder la paciencia. Otro fuerte salto hizo que varios soldados chocaran contra los costados del vehículo.

—¡Maldición! —gruñó.

Se levantó de su asiento, abrió la pequeña rendija que lo comunicaba con la cabina y gritó al conductor:

—¡Conduce con más cuidado!

—Lo siento, mi capitán —respondió el hombre sin apartar la vista del camino—. La carretera está hecha un desastre. Apenas puedo distinguir los baches con esta lluvia.

—Pues será mejor que encuentres la forma. Si seguimos dando estos saltos alguien terminará disparando su arma por accidente.

—Sí, señor.

Artemio cerró la rendija de golpe. Durante algunos minutos el vehículo continuó avanzando con mayor suavidad. El ruido de la lluvia volvió a dominar el ambiente. Fue entonces cuando Daniela, una joven soldado,  se inclinó ligeramente hacia el capitán, manteniendo una expresión firme y alerta.

—Mi capitán —dijo en voz baja—. Hay algo que no termino de entender.

—¿Qué sucede?

—Comprendo por qué vamos tras Ángel Sadurní. Todo el mundo conoce su nombre. Controla gran parte del tráfico de drogas de esta región y tiene más hombres armados que algunos alcaldes. Pero... ¿qué hace él aquí?

Daniela señaló discretamente hacia el otro extremo del vehículo. Allí se encontraba el joven que parecía tener poco más de veinticinco años. Sus ojos permanecían fijos en algún punto invisible mientras observaba la lluvia deslizarse por una pequeña ventana blindada. No hablaba con nadie. Ni siquiera parecía escuchar las conversaciones de los soldados.

—¿El gringo? —preguntó Artemio.

—Sí, señor.

El capitán guardó silencio unos segundos antes de responder.

—Es nuestra garantía.

—¿Garantía de qué?

—De que todo lo que hagamos aquí tendrá respaldo oficial.

Daniela frunció el ceño.

—No lo entiendo.

Artemio apoyó los brazos sobre las rodillas y bajó ligeramente la voz.

—Ese "gringo" es un operativo de la DINI. No está aquí para disparar ni para dirigir tropas. Está aquí porque la inteligencia nacional considera que Sadurní representa una amenaza para la seguridad del país.

Daniela abrió los ojos con sorpresa.

—¿Tan importante es?

—Más de lo que imaginas. El narcotráfico mueve millones. Compra policías, alcaldes, jueces y políticos. Cuando la DINI se involucra significa que el problema es más grande de lo que aparece en los informes oficiales.

La joven volvió a observar al joven. Por primera vez dejó de verlo como un simple extranjero perdido entre soldados. Sin embargo, en ese instante el joven levantó la mirada. Sus ojos se cruzaron con los de ella. Daniela apartó la vista de inmediato, algo avergonzada por haber estado observándolo. El operativo, por su parte, no mostró reacción alguna y volvió a perderse en sus pensamientos. Poco después, el convoy abandonó la carretera principal y llegó a un amplio claro abierto en medio de la selva. Los motores se apagaron uno tras otro. La lluvia continuaba cayendo mientras los soldados descendían de los vehículos y comenzaban a descargar armas, municiones, radios y equipo de campaña. Artemio saltó al suelo embarrado y observó el bosque que los rodeaba. La selva parecía tranquila. Demasiado tranquila. Tras organizar rápidamente el despliegue, dejó a varios hombres custodiando el convoy y reunió al resto frente a él. Los soldados guardaron silencio. El capitán recorrió sus rostros con la mirada.

—Escúchenme bien.

Todos permanecieron atentos.

—Llevamos meses persiguiendo a Ángel Sadurní. Meses siguiendo pistas, capturando informantes y viendo cómo escapa una y otra vez.

La lluvia resbalaba por su rostro mientras hablaba.

—Pero hoy se terminó.

Tomó su fusil y señaló hacia la espesura de la selva.

—Hoy entramos en su territorio.

Los soldados ajustaron las correas de sus armas.

—Hoy se acaba el reino de Sadurní.

Tras las palabras del capitán Artemio, el grupo se internó en la selva. La lluvia había disminuido, pero el terreno seguía siendo una pesadilla. El barro se pegaba a las botas como si quisiera tragárselas y la humedad era tan intensa que empapaba la ropa incluso sin necesidad de lluvia. Insectos de todos los tamaños zumbaban entre la vegetación, mientras los gritos lejanos de animales invisibles resonaban entre los árboles. Los soldados avanzaban en silencio. Guiándose por las coordenadas obtenidas por inteligencia, seguían un sendero apenas visible entre la maleza. Cada cierto tiempo se detenían para inspeccionar el terreno en busca de trampas. Sadurní era conocido por proteger sus dominios con minas improvisadas, fosas camufladas y alarmas ocultas. Nadie quería ser el primero en cometer un error. Pasaron casi seis horas caminando. El cansancio comenzaba a hacerse notar cuando Artemio levantó el puño. La columna se detuvo inmediatamente. Todos permanecieron inmóviles. Entonces lo escucharon. Disparos. Primero unos pocos. Después decenas. Luego explosiones. El estruendo llegaba desde algún punto situado más adelante. Artemio tomó sus binoculares.

—Avanzaremos con extrema cautela —ordenó en voz baja.

Los soldados asintieron. Durante los siguientes minutos avanzaron agachados entre la espesura hasta alcanzar una pequeña elevación natural. Al llegar, varios quedaron sorprendidos por lo que vieron. Ante ellos se extendía una enorme zona despejada de selva. En el centro se alzaba una impresionante hacienda fortificada rodeada por muros, torres de vigilancia y varios edificios auxiliares. Pero lo verdaderamente llamativo era el combate. Decenas de hombres armados intercambiaban disparos por toda la zona. Camionetas ardían entre columnas de humo negro. Explosiones sacudían el terreno. Varios grupos rivales parecían haberse lanzado simultáneamente contra los dominios de Sadurní. Era una auténtica guerra de narcotraficantes.

—Mi capitán —susurró Daniela—. ¿Qué hacemos? ¿Esperamos a que se maten entre ellos?

Artemio observó el campo de batalla a través de sus binoculares.

—No es mala idea.

—Entonces...

—El problema es que Sadurní podría aprovechar el caos para escapar.

Daniela comprendió de inmediato.

—Y si desaparece otra vez, todo esto habrá sido inútil.

—Exactamente.

Bajó los binoculares.

—Seguimos adelante.

—¿Atravesando eso?

—Atravesando eso.

Nadie protestó. Habían recibido una misión. Y pensaban cumplirla. El grupo descendió de la colina y comenzó a rodear cuidadosamente la zona de combate. La mayor parte de los criminales estaban demasiado ocupados disparándose entre sí para percatarse de su presencia. Aun así, en varias ocasiones tuvieron que actuar. Centinelas aislados fueron neutralizados silenciosamente. Vigilantes distraídos desaparecieron sin que sus compañeros se dieran cuenta. Poco a poco fueron acercándose a la hacienda. Cuando finalmente alcanzaron el perímetro exterior, descubrieron algo importante. La mayor parte de las fuerzas de Sadurní estaban luchando fuera. La seguridad interna había quedado considerablemente debilitada.

—Capitán —susurró Daniela—. Podríamos perder horas buscando a Sadurní en un lugar tan grande.

—Lo sé.

—Necesitamos encontrar a alguien que sepa dónde está.

Artemio asintió.

—Estoy pensando lo mismo.

No tardaron mucho. Uno de los hombres de Sadurní apareció patrullando un pasillo exterior. Fue reducido antes siquiera de comprender lo que ocurría. Lo llevaron a una habitación aislada. Tras unos minutos de interrogatorio, el prisionero acabó hablando.

—¡Está en los muelles privados! —gritó aterrorizado—. ¡Planea escapar por el río!

Artemio intercambió una mirada con sus hombres. Era exactamente la información que necesitaban. Una vez obtenidas las respuestas, el narcotraficante quedó inmovilizado y fuera de combate para evitar que diera la alarma. Pocos minutos después llegaron a una enorme puerta blindada.

—Aquí es.

Los especialistas colocaron cargas explosivas.

—¡Cubranse!

La explosión sacudió el edificio. La puerta salió despedida. Al otro lado apareció una amplia galería que descendía hacia un embarcadero privado construido dentro de una enorme caverna natural conectada al río. Y allí estaba. Ángel Sadurní. Era imposible confundirlo. La cicatriz que atravesaba su rostro aparecía en innumerables fotografías de inteligencia. El narcotraficante estaba acompañado por varios guardaespaldas y corría hacia un lujoso yate cargado con dinero, armas, combustible y provisiones.

—¡Es una emboscada! —gritó uno de sus hombres.

El infierno estalló. Los disparos resonaron por toda la caverna. Los proyectiles impactaban contra muros, pilares y embarcaciones. Varios hombres cayeron de ambos bandos. Sadurní, herido por la metralla, logró subir al yate.

—¡Pongan el motor en marcha! —rugió.

La embarcación comenzó a separarse lentamente del muelle.

—¡Se escapa! —gritó un soldado.

Pero Daniela ya se había movido. Se tumbó detrás de unas cajas y desplegó un fusil de precisión. Inspiró profundamente. Ignoró los disparos. Ignoró el caos. Ignoró el ruido. Solo existían el objetivo y ella. A través de la mira observó el puente de mando. Disparó. El cristal explotó. Varios sistemas de navegación quedaron destruidos. El yate perdió el rumbo y comenzó a girar descontroladamente. Daniela accionó nuevamente el cerrojo. Volvió a apuntar. Esta vez fijó la mira sobre Sadurní. Disparó. El narcotraficante soltó un grito de dolor. La bala atravesó su hombro derecho. La fuerza del impacto lo derribó sobre la cubierta. Sus hombres intentaron protegerlo, pero ya era demasiado tarde. La embarcación había quedado inutilizada. La batalla terminó pocos minutos después. Los últimos criminales fueron reducidos o eliminados. Cuando llegaron los refuerzos, la resistencia restante se derrumbó por completo. Ángel Sadurní fue capturado con vida. Mientras los soldados aseguraban la zona, el joven operativo de la DINI observó silenciosamente a Daniela. No dijo una sola palabra. Pero tomó nota mentalmente de todo lo que había visto. De su disciplina. De su iniciativa. Y de la precisión casi quirúrgica de sus disparos. Aquella observación terminaría cambiando la vida de la joven soldado. Al día siguiente, ya de regreso en la base, Artemio se encontró con el operativo de la DINI.

—¿Y bien? —preguntó el capitán—. ¿Qué opinión tiene de mis hombres?

El joven permaneció pensativo unos segundos.

—Son buenos.

—Eso ya lo sabía.

Por primera vez apareció una leve sonrisa en el rostro del agente.

—Entonces iré al punto. De todos ellos, solo una persona reúne las cualidades que estamos buscando.

—Daniela.

—Exacto.

Artemio asintió. No parecía sorprendido.

—Se lo comunicaré.

Aquella tarde, Daniela recibió una inesperada orden de presentarse en el despacho del capitán. Cuando entró, encontró a Artemio esperándola.

—Siéntate.

Daniela obedeció.

—Capitán, ¿ocurre algo?

—Sí.

Artemio la observó durante unos segundos.

—La operación contra Sadurní no era exactamente lo que parecía.

Daniela arqueó una ceja.

—¿Qué quiere decir?

—Que además de capturar a Sadurní, tenía otro propósito.

La joven comenzó a comprender.

—¿Era una prueba?

—Correcto.

Daniela permaneció en silencio.

—La DINI busca nuevos operativos de campo. Personas capaces de actuar bajo presión, tomar decisiones difíciles y adaptarse a situaciones extremas.

Artemio apoyó los brazos sobre el escritorio.

—Por eso ese agente estuvo con nosotros. No solo para supervisar la operación. También estaba observando.

—Observándonos a todos.

—Exacto.

—Y me eligió a mí.

—Sí.

Daniela tardó unos segundos en procesar la noticia.

—¿Estoy obligada a aceptar?

—No.

—Entonces, ¿por qué debería hacerlo?

Artemio sonrió ligeramente.

—Porque servirás al Perú de una forma que pocos tienen la oportunidad de hacerlo.

La joven bajó la mirada.

—¿Y usted qué haría en mi lugar?

El veterano capitán permaneció unos instantes pensativo.

Finalmente respondió:

—Yo seguiría aquello que me permitiera dormir tranquilo por las noches.

Daniela reflexionó sobre esas palabras. Y, muy en el fondo, ya conocía la respuesta. De sobra al querer volverse a encontrar con aquel operativo de la DINI que la había cautivado desde el principio. 

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